María, una existencia misionera

Compartir

En las páginas de la Escritura queda narrado el paradigma de lo que significa el encuentro con Dios y el descubrimiento de la misión personal. No es un acontecimiento cualquiera, no se puede comparar con ninguna otra experiencia; aunque, siendo el encuentro con Dios el modelo de todo encuentro personal, la única manera que tenemos de expresar lo que significa “cruzarnos” con Dios en nuestro camino es haber hecho experiencia de encuentros personales significativos. Todos, de un modo u otro, nos han cambiado la vida (de lo contrario, no han sido verdaderos “encuentros”).

 

El encuentro con Dios tiene de especial y único, que nos cambia la existencia de un modo radical, porque llega al lugar más hondo de la persona y le revela no sólo lo que es sino lo que hace: su misión. Le sucede, por ejemplo, a Abraham y a Sara (Gén 17), a Jacob (Gén 32, 23-31), a Gedeón (Jue 6,11-24)…, todos descubren su verdadera razón de existir, y con ello su verdadero “nombre”, a raíz del encuentro con Dios.

 

El cristianismo tiene en María de Nazaret el modelo por excelencia de lo que implica el encuentro con Dios y el descubrimiento de la propia existencia como algo querido, valorado por Él; contando con un horizonte impensable desde nuestro perspectiva humana, pero absolutamente posible para Dios (Lc 1,26-3). El encuentro de María con Dios y el diálogo que ambos mantienen en la intimidad es un encuentro misionero, incluye el descubrimiento del modo en que Dios la mira y la llama: “Plena de Gracia”, poniendo además de manifiesto la cercanía de Dios a toda la creación: lo que deciden tiene que ver, no solo con la persona abordada por el Misterio sino con “la salvación del mundo”. De eso se trata. La existencia misionera es, ante todo, fruto de la experiencia de Dios.

 


 

* Mercedaria de la Caridad,
Profesora de la Facultad
de teología de Granada

 

04/01/2011