Esclavitud de la mujer, con otro nombre
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El primer mundo, presuntamente igualitario, dice que suprimió la esclavitud; pero abundan las esclavitudes disimuladas con etiquetas políticamente “correctas”.
Un reportaje sobre trabajadoras extranjeras en Japón (periódico Asahi, 21 de Julio, 2010) entrevistaba a jóvenes chinas contratadas en un programa para “formarse trabajando”. La realidad era otra.
Jornadas de 16 horas: ensamblar piezas de telefonía móvil en “cadena de producción” estresante. Aire tóxico en la sala de impresión de tarjetas-memoria para móviles.
La empresa recomienda al personal japonés evitar esa zona, donde trabajan las extranjeras. Del sureste asiático y China hay en Japón unas doscientas mil empleadas de veintitantos años. Por admisión al “programa de aprendizaje”, pagaron a intermediarios. Si se quejan, pierden el puesto y no saldarán la deuda.
No constan como emigrantes, sino como “intercambio de entrenamiento laboral”, fórmula usada desde los años 90 para contratar mano de obra barata. Desde 2005 han muerto 127 mujeres por exceso de trabajo.
A Japón le han avisado desde Naciones Unidas para que corrija, entre una lista de otras muchas, esta infracción laboral de derechos humanos. Las empresas culpan a la necesidad de mano de obra en tiempo de crisis y la administración pública pone restricciones burocráticas a la inmigración.
Me quedo mirando la tarjeta del móvil -comprada en Madrid y fabricada en Tokio con mano de obra explotada- y... me da qué pensar...
Juan Masiá Clavé
Jesuita. Profesor de la Universidad
Santo Domingo de Osaka (Japón)
04/02/2011
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