¡LA ESPERANZA
DE LOS POBRES VIVE! (1)
Ramón Cazallas Serrano
Cuando hablamos de “pobres y pobreza” podemos enfocar nuestra reflexión desde ángulos o prismas muy diferentes: desde la sociología, desde la religión, desde la política y otros muchos campos de investigación. La situación económica actual ha puesto de “moda” los nuevos pobres que están surgiendo en las sociedades ricas que siguen el sistema capitalista tradicional sin preguntarse por otro sistema más justo y solidario. Leemos todos los días nuevas quiebras de multinacionales y el sistema oficial ni se inmuta sobre su modelo. Hay una desilusión de todos estos “nuevos pobres”, diría más, han perdido la esperanza en sus vidas. Esto es normal porque hay toda una generación que en todos estos años ha sido educada para el “dinero fácil”. Los medios de comunicación han hecho ver lo fácil que es tener y poseer, y sobre todo, y esto es lo más grave, las personas valen por lo que tienen y no por lo que son. De ahí la carrera al consumismo, al hedonismo, al “usa y tira” incluso a las personas en su dimensión afectiva y sexual.
Publicado el 01 de marzo 2009
Lo peor del caso es que no vemos reacción ninguna, ni por arriba, ni por abajo. Los de arriban nos encandilan con bonitas promesas que normalmente son contradictorias con los indicadores que nos dan los institutos de estadísticas. Salen en la TV diciendo que van a dar empleo a millares de personas. Después de una semana las estadísticas dicen que el paro ha aumentado con decenas de miles de personas. Normalmente las más frágiles de nuestra sociedad. Lo mismo pasa con los de abajo, con los “nuevos pobres”. Como mucho se lamentan o caen en depresión y pasan el día viendo la TV de canal en canal. No hay ninguna reacción, no hay capacidad ninguna para juntarse y soñar otras posibilidades. Han perdido la esperanza porque es más difícil adquirir y para muchos no merece vivir de esta manera. Hasta los sindicatos, organismos que debería defender, proteger y hacer propuestas están como anestesiados. Si hablan, tal vez alguien les va a cortar el grifo.
La reacción lógica a todo esto, para muchos, es que soy un insensato, un utópico, que no tengo los pies en el suelo o que ya tengo la vida asegurada. Esto último puede ser verdad. La situación actual nos está diciendo que además del piso, del dinero y de las comodidades, nos han quitado el soñar, la ilusión, la utopía para poder reinventar otra forma de sociedad, en definitiva, que otro mundo es posible como se dice en los Foros Sociales Mundiales. De tanto mirar para la bolsa del Wall Street, del FMI, del Santander, etc., nos ha salido una tortícolis que nos está impidiendo mirar hacia otros horizontes y metas. Y los hay. Los cristianos miramos hacia el Evangelio que no habla ciertamente de sistemas económicos pero con el mensaje de Jesús que nos revela Dios como Padre y todos los hombres como hermanos tenemos las bases para vivir de otra manera, para dar sentido a tantas cosas que parecen que no lo tienen. Entre ellas, la economía, fraterna y solidaria. A imagen y semejanza de las primeras comunidades cristianas.
Los números cantan
Muchas veces ante las situaciones sociales nos dan explicaciones de todo tipo: sociales, económicas, políticas. Análisis de coyunturas científicamente perfectos de donde podemos salir sensibilizados. Normalmente son análisis cerrados. Así están las cosas y no de otra manera. Los análisis abiertos dan pistas de acción, posibilidades de soñar y poder hacer de otra manera. Pero al pueblo, lo que más le llama la atención son los números, las estadísticas. No es lo mismo decir que hay paro que tener tres millones trescientas mil personas en paro. Con toda la tragedia que esto lleva consigo. Pero vayamos fuera y dentro de nuestras fronteras para ilustrar dos ejemplos de pobres que nuestra sociedad engendra.
Más de 27 millones de personas siguen sufriéndo la esclavitud en el mundo. Los datos son fiables y con tendencias a aumentar. Los presentó hace meses la alta comisionada de derechos humanos de la ONU. Y con la crisis este número aumentará porque afectará tanto a los países ricos como pobres. Las víctimas son siempre los más débiles y vulnerables de la sociedad, desde trabajadores emigrantes atrapados en esquemas de servidumbre para pagar deudas, hay mujeres y niñas obligadas a prostituirse. El relato de la ONU dice que “estas prácticas van de la mano de la pobreza, la exclusión social, la marginalidad, falta de acceso a la educación y corrupción”. Personalmente he conocido trabajos de esclavos en algunas regiones de Brasil con niños picapedreros con las manos deformadas de los golpes que se daban o cortadores de fibras de la pita; niños garimpeiros en barrancos profundos buscando piedras preciosas en la montañas. Y creo que ahí no llegaban los observadores de la ONU para hacer estadísticas. El 64% del trabajo forzado es para la explotación económica de agentes privados.
Y el hambre ¿qué? Puntualmente, todos los años, Manos Unidas, nos recuerda el problema del hambre en el mundo. Son cifras escalofriantes que hemos visto en los subsidios en la reciente campaña del día del ayuno voluntario. Sobran las palabras ante estos números. Hay en el mundo 1.400 millones de pobres; 963 de hambrientos, de los que el 90% padece hambre crónica; 2.000 millones de personas sufren hambre oculta (carencia de micronutrientes); 20 millones de niños están en peligro de muerte por desnutrición severa; 178 millones de niños menores de 5 años sufren retraso de crecimiento por falta de alimentación adecuada. Estos dos ejemplos son sólo dos de las extremas pobrezas que existen en nuestro mundo. Y los podríamos multiplicar por muchos números. ¿Qué hacer? ¿Dejar a los pobres a su propio destino? ¿No será una llamada que Dios nos hace como se la hizo a Caín por la muerte de su hermano Abel?: ¿“Qué has hecho Caín? Se oye la sangre de tu hermano clamar a mí desde el suelo” (Gn 4,10). Pero no todos los pobres esperan con los brazos cruzados que caiga el maná del cielo. Hay pobres por ese mundo que están organizados, que luchan por un mundo mejor y que hasta dan la vida por causa del Evangelio, por la paz y la justicia. Son los pobres en los que todavía la esperanza vive. Seguiremos hablando el próximo mes.