Con desconsuelo y lágrimas: ¡No hay desastres “naturales”!

El dolor de millones de haitianos me parte el corazón en millones de trozos. De hecho, han tenido que pasar varios días desde la tragedia para que haya podido sentarme a escribir sobre ella. Simplemente, no podía;
los sentimientos me desbordaban. Aún ahora me cuesta trabajo.

Publicado el 01 de febrero 2010
Emilio Carrillo


Con cierta asiduidad imparto clases sobre desarrollo local en el Instituto Tecnológico de Santo Domingo, en República Dominicana, nación que comparte con Haití la isla llamada La Española, en la que Cristóbal Colón desembarcó el 5 de diciembre de 1492. De los 76.408 km2 que la conforman, el país dominicano ocupa la mayor parte del territorio (el 63,7 %, toda la zona central y oriental de la isla), aunque la población de las dos naciones es muy similar (ambas rondan los diez millones de habitantes), por lo que Haití cuenta con una densidad demográfica muy superior (255 habitantes por km2, casi el triple que España y exactamente cien veces más que Australia).

Éste es uno de los factores, desde luego no el único, que explican que Haití sea el Estado más pobre de América Latina, algo que he podido comprobar directamente en las distintas visitas que he realizado a su capital, Puerto Príncipe, y a zonas rurales de su geografía. En la propia República Dominicana es fácil constatar la miseria del país vecino: decenas de miles de mujeres haitianas -muchas cercanas al límite de la mayoría de edad legal y, aún así, ya madres (normalmente, "madres solteras")- ejercen la prostitución en los enclaves turísticos dominicanos, muy frecuentados, por cierto, por españoles, que por un puñado de euros disponen a su antojo de la compañía y los cuerpos de las jóvenes.

Antes de que Haití vuelva a caer en el olvido
El terrible terremoto sufrido ha colocado a Haití en la cabecera de las noticias y en la mente y el corazón de casi todos. Ahora bien, dentro de pocos días volverá a caer en el más absoluto olvido. Ya pasó recientemente con otras catástrofes que el país ha padecido. Y antes de que esto suceda, el dolor que me sacude me impulsa escribir estas líneas con lágrimas en los ojos y con un objetivo único: sacudir nuestras conciencias para que no admitamos la falaz teoría de los desastres naturales.

Sí, esa interpretación de los hechos que nos dictan en los informativos, difunden los organismos internacionales -incluso bastantes ONG- y conviene a nuestra tranquilidad interior, llevándonos a pensar ¡qué desdichados son, que mala suerte tienen; cuanto más pobres, más desafortunados; ayudémosles enviando dinero, comida, medicinas,...!

Pero la teoría de los desastres naturales es una gran mentira, otra más de la visión y el sistema imperante.

Dicho sintéticamente para enfocar las reflexiones que siguen: no hay desastres naturales, sino fenómenos naturales (terremotos, tsunamis, huracanes, erupciones volcánicas, lluvias torrenciales, sequías, deslizamientos de tierra,…) que se convierten en desastres debido a la mano del ser humano.

Una mano que no es invisible, sino que pertenece a gente y a intereses económicos y de poder concretos. Y somos cómplices de esta gente y sus intereses si nos limitamos a sentirnos tristes y solidarios ante la tragedia.
La tristeza y la solidaridad son, sin duda, expresión de sentimiento y de Amor, pero no bastan, no son suficientes.

Quizá a algunos os parezca extraña esta afirmación de que no existen los desastres naturales. Pero sé muy bien que es así. Lo aprendí especialmente en el año 2006, cuando desde el Centro Internacional de Formación de Naciones Unidas (CIF-OIT) en Turín (Italia), me solicitaron que evaluara determinadas experiencias de desarrollo local centradas en la reconstrucción después de los desastres y prevención de otros nuevos acometidas en Nicaragua (Matagalpa y Río Grande) e Indonesia (Banda Aceh y Aceh Besar), tras los dramas sufridos por estos territorios debido al huracán Mitch (1998) y al devastador tsunami de diciembre de 2004, respectivamente.

Y el examen de ambos casos condujo a la misma conclusión, que posteriormente he confirmado con otros estudios, acerca de que no hay desastres naturales, sino fenómenos naturales que se transforman en desastres por causa de la mano humana.

Nadie puede evitar que un terremoto ocurra, pero sí se pueden y deben hacer muchas cosas -precisamente las que en Haití nunca se han hecho y me temo que tampoco se harán ahora-, para reducir la vulnerabilidad de quienes tienen que vivir con ese riesgo. Y es por esa vulnerabilidad por lo que explota la tragedia.

En Haití, el fenómeno natural fue el terremoto (como en Nicaragua lo fue el huracán Mitch y en Indonesia el tsunami), pero el desastre lo causaron muchos factores en absoluto naturales.

Enunciado brevemente: Haití es una víctima más del colonialismo y de la subordinación de los territorios y sus habitantes a intereses políticos y, sobre todo, económicos y financieros externos.

Así el Estado haitiano se caracteriza por unas estructuras políticas e institucionales tan frágiles como corruptas; y por una violencia e inestabilidad política y social que han imperado a lo largo de sus 206 años de historia.
Al mismo tiempo invito a todos a dar un signo creíble de comunión entre las Iglesias, con una ayuda económica, especialmente en la fase de crisis que está atravesando la humanidad, para colocar a las Iglesias locales en condición de iluminar a las gentes con el Evangelio de la caridad.



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