La experiencia de Dios en el pobre (III)

Ramón Cazallas Serrano

A veces, cuando estamos entre los pobres, nuestra cultura occidental, práctica y activista, nos lleva al hacer, a programar y buscar continuamente. Nace lo que podríamos llamar “la espiritualidad de la búsqueda”, continuamente inquietos y agitados por lograr y conseguir los objetivos que continuamente nos marcamos. Viviendo con ellos he descubierto que su espiritualidad es la de la “espera”. Por las situaciones sociales, económicas y culturales que durante siglos están viviendo creo que podemos enuclear las características de una “Espiritualidad de la espera”.

 

Publicado el 01 de agosto de 2009

El Señor Zequinha es un anciano que está tramitando su pensión de vejez desde hace años. Siempre pasa por la casa parroquial cuando viene a la ciudad. La respuesta es siempre la misma: “todavía no han llegado los papeles de la capital”. Y así mes tras mes. Me ofrezco para acompañarlo la próxima vez. Su respuesta es clara: “Deje, Padre, se van a poner ‘bravos’ y no vamos a conseguir nada. He esperado tantos años que todavía puedo esperar un poco más y Ud. no se inquiete tanto, será cuando Dios quiera.”

La espiritualidad de la espera no es cruzarse de brazos para que las cosas se realicen cuando “Dios quiera”. El pueblo de Israel vivió esta espera durante muchos años y siglos en la espera de la tierra prometida cuando caminaban por el desierto, de volver a su tierra cuando estaba en el exilio y en el sueño o utopía de los profetas cuando anhelaban un “nuevo cielo y una nueva tierra”.
Todas las personas viven en una continua espera pero nadie como los pobres la viven con un cierto espíritu o digamos con espiritualidad, con una experiencia de confianza en Dios porque lo que se juega es la sobrevivencia, recordemos una vez más los millones de personas que mueren de hambre al año; los azotes de las guerras; la espera de tener un poco de agua para poder beber; la atención médica mínima para poder existir…y tantas otras situaciones que ya enumeramos en estas páginas a las que vosotros podéis añadir otras muchas que formarían una letanía innumerable de necesidades que requieren y están pidiendo soluciones inmediatas.

Claves y rasgos de la espiritualidad de la espera
La espera no es incompatible con la búsqueda. A través de los tiempos los excluidos han estado lejos de los poderes de este mundo pero siempre han tenido la convicción de que “Dios va a venir” y por eso “lo espero”. Lo han experimentado en la naturaleza que siempre, aunque a veces tarde, ha respondido a sus necesidades básicas.

“Dios es mi salvación” y por eso está abierto a la sorpresa y de la sorpresa nace la admiración ante lo nuevo y lo desconocido. Estamos acostumbrados a los ojos y caras de admiración que nos presentan de los pobres en las fotografías o reportajes que vemos. Ojos enormes, caras de felicidad que no vemos en nuestras sociedades occidentales.

La espiritualidad de la búsqueda no nos prepara para vivir las angustias y las frustraciones. Tanto buscar y nunca encontrar. La espera permite vivir angustiados y ayuda a vivir la angustia: “Hazme justicia, oh Dios, defiende mi causa contra gente sin amor… Tú eres mi Dios a quien acojo”… “en la angustia te busco, Dios mío” y otras muchas expresiones de los salmos 42 y 43. El pobre es aquel que siempre está en la fila, para todo. Recuerdo que en un hospital regional sólo hacían veinte análisis de sangre por días. Allí acudían enfermos de las comunidades del interior y a veces tenían que esperar hasta dos días en fila. El pobre siempre espera el amanecer, la angustia no tiene la última palabra
La espiritualidad de la espera hace vivir la vida sin ningún tipo de cálculos. No puedes calcular cuándo vas a encontrar trabajo, qué cosecha vas a tener, cuándo van a poner la escuela para los niños, cuándo podrán beber agua buena que destierre tantas enfermedades. Aunque el pobre integre, de hecho, sus cálculos espontáneos. Un obispo latinoamericano animaba a sus diocesanos: “Quisiera animar tu esperanza. Decirte que ames la tierra que germina, tu siembra, tus animales, tus herramientas de trabajo… Quisiera decirte que ames tu cultura, tu canto, tu lenguaje, tu estilo, tu familia y tu paisaje. Que junto con otros campesinos, te prepares y te organices, porque sólo la unidad es la que hace la fuerza. Que tarde o temprano, tú y tus hijos poseeréis la tierra entera, porque fue Dios mismo que la entregó como regalo y tarea para todos. Él es el único y verdadero dueños de los campos”.

La infancia espiritual o donde los pobres se convierten en maestros
El sentido de Dios que tiene lo transmite a todos a partir de su debilidad que lo hace fuerte en el misterio de Dios. San Pablo diría “que cuando soy débil, entonces es cuando soy fuerte” (2Co 12,10). Santa Teresita del Niño Jesús, Patrona de las Misiones, es maestra de la infancia espiritual cuando en su pequeñez y debilidad se pone en las manos de Dios para que haga de ella y con ella lo que le plazca. En el refranero de los pobres hay una frase que nos pone al día en esta espiritualidad: “Lo poco con Dios es mucho y lo mucho sin Dios no es nada”.

La lógica del poder, de la política, de la economía tiene su visión del mundo y de las cosas. Digamos que los grandes tienen su lógica. Mirando desde abajo y con ojos evangélicos deberían estar para liberar y no apara oprimir. Los sabios y prudentes de este mundo de este mundo no lo pueden entender (cfr. Mt 11, 25-26; Mc 10, 42-45).

La relación del pobre con el Señor es menos sofisticada, es más directa, confiada y simple, no sabe mucho de teología y exégesis pero de su interior brota la sencillez de sus sentimientos, la historia concreta que está viviendo. Cuando ofrece una vela ofrece algo de sí mismo, cuando hace una pequeña o grande promesa compromete su vida, cuando pide una bendición confía en el buen Dios. A algunos les gustaría que fuera más agresiva, no han entendido la nueva perspectiva que exige la infancia espiritual. Se sorprenden de encontrar sencillez, amor y ternura donde esperaban descubrir complejidad, agresividad, odio.

Para el pobre la casa de Dios se construye cantando, con alegría. El pueblo con el que me ha tocado compartir la vida durante varios años era un pueblo alegre, festivo en medios de sus carencias de manera que les decía con cariño que cuando no estaban en fiesta, estaban cantando. Por eso la sonrisa y la caricia hacen parte de la espiritualidad de la espera y de la infancia espiritual. Y en esto los pobres son ricos y maestros.


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