Teología feminista
¿De qué estamos hablando?
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Cuando la gente oye hablar por primera vez de teología feminista, suele producirse –a mí me pasó– una reacción de sorpresa, porque, en general, y a menudo inconscientemente, se piensa que teología y feminismo son términos incompatibles y casi contradictorios, como si el conocimiento de Dios y el reconocimiento de la plena humanidad de las mujeres y su liberación no sólo no tuvieran relación, sino que estuvieran reñidos entre sí.
Esta reacción revela la existencia de un pensamiento fuertemente arraigado, individual y colectivamente, que pone distancia entre Dios y las mujeres, como si hubiera algo en nosotras que nos impidiera ser, al menos en la misma medida que los varones, imagen de la Divinidad. Prueba de ello es la dificultad de “dibujar” a Dios con rasgos y rostro femeninos y de atribuirle, por ejemplo, términos como Diosa, por más que Gén 1,27 diga: “Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó”.
Este pensamiento, que no se reduce al mundo judeo-cristiano, ha hecho que, durante milenios, se viera a las mujeres más cerca del Mal que del Bien. Desde Eva, acusada de ser la primera pecadora y, por tanto, la causante de todos los males que aquejan a la humanidad, las mujeres hemos sido consideradas “culpables” de ser magníficos vehículos de la maldad.
Todo esto ha tenido consecuencias en la vida de las mujeres y, por tanto, de la humanidad, pues ha contribuido a mantenernos fuera de la esfera de lo oficialmente sagrado, a fundamentar y alimentar nuestra subordinación en la sociedad y en las iglesias, y a hacernos tener una experiencia básica de inferioridad y alteridad –es decir, a sentirnos “distintas de lo normal”– que ha generado situaciones de grave injusticia y de profundo sufrimiento.
Descubrir todo esto no es fácil ni placentero, pero en todos los tiempos ha habido mujeres que se han experimentado a sí mismas como imagen de Dios –y, por tanto, plenamente humanas– y se han sabido capaces de pensar y construir un mundo mejor y más justo. Este descubrimiento y esta experiencia dieron origen, en la segunda mitad del siglo XX, a la Teología Feminista como disciplina, una teología que se acerca a Dios, partiendo de la experiencia de las mujeres y buscando su liberación.
*Filóloga y miembro de la Escuela Feminista
de Teología de Andalucía (EFETA)
04/02/2011
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