El precio del tiempo
Publicado el 01 de marzo de 2008
Por J. Altavista
Aquel dicho de que “el tiempo vale oro” ya lo podemos dar por jubilado. Hoy existen métodos mucho más “científicos” para medir el valor del tiempo.
A finales del mes pasado se ponía en funcionamiento el AVE entre Madrid y Barcelona. En el primer viaje en ambos sentidos, más de la mitad de los viajeros eran periodistas. Al día siguiente ya teníamos en los medios de comunicación sus primeras evaluaciones.
Me quedo con un titular: “El AVE ahorra 58 € y el avión 25 minutos”. Es suficiente hacer una sencilla división para concluir que el precio del minuto está en 2 euros y 32 céntimos.
No voy a pedirle a mi jefe que me pague a ese precio mi minuto de trabajo…me mandaría al paro.
Si yo gasto al menos tres horas diarias en ir y volver al trabajo, comprendo que haya quien intente reducir ese tiempo al mínimo. Pero me produce una sensación de vértigo no el viajar en tren a 300 Km. por hora, sino la velocidad cada vez mayor que le imprimimos a nuestra vida de cada día.
Podemos no movernos de nuestra pequeña o gran ciudad, pero con frecuencia parece que estamos viviendo continuamente a velocidad de AVE, como si fuera verdad que cada minuto valiera 2,32 € cuando en realidad “vale” mucho más, eso sí, si lo vivimos a “velocidad humana”.
Me basta comparar el tiempo que dedico al trabajo y el que dedico a las personas para darme cuenta de que mi forma de vivirlo no es “humana”, sino “económica”. Confieso que me siento metido en un círculo que no se muy bien por dónde romper.
Vivimos en una sociedad que nos hace casi imposible el arte “perder el tiempo”. Me refiero a perder el tiempo “económicamente” para ganarlo “humanamente”. Y es que a esta sociedad le interesa el hombre “productivo” y no el hombre “humano”. Interesa que seamos pequeños mecanismos de una gran maquinaria que nunca llegamos a entender cómo funciona y, sobre todo, para qué funciona.
Quienes podemos disfrutar de la alta velocidad somos una ínfima minoría de la humanidad. La inmensa mayoría de las personas de nuestro mundo siguen desplazándose a pie y descalzos. Muchos no tienen reloj. Ni se les ocurriría medir el precio de su tiempo. El tiempo les sobra y es una de sus pocas riquezas. Buena parte de él lo invierten en encontrarse con otras personas, en charlar, en compartir.
Para aquellos que caminan a pie quisiera que tuvieran las mismas posibilidades que nosotros. Pero lo que es más importante, para nosotros quisiera que recuperásemos la capacidad de “perder humanamente el tiempo”.
A ellos los consideramos los “pobres”; y lo son. Sin embargo no somos capaces de ver nuestras “pobrezas” en aquellas cosas en las que ellos son ricos.
Muchas personas, con la mejor buena voluntad del mundo, nos han enseñado durante años que nosotros tenemos que ayudar a los pobres, y lo han hecho con tal insistencia que se han olvidado de enseñarnos que hay muchas cosas en las que tenemos que ser ayudados por ellos, porque será la única manera de que nos hagamos más humanos.
El testimonio de los misioneros nos puede ayudar a comprender que necesitamos de llos pobres. Empezaríamos por dejar de medir nuestro tiempo en euros.