Yo también soy inmigrante
e hijo de inmigrantes
P. Bernardo Baldeón
Publicado el 01 de marzo 2009
Las “normas” del periodismo dicen que el editorial debe reflejar la opinión de la publicación o de quien lo firma sobre un determinado tema. No es lugar para hablar de experiencias personales. Permítanme que, por una vez, me salte las normas.
A mitad de febrero los medios de comunicación se hicieron eco de la muerte de más de 20 menores de edad al volcar una patera que estaba a 20 metros de las costas canarias. Las imágenes, a casi todos, nos revolvieron las entrañas. Pasado el tiempo, para muchos, habrán ido a parar al baúl de los recuerdos. Personalmente no puedo almacenarlas en los recuerdos. Y en ello influye mi experiencia personal.
Hace ya bastantes años mis abuelos, al poco de casarse, tuvieron que emigrar a Cuba. En Santiago de Cuba nació mi padre. La enfermedad terminal de mi abuelo les hizo volver a España con tres hijos pequeños.
Cuando tenía pocos años, mi padre se quedó sin trabajo. Tuvieron que emigrar a Alemania. La enfermedad de mi abuelo les hizo volver.
Como misionero he estado unos 25 años en América Latina, en realidad como emigrante, aunque el gobierno español no nos quiera reconocer esa condición a los misioneros.
¿Cómo puedo hacer para no comprender y sentirme solidario con las personas que arriesgan su vida, con frecuencia varias veces, para llegar a Europa y poder sobrevivir? ¿Cómo puedo hacer para no sentir indignación ante la realidad de mujeres que durante años recorren países africanos, son violadas por policías, traficantes de personas, militares y, después de varios abortos llegan embarazadas a nuestras costas? ¿Cómo puedo hacer para no entender que se envíe en pateras a menores de edad, que supuestamente no serán devueltos, y abren la posibilidad de una reintegración familiar?
¿Acaso podré aceptar las políticas migratorias, las deportaciones injustas o la persecución policial a los inmigrantes? Me pueden dar muchas razones lógicas, con serios fundamentos, o apelando a un montón de causas sociales y económicas.
Pero si la legislación que se está imponiendo en la Unión Europea, y en nuestro país, hubiera existido hace años, posiblemente yo no hubiera nacido. Y sin duda no hubiera podido trabajar como misionero en otro continente. Querámoslo o no, el misionero es un inmigrante, ciertamente “privilegiado” en algunos aspectos, pero inmigrante a fin de cuentas.
Cuando pienso en el Mediterráneo o en el Atlántico cercano a nuestras costas, pienso en un inmenso cementerio anónimo, que no me resulta para nada extraño a mi historia personal.
Los misioneros estamos dejando de pensar en términos de “geografía territorial” a la hora de determinar nuestro ámbito de trabajo. Empezamos a pensar en términos de “geografía humana”.
Por eso, ya Juan Pablo II en su carta sobre la misión “Redemptoris Missio” hablaba de la inmigración como uno de los lugares de la misión ad gentes. En el nº 37 de ese documento afirmaba: “Entre los grandes cambios del mundo contemporáneo, las migraciones han producido un fenómeno nuevo: los no cristianos llegan en gran número a los países de antigua cristiandad, creando nuevas ocasiones de comunicación e intercambios culturales, lo cual exige a la Iglesia la acogida, el diálogo, la ayuda y, en una palabra, la fraternidad. Entre los emigrantes, los refugiados ocupan un lugar destacado y merecen la máxima atención. Estos son ya muchos millones en el mundo y no cesan de aumentar; han huido de condiciones de opresión política. y de miseria inhumana, de carestías y sequías de dimensiones catastróficas. La Iglesia debe acogerlos en el ámbito de su solicitud apostólica”.
Una realidad que no admite ambigüedades por parte de la Iglesia.