La interculturalidad como desafío

 

Compartir

A nadie se le oculta que estamos viviendo tiempos nuevos en la realidad eclesial. Hasta hace muy poco nuestra iglesia vivía una realidad monocultural, a excepción de las distintas culturas nacionales de nuestras comunidades autónomas que se diferencian principalmente por la diversidad de lenguas, pero hoy el flujo masivo de culturas de los cinco continentes ha invadido nuestra realidad social y eclesial.
Sería necesario hacer una distinción entre interculturalidad y multiculturalidad. Por multiculturalidad entendemos una sociedad que está formada por diversas culturas pero sin relación entre ellas. Cada cultura vive encerrada en sí misma sin intención de integración. Como mucho buscan una “convivencia no agresiva”.
Sin embargo, interculturalidad conlleva el reto de hacer que todas las culturas que viven en una misma realidad se interrelacionen entre ellas, se enriquezcan mutuamente y se integren participando de un modo de vivir, pensar y actuar contando con la diversidad y la riqueza de cada cultura y haciendo que la “cultura global” ya no sea “monocultural, sino intercultural”. Es el nacimiento de algo nuevo.

 

 

 

Es aquí donde está el desafío de nuestra Iglesia local. Se requiere un esfuerzo en pro de una auténtica “integración” entre las distintas culturas, esfuerzo por el cual las diversas culturas llegan realmente a complementarse y las diferencias no dificultan ni la vida ni las expresiones de fe, religiosas, litúrgicas, sino que en realidad se enriquecen mutuamente y se fortalecen.

Pero esta integración y enriquecimiento mutuos no se constituye espontáneamente: necesita ser creada con especial cuidado y cultivada, nutrida y alimentada con especial atención. Ello supone una profunda capacidad de apertura en la forma de comprender y vivir nuestra fe y nuestra cultura, sin absolutismos

El desafío
El gran reto de nuestra Iglesia local está en ser conscientes de la gran riqueza que supone el fenómeno de la interculturalidad que, sin perder el fundamento y la riqueza local, se abra a escuchar, respetar, apreciar y estimar la riqueza de los pueblos como condición previa a una auténtica evangelización.

España es país de misión y ello supone que la Iglesia local se ponga en estado de misión. Esto quiere decir que ya no somos los depositarios de la fe que mandamos misioneros a otros países en un movimiento unidireccional, de aquí allá, sino que hay que acoger con humildad y respeto el que nosotros tenemos también que ser evangelizados.

 

El gran reto hoy para nuestra Iglesia local está en una verdadera conversión, transformación, en su acción evangelizadora, en sus agentes de pastoral, en sus planes y proyectos pastorales. Se trata, por tanto, de un nuevo modo de ser Iglesia o de ser cristianos en el mundo y no solo de una mera adaptación resignada a la presencia de diversas culturas en nuestra Iglesia.

 

En la formación de los seminarios
El desafío de nuestra Iglesia local está en una reflexión y posterior puesta en práctica de una formación de los futuros agentes de pastoral que ya desde su formación vayan asumiendo y asimilando que la evangelización es el intercambio de la experiencia de fe, de expresiones religiosas y maneras distintas de ver el mundo y de actuar.

 

En la integración de los responsables de la pastoral
Aunque ya ha comenzado, es necesario hacer aún un esfuerzo mayor por integrar en las instituciones eclesiales y cargos de responsabilidad a personas de otras culturas que puedan dar un impulso más universal a las propuestas y proyectos pastorales. Hoy estamos encontrando ya agentes de pastoral como catequistas, responsables de la pastoral juvenil, inmigración…

 

Una Iglesia local escuela de diálogo y comunión
Una Iglesia local abierta a la interculturalidad supone como dijo Juan Pablo II en “Novo milenio ineunte”: “Hacer de la iglesia la casa y la escuela de la comunión, éste es el gran desafío que la Iglesia local tiene por delante”.

 

Se trata por tanto de un proceso de conversión de la Iglesia local en una casa y escuela de comunión en el contexto de un mundo intercultural y ello requiere, entre otras muchas actitudes, formarnos todos para educar al diálogo en la cordialidad y la caridad de Cristo enseñando a acoger la diversidad como riqueza e integrar a los diversos modos de ver y sentir en un proceso de mutuo enriquecimiento.

 

Llegar a conformar una Iglesia local que está en constante búsqueda de la unidad en la diversidad: así se podrá convertir nuestra Iglesia en verdadera escuela de comunión y propuesta de fraterna convivencia entre los pueblos.


Luis Jiménez

*Misionero de la Consolata y
Delegado de Misiones de la diócesis de Málaga

10/01/2012