Escuchando se aprende a ser obispo
Mons. José Luis Ponce de León
Obispo del Vicariato de Ingwavuma
Publicado el 01 de junio
2010
Desde abril del año
pasado, José Luis Ponce de León,
misionero de la
Consolata argentino, es obispo en
Sudáfrica. En esta
carta nos explica cómo está “aprendiendo” su
nuevo ministerio.
El progreso de Cartagena del Chairá fue reconocido en 1985, elevándola a la categoría de municipio y en 1989 se inauguró la carretera Paujil-Cartagena la cual fue pavimentada en un tramo. No obstante esto, el estado de esta vía de comunicación no es el mejor, no sólo por la falta del asfalto o el gran deterioro de éste en partes, ahora se suman también los saqueos ocasionados, entre otras cosas, por la soledad de la vía.
Cartagena fue el primer municipio “despejado” de Colombia, pues en junio de 1997 se retiró la fuerza pública con el fin de permitir la liberación de los soldados que habían sido secuestrados en un enfrentamiento en “Las Delicias”.
Hacía el 2003 podíamos contar con una población de 30.450 habitantes en un área de 12.820 Km² dividido en tres inspecciones: Remolinos del Caguán, Santa Fe del Caguán y San José de Risaralda.
El área urbana cuenta con 10 barrios. La zona rural está formada por 157 comunidades. A la parroquia del casco urbano le corresponden 96 de éstas.
La principal vía de comunicación, dentro del municipio, es sin duda el río Caguán. Ciertamente no podemos omitir la carretera que comunica con Florencia, capital del departamento del Caquetá, ubicada a 123 Km. A pesar de sus condiciones es la única “arteria” hacia el resto del país.
La economía de este “pedazo de tierra colombiana” está basada en la agricultura: maíz, yuca, plátano y caucho. La ganadería es fundamental: cría, engorde y producción lechera. Y por último el comercio tanto legal como ilegal.
La presencia de los misioneros de la Consolata
Los misioneros de la Consolata empezamos nuestra misión como parroquia en este territorio en el año 1969. Desde la fundación del municipio estuvimos presentes a través del P. Mellino quien venía desde Puerto Rico a varios Km. de distancia.
Nuestra labor se iría enfatizando obviamente en el acompañamiento evangélico y la promoción humana entre los colonos. Muchos misioneros de la Consolata han surcado estas tierras de caucho y coca, bien y mal, legalidad e ilegalidad, justicia e injusticias. Un testigo de todo este surgir ha sido el primer párroco de esta localidad el P. Bruno del Piero.
Así como vio el levantamiento de la torre más alta de la zona, también presenció y fue protagonista del nacimiento de esta nueva comunidad parroquial a través de dichas y de derrotas. Estas últimas sobre todo a causa de los focos de violencia causados por el plante y proceso de la coca, los conflictos entre los grupos de rebeldes alzados en armas y el Estado. La bonanza cocalera trajo una gran y efímera riqueza a este municipio: comercio, cantinas y prostíbulos.
Un trabajo conflictivo
El encarnado “machismo” del Caquetá colombiano implantó sus características en este boom económico ilegal y “sodomítico”. Obviamente esto influía en la vida de fe, la cual encontró su protección, si no vía de fuga, en la religiosidad popular, en el afán de conservación del Credo y como si fuera poco en la superstición la cual es muy fuerte entre los campesinos de Colombia. Ahora a todo esto se suma el gran influjo de las sectas religiosas en una sola calle podemos contar hasta 4 templos protestantes.
Es claro que el trabajo de los Misioneros era y es bastante complejo. Han tenido que ser anunciadores de Jesucristo, verdadera consolación, en un proceso de fundación y formación de un pueblo con características únicas en Colombia.
Una población llegada de otras tierras del centro y norte de Colombia en busca de nuevas oportunidades. Estos pobladores poco a poco se han ido adaptando a través de la supervivencia a un nuevo estilo de vida. Nuestros padres, religiosos y laicos continúan trabajando fuertemente en medio de esta realidad. Ayudan a los campesinos y colonos a interpretar la revelación que les hace el Padre misericordioso a través de los “lomeríos”, los grandes campos y la selva. Generan medios alternativos inspirados en el evangelio para sustituir aquellos que proponen los grupos ilegales. Construyen una sociedad nueva, lejos de la Sodoma de la bonanza y más cercana a la Nínive que escucha al profeta.
Un trabajo esperanzado
Actualmente el equipo parroquial es muy rico en carismas: el P. Oscar Gallego, párroco, los vicarios P. Anthony Nyeru Kabao y P. Luís Emilio Jiménez, este último del clero diocesano. Además está presente la laica misionera Luz Helena Esparza y el estudiante profeso perpetuo Oscar Medina. Ellos cinco junto al consejo parroquial formado por casi 30 personas, una buena cantidad de jóvenes, un grupo de hermanas del Sagrado Corazón y otros colaboradores llevan adelante las diferentes actividades pastorales de la parroquia: dos grupos de oración formado por jóvenes adultos y otro por carismáticos; un grupo de acólitos; un grupo juvenil y el coro dominical.
Además con la ayuda de los parroquianos ofrecemos un pequeño mercadito a los desplazados mayores de 60 años que pasan necesidades alimenticias. Contamos con un buen número de catequistas que preparan a los niños y jóvenes para los sacramentos de la eucaristía y la confirmación. Este año queremos abrirnos con más constancia a las veredas (comunidades rurales) sobre todo en la formación de los catequistas de estas comunidades.
Terminamos este “diario de a bordo” con una de las estrofas del himno de este municipio como símbolo de esperanza y reconciliación para esta región olvidada, masacrada y aún encantadora de Colombia: “Hay en mi Colombia una parcela prodigiosa que se llama Cartagena del Chairá. Ella nos brinda trabajo, albergue, paz, concordia y libertad. Sus colonos transforman las montañas con herramientas y voluntad. Sus ganados y semillas que produce son patrimonio del Caquetá”.