Iglesia de los mártires,
Iglesia Pascual
P. Bernardo Baldeón
Publicado el 01 marzo de 2008
Acabo de recibir un correo electrónico desde el nordeste brasileño. Habla de cómo las comunidades cristianas están preparando el centenario del nacimiento de Mons. Hélder Cámara, que se celebrará el año próximo.
Don Hélder fue obispo de Recife y fue uno de los que encabezó un profundo cambio en la Iglesia Latinoamericana para aplicar el Concilio Vaticano II a ese continente, especialmente desde la dimensión pastoral, que había sido la óptica del Concilio. Fueron numeroso los obispos, sacerdotes, religiosos y, sobre todo, comunidades cristianas que se sumaron a una dinámica de acercamiento de la Iglesia al pueblo más pobre. Un movimiento que coincidió en el tiempo con las dictaduras más sangrientas en la mayoría de los países latinoamericanos.
Los encuentros de Medellín, Puebla, Santo Domingo y Aparecida son, en buena parte, fruto de la visión profética de Don Hélder.
Él también sufrió la persecución y la presión de los poderosos para desprestigiarlo. Era difícil hacerlo callar y decía: “Si le doy de comer a los pobres, me dicen que soy un santo. Pero si pregunto por qué los pobres pasan hambre y están tan mal, me dicen que soy un comunista”. Tenía claro que para solucionar los problemas y abrir un futuro de esperanza había que llegar a la raíz de las injusticias.
Los cien años de su nacimiento coincidirán con los diez años de su muerte. El reconocimiento internacional hacia su persona, su mensaje y su vida evangélica le libró más de una vez de una muerte violenta.
Otros que siguieron su camino no tuvieron la misma suerte. En este mes celebramos un aniversario más del asesinato de Mons. Óscar Romero, pero sería interminable la lista de obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos asesinados por abrir la senda que él inició. A ellos habría que añadir a muchas personas que sin reconocerse católicos entregaron su vida por la misma causa.
La propuesta de Don Hélder era clara: “Vamos a comenzar a trabajar, si Dios quiere, para lograr una verdadera presión moral liberadora. No os escandalicéis, llegaremos a una presión moral liberadora; es la única manera de evitar la violencia armada y este estado general de desesperación... No nos interesan las minireformas, no resolveremos nada. Necesitamos un verdadero y profundo cambio de estructuras. Y es cierto que para llegar a ese cambio de las estructuras deberemos comenzar por el cambio de las estructuras mentales. Ésta es la conversión de la que nos habla el evangelio.
Sólo hombres de visión planetaria y de corazón universal serán instrumentos útiles para el milagro de ser violentos como los profetas, auténticos como el Cristo, revolucionarios como el evangelio, más sin dañar el amor”.
Su testimonio sigue cuestionando hoy la actitud de una Iglesia que busca más la “comodidad” pactando con poderes políticos que defiendan sus “derechos”.
Y eso tiene su precio: perder una visión planetaria y un corazón universal.
Celebrar la Pascua es también hacer memoria de quienes siguieron el camino de Jesús hasta la cruz por amor a la humanidad, con la esperanza puesta en Dios y no en los poderes de este mundo.