Vivir la Misión en medio de la guerra

Mons. Luis A. Castro
Misionero de la Consolata, Arzobispo de Tunja
y Presidente de la Conferencia Episcopal Colombiana

En medio de los innumerables conflictos que ensangrientan nuestro planeta, se encuentra la iglesia: sacerdotes, religiosos y religiosas, pero sobre todo laicos llamados a testimoniar la paz del mensaje evangélico en realidades de guerra, violencia y dolor. Personas “en misión”, con frecuencia en situaciones desconocidas. ¿Cómo ser un signo positivo de paz en contextos de violencia y guerra? ¿Cuáles son las actitudes personales y las estrategias pastorales necesarias en estas situaciones?
Desde mi experiencia personal, señalaré algunas que me
parecen esenciales.

Publicado 1 de marzo de 2008

1. Presencia
Hacía la visita pastoral a un pequeño pueblo en la Amazonia colombiana. Por la mañana, un grupo se acercó y uno de ellos me dijo: "anoche pudimos dormir muy bien porque sabíamos que usted estaba aquí". Esta presencia infundía seguridad, tranquilidad, serenidad. "Estando el obispo aquí no se atreverán a atacarnos", era el sentimiento de fondo que se expresaba con la frase aludida.

El valor de esta presencia puede verse desde diversos ángulos. El más manifiesto es que esta presencia del misionero de alguna manera es signo de la presencia de Dios en medio de su pueblo. Si el misionero no nos abandona, Dios tampoco. Si el misionero está con nosotros, quiere decir que se repite la historia de la salvación en nuestra tierra. Dios está siempre presente con el hombre que sufre, siempre cerca del que lo invoca.

Esta presencia en los momentos más difíciles como son los de la guerra, es una forma de encarnación y por tanto de participar del sufrimiento de aquellos a los que se ha sido enviado. Se trata de un sufrimiento no buscado pero acogido con valentía.
¿Quedarse o partir? La respuesta en ocasiones no es fácil. Lo que sí es fácil es decir que la presencia es un factor poderoso de consolación, de fortaleza, de unidad y de fe.
Es importante anotar que ser signo de la presencia de Dios en medio de un pueblo amenazado y torturado por la guerra, tiene también sus peligros de los cuales quiero poner de manifiesto uno: el colocar a Dios en una orilla del conflicto y sacarlo totalmente de la otra.

2. Escucha
En un pequeño pueblo de Colombia llamado Solano, a orillas del río Caquetá, un misionero escuchaba la historia dramática de los hechos de guerra acaecida en los años ochenta. Las personas contaban y volvían a contar y no se cansaban de narrar su historia de dolor. Qué fortuna para estas personas contar con alguien que supiese escuchar. El cometido de la violencia es lograr infiltrar en la narración de la verdad de la propia vida, la narración de la mentira propia del violento.

Es importante facilitar la purificación de esa narración de la mentira que ha sido acogida tal vez en algún momento por la necesidad de evitar vivir en una situación de caos, de ausencia de sentido.

La capacidad de escuchar propia del misionero, permite a la persona que ha sido violentada que su narración de la mentira de la violencia se torne liberadora y se inserte en un contexto narrativo liberador más amplio como es el de la pasión y muerte del Señor. La persona o la comunidad violentada narra pero no de cualquier manera ni a cualquier persona. Narra su historia para recuperar la verdad de su ser, perdida con la mentira de la violencia que la ha invadido; y la narra a quien sabe que puede iluminar esa historia con una historia más amplia y decisiva. Acontece entonces cuanto el filósofo alemán Hans George Gadamer llama "la fusión de horizontes": Mi historia narrada y escuchada y la historia proclamada de Cristo, su pasión, muerte y resurrección se fusionan en una sola historia llena de sentido y llena de verdad". Se palpa entonces la verdad proclamada por Pablo: A los que aman a Dios, todo contribuye para su bien, aún el dolor, la violencia sufrida y el mismo martirio.
En ciertos momentos difíciles cuando la violencia ha arremetido contra las personas con las que vive el misionero, es importante que él se una a la petición que Salomón le dirigía a Dios: "Dame un corazón que sepa escuchar".

3. Memoria

Hace un tiempo estuve en Guatemala y me impresionaron dos cosas. Una, la enorme lista de todos los catequistas asesinados en los tiempos de la violencia cuyos nombres se podían leer antes de entrar en la catedral. Esta lista es sencillamente un esfuerzo por mantener viva la memoria de esos mártires. La otra fue sencillamente que me colocaron a dormir en la habitación de Mons. Gerardi el Obispo asesinado por su tarea de mantener viva la memoria de los hechos dolorosos acaecidos y por su insistencia en que se aclarase la verdad de los hechos. Era para mí, todo un mensaje relacionado con el deber de mantener viva la memoria de los sufrimientos de la comunidad a la que fui enviado. A la presencia y al escuchar creativo, es necesario añadir el mantener viva la memoria. Jesús decía de su sacrificio actualizado cada día: "Hagan esto en memoria mía".

El hacer memoria de los sufrimientos de la comunidad no es sólo un ejercicio histórico. Es un deber moral que alimenta la sensibilización frente a una avalancha de sufrimiento que, como mecanismo de defensa, va generando insensibilidad. Es oportuno recordar en este momento la ley del sapo. Se puede imaginar, sin necesidad de llevarlo a la práctica, un experimento muy sencillo. Si se calienta un poco de agua al punto de su máxima ebullición y se introduce allí a un sapo, el animalito de un brinco escapa del calor y del terminar totalmente quemado. Pero si a este sapito se le coloca en un recipiente de agua tibia, agradable, y luego suavemente se empieza a elevar la temperatura, ahí se queda. Se va acomodando a la temperatura creciente y se termina con un caldo delicioso y nutritivo de sapo. La memoria nos impide acomodarnos a la temperatura cada vez más creciente de la violencia que nos rodea.

4. Mediación
Tuve la oportunidad de encontrarme entre dos orillas como fueron la de la guerrilla y del gobierno tratando de generar acercamientos tendientes a la liberación de 80 soldados en manos de los subversivos. Fueron seis meses de negociaciones secretas y de continuos viajes de la orilla del gobierno a la orilla de la guerrilla y viceversa para decirle al gobierno que la guerrilla era sincera en lo que proponía y decirle a la guerrilla que el gobierno estaba dispuesto a cumplir su palabra. La mediación fue positiva para felicidad de 80 soldados y de sus familias que se abrazaron nuevamente.

Mediar es estar en medio, lo cual no es siempre fácil. Es más fácil y seguro colocarse en una orilla para dispararle a la otra. Pero es preferible la pastoral de comunión, el colocarse en medio para generar acercamiento entre las dos orillas. Los conflictos enfrentados desde una intención de mediación, van formando una cultura diferente, una cultura de diálogo y de vida en cambio de una cultura de intolerancia y de muerte. De poco sirve para la solución del conflicto el que el misionero se ubique en una orilla para ayudar a disparar a la otra orilla.

5. Perdón
En los contextos de violencia y de guerra, una de las tareas más importantes de un misionero es la de favorecer el perdón, predicar el perdón y perdonar. Pero en torno al perdón social y político como también en el personal, debe tener claridad para que no genere un injusto rechazo.

Perdonar no es olvidar y abandonar todo interés por los crímenes del enemigo sino todo lo contrario, es recordar de una manera nueva, algo muy propio de la memoria. Perdonar no es sencillamente disculpar pues el perdón implica un juicio moral sobre lo hecho mal, sobre lo injusto, sobre lo doloroso. Por el mismo motivo, perdonar no es minimizar el hecho diciendo que no pasó nada. Perdonar no es renunciar a que se haga justicia. Perdón y justicia pueden estar juntos. Perdonar es inventarse una nueva relación con las personas que han causado perjuicios, un volver a estar frente a frente con el enemigo pero esta vez en un nivel de mutua y positiva afirmación. Perdonar es la forma de salir de la cadena de la violencia. No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón, como decía Juan Pablo II.

6. Reconciliación
La venganza es el final catastrófico de la política, mientas que la justicia gestada en el perdón, es su comienzo fructífero que lleva a la verdadera reconciliación.

La reconciliación debe aparecer en el horizonte como el gran punto de llegada. Una reconciliación que no es borrón y cuenta nueva dejando de lado el sufrimiento vivido anteriormente y la exigencia de verdad. Una reconciliación que es posterior a la liberación de los males y no aceptación de los mismos en aras a una fingida reconciliación. Una reconciliación que no es un asunto técnico de resolución de conflictos sino que es mucho más, una espiritualidad, una actitud de vida, una manera de vivir la Palabra de Dios que nos habla por una parte de que la reconciliación viene de Dios y por otra es obra de Cristo que derrumbó el muro de separación entre los enemigos. Estamos en el campo más genuino de la actividad misionera que es actividad de comunión.

Conclusión
Vivir la misión en tiempos de guerra es una oportunidad única para purificar la acción del misionero, marcada siempre por el testimonio y el martirio.


VOLVER   IMPRIMIR