Chile
Detrás de las sonrisas, la sombra del general
Publicado el 01 de junio 2010
Carolina M. Laura Meneses
y Lucas Robino
En la tierra de Pablo Neruda, el año del bicentenario de la independencia (1810-2010) comienza con una serie de terremotos: la tierra tiembla con inusitada violencia (febrero) dejando muertos y destrucción, y el panorama político ha cambiado con el final de la era de la concertación, 20 años ininterrumpidos de centro izquierda que han cambiado el país. Mientras la presidenta Michelle Bachelet deja la escena política con un alto índice de aprobación, el gobierno del país vuelve a la derecha, conducido por Sebastián Piñera, un millonario empresario. Sobre él y su gobierno estará pendiente la mirada de quienes temen una vuelta al pinochetismo, en el cual una parte importante de los chilenos no ha dejado nunca de creer.
Este año comenzó con una extraña atmósfera caliente en Chile. Cargada de sensaciones contradictorias. En éste último ángulo geográfico del continente americano tan atípico, una franja de 4300 kilómetros, entre los Andes y el océano Pacífico y cargado de contrastes, está aconteciendo algo que no es fácil de prever.
En el momento en el que Michelle Bachelet, primera mujer presidente en un país fundamentalmente machista, mujer socialista con un pasado de tortura y exilio, alcanza un nivel de popularidad del 84%, la coalición de derechas encabezada por el empresario Sebastián Piñera, definido como el “Berlusconi chileno” acaba de vencer las elecciones presidenciales.
Para comprender semejante terremoto político es necesario comprender un poco la particular historia de este país que quizás justamente su geografía lo convierte en tan distinto del resto del continente sudamericano.
Doscientos años, dos dictaduras
Este año la República de Chile festeja su Bicentenario: el 18 de septiembre de 1810, aprovechando la prisión del rey depuesto por Napoleón que había ocupado España, la colonia española comenzó, con la formación de la primera junta de gobierno; un proceso que llevó al país en 1818 a la independencia. Doscientos años de vida republicana con una estabilidad poco común en esa zona del mundo interrumpida, sin embargo, por dos dictaduras.
La más sangrienta, la del general Augusto Pinochet, terminó en 1973 con la experiencia del gobierno de Salvador Allende, el primer socialista del mundo elegido democráticamente, que había nacionalizado las grandes minas de cobre y había intentado introducir reformas democráticas en una sociedad polarizada entre la pobreza extrema y la extrema riqueza.
Pinochet, con el apoyo de los Estados Unidos, preocupado por el peligro de una difusión del socialismo que habría amenazado sus intereses económicos en la zona inició un régimen de terror que duró durante 17 años, con millares de opositores y ciudadanos comunes asesinados o desaparecidos y decenas de miles de encarcelados, torturados y exiliados. Hasta el referéndum perdido por el dictador en 1988 y la vuelta de la democracia en 1990.
Desde entonces han transcurrido 20 años ininterrumpidos de gobierno de la “Concertación de Partidos por la Democracia” la coalición de las fuerzas de centro izquierda que han cambiado profundamente este país y esto a pesar de los límites fijados por una constitución impuesta por el nuevo Pinochet que preveía un sistema electoral bipartidista, único en el mundo, elaborado a propósito para impedir cambios sustanciales, equilibrando en el parlamento izquierda y derecha.
La Concertación y los defectos del milagro chileno
En estos 20 años, el nivel medio de vida de los chilenos ha crecido. La pobreza se ha reducido drásticamente, del 45% en los tiempos de la dictadura, al 10% actual. Santiago es la capital comercial de Sudamérica y sus multinacionales invierten en todo el continente. Las exportaciones de materias primas y productos agrícolas de calidad, como el vino, continúan creciendo. Antes del terremoto de febrero, las cuentas del estado favorecidas por el precio del cobre “del cual Chile es el mayor productor” y de una gestión poco clara, iban viento en popa, a pesar de la crisis internacional permitiendo construir infraestructuras y una red de servicios sociales que amortizaban en parte los efectos de la crisis y de la desocupación. El país, con un crecimiento del 5% anual, ocupa el primer puesto de América Latina en el índice de desarrollo humano y en muchos otros índices de desarrollo.
No todo es perfecto en Chile. Del norte del desierto de Atacama, donde las minas de cobre crean buena parte de la riqueza del país, al extremo sur de la Patagonia, o en la Araucania, que fue la última zona del continente invadida por los blancos y donde ahora muchas multinacionales explotan sus riquezas naturales, muchos ciudadanos se sienten lejos y expulsados de la capital y de la “zona central” donde se concentran las grandes riquezas y las grandes inversiones.
Si en Santiago, ciudad de casi 7 millones de habitantes, la red de transportes públicos, de autopistas, de servicios, continúa creciendo acercándola a una moderna capital europea, no ocurre lo mismo en igual medida en el resto del país.
Unos de los puntos débiles de Chile es el sistema educativo. Si el gobierno socialista de Allende había intentado garantizar un sistema educativo, público universal y unitario, provocando las protestas de las clases pudientes que preferían mantener una separación entre una educación de calidad reservada a las élites, y una más baja para el pueblo, el neoliberalismo que ha inspirado a la dictadura pinochestista ha llevado al desmantelamiento del sistema público. Con ello se ha garantizado sólo una gratuidad de una educación básica dejando el resto al mercado y a la inversión privada, transformando la educación en uno de los grandes negocios del país, con el surgimiento de multitud de escuelas y universidades privadas.
La inadecuada financiación del sistema público, que tampoco el gobierno de la Concertación ha conseguido superar, produce un éxodo permanente hacia el sector privado. De forma similar el sistema sanitario basado en una doble vía: pública (Fondo Nacional de Salud) y privada (Instituciones de Salud Provisional) a pesar de garantizar una cobertura gratuita a los indigentes sigue favoreciendo a las empresas privadas, dejando el sistema público para las capas más pobres de la sociedad.
La falta de solución de las cuestiones relativas a la educación y la salud durante los 20 años de gobierno de la concertación, es posiblemente una de las principales causas, del alejamiento de la política por parte de muchos chilenos, sobre todo jóvenes, los más castigados también por el aumento de la desocupación.
El gris Frei contra el magnate Piñera
Existen otras razones que han llevado a la victoria de la derecha, entre ellas la excesiva confianza por parte de una coalición de gobierno desgastada –sobre todo a nivel local- por tantos años de poder continuado y de rígida alternancia entre sus componentes democristianos, socialistas y radicales. Eligieron un candidato poco carismático como Eduardo Frei, de la democristiano de bajo perfil para las elecciones de este año.
Otro factor decisivo, ha sido la capacidad por parte de la derecha ex pinochetista de rehacer su imagen usando el nombre de “Coalición por el cambio” y bajo el lema “Súmate al cambio”, además de contar con gran parte de los medios de comunicación social.
Piñera apoyado por los partidos de derecha, Renovación Nacional y Unión Democrática Independiente –los únicos que sostuvieron al general Pinochet en el referéndum de 1988- ha querido dar una señal de discontinuidad respecto a los últimos 20 años en la elección de compañeros de gobierno: aparte del ministro de defensa, ya presente en dos gobierno de centro izquierda se trata de personalidades exclusivamente de la empresa privada, de clase alta del país con estudios en las más exclusivas universidades europeas, en buena parte directamente implicados con sus propios intereses en los sectores de los que deberán ocuparse.
Algo muy cercano a los “Chicago boys”, los profesores que fueron formados en la escuela neoliberalista de Chicago y en los cuales confió Pinochet. Personas lejanas a la “gente común” y también a tantos chilenos que, superada la pobreza han confiado en poderse encaminar a la conquista del bienestar votando a un empresario que prometía menos estado y más mercado, menos garantías y más oportunidades. Todo esto ha permitido a la derecha volver al gobierno de forma democrática después de 20 años. Sin embargo la gente que festejaba en las calles, llevando fotografías del general Pinochet, gritando slogans contra los comunistas, mofándose de los desaparecidos y de las víctimas del régimen militar, es la demostración de que buena parte de una base electoral moderna y liberal sigue siendo la misma de un régimen militar, que ve en Piñera una continuidad, y esto proyecta una sombra sobre el futuro de un país que paradójicamente, justo por esta alternancia aparenta ser una democracia plenamente asentada.