Etiopía

La dura realidad de la mujer en Etiopía

En Etiopía la mayoría de las mujeres no tienen empleo ni acceso a la educación, a la formación, a los servicios de salud, a una existencia decente, al agua, a la cultura, a la información. Sus derechos son violados con frecuencia y muchas leyes y prácticas discriminatorias limitan los derechos civiles y políticos de la mujer, al igual que sus derechos económicos, culturales y sociales.
            Lamentablemente, en algunas tribus etíopes, los varones todavía consideran a sus esposas como “esclavas”. Desde tiempos muy remotos, las mujeres han sido siempre sirvientes de los hombres. Desafortunadamente ha sido muy poco lo que se ha logrado cambiar esta situación. Por el contrario, se mantiene a la mujer en su esclavitud ancestral.

Ashenafi Yonas Abebe
Misionero de la Consolata etíope

 

Publicado el 01 de marzo de 2008

Nuestros antepasados escogían a sus mujeres como un tratante escoge y compra el ganado. Aunque hoy no es tan frecuente, se sigue haciendo lo mismo. Las leyes maritales son impuestas a las mujeres, quienes están dominadas peor que las bestias de carga. Las esposas están sometidas a ritos, creencias y tabúes por los que se guían, observan, respetan y creen. Los esposos no hacen nada para que tomen conciencia y así elevarlas hacia la razón, un ideal o un nivel de vida más alto.

Muchos varones opinan que la mujer debe estar sometida a su marido, como si esa fuera una ley universalmente admitida. A la vez, en muchos rincones de Etiopía existe aún la esclavitud y el envilecimiento de la mujer. Tener hijas procura innobles ingresos pues la mujer es tratada como una mercancía a través del tilosh (la dote). Cuando las muchachas dejan el techo paterno para casarse, descienden un doble escalón en la jerarquía social. Son dos veces inferiores: como mujer primero y como esposa después.

En las familias, las mujeres no tienen todo los derechos, pero sí todos los deberes:
- Deben el mayor secreto y confianza a su marido.
- Tienen la obligación imperiosa de respetar las leyes que rigen el clan y la familia en la que se integran.
- Deben obediencia absoluta al marido y al clan.
- Deben fidelidad incondicional a su esposo.
- En ningún caso podrían injuriarlo o golpearlo.
- No pueden saborear los primeros frutos de sus campos antes que él.
- Cuando surgen conflictos, se organizan mesas redondas para discutirlos en el seno de la familia o del clan, pero las mujeres están excluidas porque es el varón quien tiene la palabra.

Un tema importante
Tal vez cabría la pregunta de por qué centrarme en este tema y no en otros del contexto etíope como, por ejemplo, la pobreza y miseria, la violencia y guerra civil, el hambre, las enfermedades como el HIV, las prácticas religiosas tradicionales, entre otros que son más inaplazables. Viablemente no es sólo urgente sino necesario tomar conciencia crítica porque en todas estas realidades la mujer está presente como víctima y como protagonista. Para comprender la situación actual de la mujer etíope es indispensable analizar la realidad sociopolítica, económica y cultural del país e indagar el rol de la mujer en cada uno de estos campos.

La condición de la mujer etíope
Aunque los papeles según el género varían de acuerdo con la etnia, los ingresos, el estatus, la ubicación y otros factores, existen algunas distinciones fundamentales entre los papeles de los hombres y de las mujeres. Así, la mujer es responsable de casi todas las labores reproductivas tales como buscar agua y leña (en los campos), cocinar, limpiar y criar a los hijos. Existen muy pocas ocasiones en las cuales los hombres ayudan a las mujeres (después y durante del parto, cuando se enferman). Los hombres son los jefes de la familia y por lo tanto, los principales responsables de la toma de decisiones.

Todavía hoy existe desigualdad en el reparto de trabajo entre el hombre y la mujer. Mientras ella está sobrecargada, el hombre rural, subempleado, bebe cerveza, sentado a la sombra con sus amigos, “arreglando problemas del clan”. Desprecia la agricultura o el trabajo en la cocina y los cataloga como labores esencialmente femeninas e indignas de hombres viriles.

La mujer trabaja mayor cantidad de horas que el hombre, ya que no sólo realiza gran parte del trabajo reproductivo, sino que también se encarga del trabajo productivo. Por lo general, es la responsable, junto con sus hijos, del cuidado del ganado menor en los campos, de la producción y de la comercialización de mantequilla, queso y vegetales. Ella también se dedica a actividades extra-agrícolas que le reportan ingresos, tales como un pequeño negocio, la elaboración de katikala (una bebida tradicional), los trabajos en cuero y otras actividades similares.

En algunas tribus, una vez casada, la mujer en el hogar no tiene ni voz ni voto. Ningún derecho. El marido manda. El papel de la mujer es obedecer y trabajar. Con su pequeño salario tendrá que hacer frente a la parte correspondiente de los gastos del hogar. No importa que el marido tenga una alta posición y una economía saneada.

En muchos pueblos de Etiopía no hay acceso a la electricidad. Al igual que en muchas de las tierras pobres del mundo, Etiopía depende de la leña, el carbón, el estiércol animal y otras formas de biomasa para cocinar y proporcionar calefacción.

Desafortunadamente es una práctica que, aparte de aumentar la deforestación, devasta los ecosistemas rurales e intensifica el círculo vicioso de la pobreza en el país.
En Etiopía, especialmente en los campos, las mujeres y los niños hacen la mayor parte del trabajo de recolección de esa forma de combustible. Ciertamente es un trabajo agotador que requiere que las recogedoras de leña caminen un promedio de unos 12 kilómetros al día, cargando en la espalda fardos de 35 kilogramos de peso o más.

Dificultades para un cambio
Samuel Nyambi, representante residente del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y coordinador residente del Programa de las Naciones Unidas en Etiopía expresa: esas mujeres se encuentran “entre las más pobres y más desfavorecidas de la sociedad etíope”. Durante años la mujer etíope ha sido objeto de diversas prácticas discriminatorias en la sociedad. Además, en comparación con los hombres etíopes, “las mujeres tienen menos acceso a los servicios básicos como salud y educación”, añade Nyambi.

En una entrevista con la Sra. Adanech Gabremariam, recogedora de la leña cerca de la capital, ella recuerda con horror los nueve años que pasó recogiendo leña para sostener a su familia. Para ella era una vida degradante llena de humillación y vergüenza. Dice: “con frecuencia éramos víctimas de violaciones sexuales y golpizas por parte de rufianes que se escondían en el bosque. La pesada carga que llevábamos y las largas distancias que recorríamos a diario también nos debilitaban: algunas de nosotras tenemos deformada la columna vertebral. La incidencia de abortos espontáneos entre las cargadoras de leña era bastante elevada”.

Desafortunadamente, muchas mujeres etíopes viven en tales situaciones injustas asumiéndolas como normales, desgastando su energía cada día, descuidando su cuerpo y humillándose para el bienestar de su familia. En muchas familias, a los varones no les concierne todo esto y muy probablemente no lo reconocen.

Hay por delante una larga tarea de educación y toma de conciencia acerca del valor de la persona para que realidad de la mujer en Etiopía cambie.


 

VOLVER   IMPRIMIR