Mongolia

Nuevo centro en Arvaiheer

Jorge Marengo

Publicado el 01 de marzo 2009

En el año 2003, los misioneros y las misioneras de la Consolata nos hicimos presentes en Mongolia, Uno de los países con menos presencia de cristianos.
La primera comunidad se instaló en la capital Ulaanbaatar. Hace dos años nos hicimos presentes también en Arvaiheer, la segunda ciudad del país.
Desde allí nos escribe el P. Jorge Marengo, contándonos algunos detalles de su vida en ese rincón olvidado del mundo.


Con estas palabras un hombre de Arvaiheer ha felicitado la Navidad, utilizando la rima según la mejor tradición mongola. Aquí entre los pastores de la estepa, los rediles y los pesebres no son una novedad.

Nos encontramos en el barrio periférico “Colina roja”, un distrito de tiendas y casitas de madera que se ha nacido en los últimos años a la entrada de la ciudad. desde hace unas semanas tenemos un nuevo centro destinado a acoger actividades recreativas y sociales. Lo hemos llamado “Centro Consolata”, y fue inaugurado el 15 de diciembre con la presencia del obispo Mons. Padilla que vino desde Ulaanbaatar y ha visto con alegría cómo la gente va estando cerca de nosotros y participa con entusiasmo en nuestras actividades.

Provisionalmente vivimos nosotros ahí, tras dos años alquilando una casa. De momento nos permite estar más cerca de la gente con la que trabajamos. En breve esperamos tener nuestra casa.

En los días de Navidad se reunieron una sesenta personas en las celebraciones que se desarrollaron en la tienda-capilla. Si bien ninguno de ellos está bautizado, contamos con una pequeña comunidad de “simpatizantes” que manifestaron su deseo de rezar con nosotros y conocer más de cerca la vida de fe.

Después de la misa dominical, mientras los niños se entretenían en la tienda preparada para ellos con juegos y libros escolares, los adultos profundizaban el Evangelio y la vida cristiana. El sábado se prepara juntos la liturgia y los niños participan en una especie de catequesis muy elemental, que les permite orientarse entre los gestos y oraciones del día siguiente.

Por iniciativa de las hermanas hemos empezado un programa de recuperación de niños y jóvenes que por distintas razones dejaron la escuela. Son tantos que nos sentimos desbordados. Cada tarde un grupo de niños en edad de escuela primaria y otro de jóvenes se reúnen en nuestras dos tiendas para aprender a leer y escribir, además de nociones elementales de higiene y socialización.

Algunas mujeres han encontrado un modo de ganar algo para mantener a sus familias: se reúnen para coser y bordar, luego se ha creado un pequeño comercio solidario para dar salida a su trabajo.

Son muchas las historias humanas que cada día se viven en el barrio y que vamos conociendo en el encuentro con la gente, que poco a poco nos va abriendo su “tienda” y compartiendo su vida cotidiana.

Lo hacen con mucha dignidad, pero siempre en medio de sufrimientos y dificultades: hay poco carbón para las estufas, divisiones en las familias, falta de perspectivas de futuro, problemas de salud, vodka que corre a ríos, sembrando violencia y depresión… Comienzan a ver en el “Centro Consolata” una espiral de luz para intentar salir de la oscuridad en que viven.

Evidentemente no tenemos respuesta para cada uno de los problemas, pero aquí entra en juego el valor de la cercanía, del acompañamiento en la búsqueda de aliviar los sufrimientos, y sobre todo de la fe.

En realidad nos sentimos y estamos muy limitados: la lengua es con frecuencia un obstáculo casi insuperable en el intento por comprender verdaderamente las situaciones en que vive la gente; lo que los niños pueden aprender en las horas que están con nosotros se desvanece rápidamente, una vez que vuelven a casa.

Y, sin embargo estamos aquí para ser un signo del amor de Dios para cada persona y por eso nos sentimos llamados a vivir en nuestra propia persona la realidad nueva de la resurrección, para poder trasmitirla también a nuestro alrededor. Ante todo como personas que encuentran al Señor en la oración y luego como comunidad de hermanas y hermanos que viven juntos la misión, ayudándose, perdonándose, y recomenzando siempre desde el principio.

Agradecemos al Seños por este nuevo centro y pedimos que pueda convertirse realmente en un oasis de verdadera paz y consolación, bajo la mirada llena de ternura de nuestra Madre Consolata.

 

VOLVER   IMPRIMIR