Por el derecho a la alimentación
y la justicia climática

Manos Unidas

Publicado el 01 de febrero 2010

 

El escándalo de las desigualdades y, de modo particular, el aumento del número de personas que mueren de hambre, golpea la conciencia de las personas de bien y de todos los que trabajan por la justicia. Después de una década de la firma de los Objetivos de Desarrollo del Milenio, el balance no es alentador. El primer objetivo, “erradicar la pobreza extrema y el hambre”, cuyo cumplimiento depende en gran medida del cumplimiento de los demás objetivos, no sólo está muy lejos de la meta propuesta sino que hemos retrocedido y perdido niveles ya alcanzados.

Las cuestiones del cambio climático son una muestra del desorden y del egoísmo que dominan las relaciones entre los pueblos. Científicos, políticos, economistas, organizaciones ambientalistas y periodistas, entre otros, están enzarzados en la discusión sobre las verdades y las mentiras del cambio climático y han contagiado a la población de escepticismo, en unos casos, y de radicalismo ecologista en otros. En este escenario, existe el peligro de ocultar el verdadero problema humano del clima. No podemos esperar que unos y otros se pongan de acuerdo, tampoco paralizarnos en el indiferentismo.

Es una evidencia de nuestra propia existencia que el clima global y los climas regionales presentan signos extraños y no previsibles. ¿Son fenómenos cíclicos, y por tanto, naturales o hay algo más? Ciertamente, los climas presentan variaciones por motivos naturales; pero lo más preocupante y que crea más inseguridad es que han aumentado los factores humanos que provocan los cambios climáticos. El hambre existe, con o sin cambio climático; pero las variaciones estructurales del clima afectarán más a la población de los países pobres que a los países ricos. El alimento y la vida de las personas más débiles no pueden esperar. Hay que establecer políticas y acciones prioritarias guiadas por la justicia y el bien común si queremos articular el desarrollo de las personas y de los pueblos.

En este contexto, tenemos que referirnos a África como el continente más a la intemperie. El Sínodo de los obispos africanos, celebrado el pasado mes de octubre, ha puesto sobre la mesa su dramática realidad. “África –dice el Mensaje final- es rica en recursos humanos y naturales, pero muchos en nuestro pueblo se debaten en medio de la pobreza y la miseria, de guerras y conflictos, entre crisis y caos. Muy raramente esto es causado por desastres naturales. Se debe, más bien y en gran medida, a decisiones y acciones humanas de personas que no tienen ninguna consideración por el bien común, y esto, con frecuencia, debido a la trágica complicidad y conspiración criminal entre responsables locales e intereses extranjeros”. Y denuncian: “Las compañías multinacionales tienen que detener la devastación criminal del ambiente para su codiciosa explotación de los recursos naturales… ¿Es posible que nadie sea capaz de interrumpir, y quiera hacerlo, estos crímenes contra la humanidad?”

Para superar el drama del hambre y de la inseguridad alimentaria, Benedicto XVI, en su última encíclica “Caritas in veritate”, propone que hay que recorrer un camino de “largo plazo, eliminando las causas estructurales que lo provocan y promoviendo el desarrollo agrícola de los países más pobres mediante inversiones en infraestructuras rurales, sistemas de riego, transportes, organización de los mercados, formación y difusión de técnicas agrícolas apropiadas, capaces de utilizar del mejor modo los recursos humanos, naturales y socio-económicos, que se puedan obtener preferiblemente en el propio lugar, para asegurar así también su sostenibilidad a largo plazo. Todo esto ha de llevarse a cabo implicando a las comunidades locales en las opciones y decisiones referentes a las tierras de cultivo” (n. 27).
Siendo conscientes de la gravedad de estos problemas y de las consecuencias dañinas para la salud de nuestro planeta, la vida de las personas más vulnerables y el derecho al desarrollo sostenible de los pueblos, hay que buscar campos comunes para el mutuo acuerdo y la cooperación. Haga cada uno lo que esté en su mano. Manos Unidas está en acción y en campaña para que muchos otros se sumen al desafío del derecho a la alimentación y la justicia.

“Contra el hambre, defiende la tierra”
Éste es el lema de la Campaña de Manos Unidas para el año 2010. En esta Campaña, se abordará la lucha contra el hambre desde la defensa de nuestra casa, la tierra, y la sostenibilidad del medio ambiente, teniendo en cuenta principalmente las consecuencias que el cambio climático origina para la vida de los más pobres.

El cambio climático no es un tema nuevo en la agenda internacional; desde finales del siglo pasado hay estudios que denuncian la cada vez más alarmante situación: en 1987, la Comisión Mundial para el Medio Ambiente y el Desarrollo, liderada por Gro Brundtland, definió el desarrollo “sostenible”; en la “Cumbre de la Tierra” (Río de Janeiro, 1992),se empezó a hablar de “cambio climático”; en 1997, se firmo el Protocolo de Kioto sobre algunos compromisos para frenar las causas del calentamiento global; en 2002, se celebró la Cumbre Mundial para el Desarrollo Sostenible en Johannesburgo; en diciembre de 2009, en Copenhague, tiene lugar la cumbre sobre el cambio climático de la cual sale el nuevo acuerdo que sustituirá los compromisos del Protocolo de Kioto a partir de 2012.

Las cuestiones del cambio climático nos obligan a formar una nueva conciencia sobre el estado de nuestro planeta, porque la crisis global en la que nos encontramos es consecuencia de un modelo de desarrollo insostenible.

Estamos haciendo mal uso de sus recursos y alterando el equilibrio del ecosistema y del clima, que son un bien común, un don de Dios para todos, que debe protegerse para las generaciones presentes y futuras.
El Informe Brundtland “Nuestro futuro común”, ya en 1987, definió como “sostenible” el desarrollo que satisface las necesidades del presente, sin poner en peligro la capacidad de futuras generaciones para satisfacer sus propias necesidades.

La búsqueda del “bien común” es competencia de todos, de los gobiernos y de la sociedad civil. El cambio climático tiene consecuencias nefastas sobre nuestras condiciones de vida. Pero no afectan a todos por igual. El Sur siempre es el más desfavorecido, y los más pobres, los que más lo sufren, por ser los más vulnerables.

Un proverbio chino señala que: “una generación planta un árbol y la siguiente disfruta su sombra”. Se necesitan respuestas urgentes que defiendan los derechos de los más pobres y de las nuevas generaciones de manera sostenible.

Fuente: Boletín “Manos Unidas”

 

 


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