MARÍA Y LA MISIÓN
Presencia silenciosa de María
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PO no tan silenciosa… Con frecuencia, lo que parece no tener voz a nuestro alrededor es un grito que penetra hasta el fondo del corazón; no solo en el sentido físico o metafórico de nuestro interior, sino del interior del mundo, de la creación. La presencia de María de Nazaret en la historia y, como historia de la salvación, en nuestro momento histórico, sigue siendo un paradigma del ser humano que se hace escuchar, porque simplemente sabe estar.
Ella, la Mujer Virgen-Madre, sigue estando en medio de la comunidad creyente, a punto de pasar del silencio a la presencia (Hch 1,14). La Iglesia misionera sigue siendo la avanzadilla de la presencia silenciosa entre las diferentes religiones que se abrazan a un mismo Dios Misericordioso y Consolador. La presencia de María, la Virgen de la fe en Cristo, pero también del Corán (Corán, Sura 19), sigue siendo la presencia del Dios de la Vida, en un mundo que necesita Vida…, gritada en todos los idiomas y credos posibles, pero, sobre todo, en todos y cada uno de los seres humanos. No hay ningún país o nación que escape al abismal silencio de la marginalidad y de la violencia contra la vida. Nos movemos en un mundo en el que los gritos de dolor, de profundo sufrimiento, pretenden ser cada vez más silenciados por las bocinas de los “mercados de valores”, que no saben de fe sino de consumo. Y sin embargo, siempre hay alguien que grita con fuerza, aún en silencio, otros valores. Con su presencia.
El silencio de María parece frágil e inoperante, como el de tantos hombres y mujeres comprometidos hoy con la justicia y con el Evangelio, pero allí donde hay fe no hay silencio sino comunicación, entrega gratuita, humilde.
La de María es una voz-presencia que sigue gritando la llegada del reino de Dios, gritando con la Palabra de un Dios que se pone por debajo de su dignidad para levantar del polvo al mundo que ama apasionadamente (Flp 2,3-6; Jn 3,16). La voz profética de María comienza siendo una presencia que asume su papel en la historia diciendo, como su Hijo, un simple: “Hágase…”. Ese “hágase” sigue resonando y proyectándose en y desde la vida de muchos hombres y mujeres que contemplan el mundo desde lo más hondo de su propio ser y se ponen en camino con premura, como María, creyendo como ella que Dios “derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes…” (Lc 1, 52-53).
María de Nazaret sigue siendo la mujer del pueblo que anuncia la salvación, como tantas otras mujeres de la historia, con su fuerza y su presencia ¿Acaso hay un grito más profundo que el de la Piedad, reproducida en el hogar de tantas mujeres de nuestro tiempo, de cada pueblo perseguido y crucificado…? Con María, todos/as somos presencia, aunque seamos, también, silencio…
* Trinidad León Martín
Mercedaria de la Caridad,
Profesora de la Facultad de Teología de Granada
07/02/2012
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