Barrios unidos por la miseria

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Separados por más de mil kilómetros, los barrios Caracoli, en Colombia, y Carapita en Venezuela, tienen casi todo en común. Chabolas amontonadas, falta de infraestructuras básicas e historias de vida dramáticas. La criminalidad, casi siempre violenta, mantiene alejadas a las autoridades. Los Misioneros de la Consolata han decidido mantenerse presentes, con la esperanza de minimizar el sufrimiento a quien ya se a acostumbrado a no tener nada.

 

 

 


“Sulderi Chavez, 36 años, mujer delgada, de arrugas prematuras y mirada perdida en el vacío de la incertidumbre nos abre la puerta de su casa construida con chapas de zinc, en el problemático barrio de Caracoli, en las afueras de Bogotá, Colombia. Con siete hijos, de edades entre los 2 y los 15 años los cuida sola y carga una historia de vida dramática. El marido murió de cáncer y la dejó con 5 hijos. Por el miedo de que la guerrilla le llevara los descendientes varones, decidió huir a Caracoli, donde ya vivían algunos familiares. Logró empleo y hacía unas horas como empleada de limpieza. Volvió a casarse y tuvo 2 hijos más, poco a poco fue construyendo su "propia casa". A pesar de las condiciones extremas de pobreza, Sulderi se sentía feliz. Pero la felicidad fue flor de un día. Perdió el trabajo y el segundo marido, que ayudaba en el sustento de la casa con su trabajo, fue asesinado en un ataque de grupos guerrilleros. "Ahora, el poco dinero que logro conseguir es para comer. Y muchas veces falta", se lamenta avergonzada.

 

En el aglomerado de construcciones de chapa y ladrillo sin cemento, levantadas de forma anárquica en la colina de Caracoli, al estilo de las favelas brasileñas no faltan historias de pasados trágicos y commovedores como el del Sulderi. O de otros mucho mas escalofriantes. "Tenemos el caso de una chica de 15 años que ha sido violada por su abuelo y son frecuentes las situaciones en las que los padrastros abusan de sus hijastras frente a la familia. Sin embargo, viven todos juntos: padres, hijos, tíos, abuelos, niños". Nos cuenta la hermana Nora Peres, de 27 años, profesora del Centro de Acogida y Formación, institución fundada y mantenida por los Misioneros de la Consolata en Caracoli.

Lucha por el territorio

Contando con accesos de tierra, que se vuelven lodazales con las primeras lluvias, el barrio enfrenta todos los días una intensa lucha por el dominio del territorio. La cercanía de la capital atrae a elementos de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y de grupos paramilitares de extrema derecha creados como brazos armados de los grandes propietarios y de los varones de la droga para luchar contra las ofensivas de las guerrillas de izquierda.
Hay mucha droga, como alcohol, agresiones y asesinatos. Los niños asisten a todo en primera fila y se vuelven actores principales en este escenario de criminalidad, soñando con el día en que vestirán un uniforme, conseguirán un arma o ganarán espacio en uno de los muchos bandos que aterrorizan a la población. Por ello, y al revés de lo que ocurre en una escuela normal en este centro, las preocupaciones van mucho mas allá de la calidad de la enseñanza. "Los niños no tienen reglas y uno de nuestros objetivos es bajar su nivel de agresividad", añade la religiosa, de la Congregación de las Hermanas Teresianas. La tijeras están prohibidas en el espacio escolar y aun así no se evitan los conflictos. "Una vez, estaba en plena clase, y un alumno clavó el lápiz en el hombro del compañero diciendo que le mataba", recuerda Nora Peres. Los misioneros, garantizan, dos comidas al día a cerca de dos docenas de niños y adolescentes.

Barrio de Carapita
A más de mil kilómetros de allí en el barrio de Carapita, en los alrededores de la capital venezolana, no son conocidos grupos guerrilleros organizados, pero los problemas son idénticos. "Se oyen tiros a cada rato y la violencia esta a la orden del día" explica el padre Peter Makau (sacerdote Keniano).

 

La mayoría de los habitantes se instaló en la colina para huir de la miseria del interior del país. Otra buena parte vino de países como Colombia, Ecuador, Haití, o Perú. "Esta mezcla de nacionalidades sirve de fermento a la inseguridad. Hay grupos armados que controlan sus zonas y es difícil encontrar una familia que no haya sufrido la muerte violenta de alguno de sus miembros", nos comenta el padre Peter mientras conduce el viejo y pesado geep por las calles estrechas y empinadas de Carapita.

 

Instalada en el barrio desde 1999, la Misión de la Consolata esta lista para garantizar el trabajo espiritual de una parroquia, apoyar a los enfermos, ofrecer formación cristiana y evangelizar. Pero el P. Peter sabe que tiene que ir mucho más allá. "Además de la inseguridad, hay muchos problemas a causa del alcohol y de la droga. No existen servicios básicos, hay mucha basura acumulada y el agua potable llega sólo 1 vez al mes", dice el misionero lamentando el hecho de no poder responder a las necesidades por falta de medios. Nuestra breve conversación en la pequeña y austera sala de estar de la misión, es interrumpida varias veces por sonido estridente del timbre. Son personas que buscan ayuda alimentaria. El paquete de arroz o de harina entregado por los misioneros es a veces el único alimento que entra en la casa de esas familias.

 

A pesar de los kilómetros que los separan, los dos barrios ya se han acostumbrado a vivir día a día. Hay una sensación de miedo en las calles, el hambre se adivina en los cuerpos débiles. La violencia se teme en cada esquina. Pero todavía se respira esperanza. Como diría Richard Bach "Nada está tan lejos ni distante que no sea inalcanzable". Incluso la misma fe.


 

Francisco Pedro

10/02/2012