El guía

Para adentrarse en tierras desconocidas es bueno contar con un guía.
Moisés es el típico guía. Conduce a su pueblo desde la esclavitud de Egipto a la tierra prometida. Pero no nace siendo ya un guía.
Primero tendrá que aprender a guiarse a sí mismo, para luego acompañar el camino de sus hermanos.

Luis Jimenez

Publicado el 01 de marzo de 2007



Moisés es agraciado desde su nacimiento. El faraón ha ordenado matar a todos los niños israelitas recién nacidos. Su madre no cumple la orden y lo esconde durante tres meses. Luego lo dejará en una cesta sobre el Nilo, de donde lo salva la hija del faraón.

Moisés es un ejemplo para todos nosotros. Todos somos en definitiva niños en peligro, hijos e hijas del faraón, expuestos a la intemperie y a los peligros.
El mito del niño en peligro, que goza de un don extraordinario y que tiene en última instancia un origen divino, es un mito ampliamente difundido: comienza por Rómulo y Remo, pasa por Edipo, Krishna, Perseo, Sigfrido, Buda, Heracles, y llega hasta Jesús, que tiene que huir a Egipto en su niñez. El mito nos muestra que todos nosotros somos criaturas divinas en peligro. Pero si conseguimos entrar en contacto con el niño divino que hay en nosotros, descubriremos nuestras propias capacidades y la misión a la que Dios nos envía. No podemos quedarnos en el niño herido, que somos también nosotros.
El niño divino se encuentra en nosotros para que vayamos renovándonos y lleguemos a ser el yo verdadero y auténtico, protegido interiormente por Dios en todos los peligros de la vida.

Encontrarse consigo mismo y con Dios
Moisés crece y al ver que un egipcio maltrataba a un hebreo, lo mata y lo entierra en la arena. Al día siguiente quiere cortar la pelea entre dos hebreos y uno de ellos menciona entonces la muerte del egipcio y Moisés huye a Madián. Moisés se siente angustiado, tiene que pasar la vida en tierra extraña. Su primer intento de liberar al pueblo había fracasado. Confió en sus propias fuerzas, sin haberse encontrado todavía consigo mismo y con su propia debilidad. Evidentemente sólo puede guiar a los demás aquel que ha saboreado la angustia y la dificultad y que ha vivido dolorosamente su soledad y su falta de capacidad para guiar.

Por tanto, Moisés no es el líder de nacimiento, que asume una tarea de guía plenamente consciente de su capacidad. Tiene que experimentar antes su propia impotencia y su ineptitud. Lo hace en el desierto al encontrarse con una zarza ardiendo que no se consume. Dios tiene que empujarle para que acepte su misión. Dios le envía a su pueblo, y no desiste de encomendarle aquella misión de guía por muchas que sean las disculpas presentadas por Moisés.

Hoy hay muchos que tienen una posición directiva dentro de una empresa que piensan que ellos eran líderes ya de nacimiento “soy un líder nato”. Tales hombres suelen pasar por encima de los demás en su función directiva. Sólo cuando los hombres son conscientes, como Moisés, de su propia impotencia, guiarán de manera cautelosa, tendrán un ojo sobre los intereses de los otros y comprenderán mejor qué es lo verdaderamente importante a la hora de dirigir.

Cercanía y distancia
Moisés sube solo a la montaña. Moisés habla familiarmente con Dios, cara a cara. Él es el amigo de Dios. Quien ha de guiar a otros tiene que distanciarse una y otra vez de ellos, para experimentar sobre el monte la cercanía de Dios, necesita tomar distancias de los quehaceres cotidianos para adquirir perspectiva desde lo alto. Antes de poder transmitir a los demás lo que Dios quiere de ellos, nosotros mismos tenemos que dejarnos transformar e iluminar por Dios.

La cuestión es: ¿cómo podemos aprender a ser guías?
El proceso de maduración personal que Moisés tuvo que recorrer es el proceso obligado para todo el que desee llegar a ser hombre de verdad. Tiene que aprender a asumir responsabilidades y a afrontar los conflictos que le competen por razón de su responsabilidad.

El primer paso a dar consiste en entrar en contacto con el niño divino dentro de nosotros, con la propia creatividad. Tenemos que aprender a confiar en el propio instinto. El segundo paso es el encuentro auténtico con nosotros mismos.
Para ello se hacen necesarias tres condiciones. Por una parte, la mansedumbre o la humildad. Segundo: el guía tiene que estar en paz consigo mismo para no arrojar sus sombras sobre los guiados y evitar así toda clase de confusión. Tercero: el distanciamiento reiterado y el diálogo con Dios.

Moisés encarna lo que luego Jesús nos enseñó como Pastor y como Guía: entrar en la aventura del espíritu, concebir utopías, demostrando con ello que podemos todavía hoy levantar indicadores y valores, y transmitir orientación; tener el valor de afrontar los problemas, en lugar de desplazarlos incapacitándonos así para la acción; abandonar la posición de poder y optar por la libertad. Moisés se comprometió por la vida, como hizo Jesús, se entregó a su pueblo y lo condujo hacia la libertad.

Se convirtió en paradigma de la misión que conduce a la humanidad hacia la libertad y la vida plenas, según el proyecto que Dios tuvo desde el principio.


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