MARÍA Y LA MISIÓN
María, vínculo de comunión interreligiosa
Trinidad León Martín *
Publicado el 01 de febrero
2010
La Encarnación kenótica, de humillación hasta el punto de hacerse humus (tierra húmeda, barro) del Hijo de Dios y el entero plan de la salvación revelado por Jesús, el Señor, se queda en un mito más que absurdo cuando se le desencarna de la historia. María es el vínculo de Dios con la historia. Ciertamente, ella es Theotokos: Madre de Dios, o mejor, Madre del Hijo de Dios encarnado, que eso es lo que queremos decir, pues sería absurdo pensar que la Divinidad pueda quedar encerrada en la creación. María es Theotokos, así la llamaban desde los primeros siglos del cristianismo (III-IV), Pero esa condición única e irrepetible le es reconocida desde su pertenencia al género humano. María es una mujer, una “hija de Abrahán”: hija de un pueblo que, pese a sus muchas limitaciones, tantas o más que cualquier otro de la historia, es conocido por su capacidad de intimar con Dios, de hacerse oyente de su voluntad y testigo de la salvación universal. Aunque, por desgracia, no sea ésta la actitud que caracteriza, a lo largo de la historia a judíos, cristianos o islámicos, las tres grandes religiones que tienen a Abrahán como “padre de los creyentes”.
De esto se trata. Hoy nuestra misión evangélica se desarrolla dentro de una universalidad que no conoce límites y mucho menos los límites que imponen las culturas encerradas en una visión del mundo mezquina y degradada por la ignorancia, como ocurrió con el cristianismo a lo largo de siglos, y como puede estar ocurriendo con otras confesiones de fe en el Dios Único, en estos precisos momentos.
María es la mujer universal que puede ejercer de lazo de comunión entre los creyentes del Libro, las tres religiones mencionadas, en un momento histórico en el que el fanatismo pretende, de una forma u otra, bajo un signo u otro, imponer su ley. María es judía por nacimiento y fe, ésta es una realidad que los judíos reivindican cada vez con mayor fuerza y sentido; el Corán menciona a María en algunas de sus más preciosas suras como “la Virgen madre”, “La que es portadora de un gran deseo” (significado árabe de su nombre) y los santuarios marianos constituyen lugares de culto, también para los seguidores del Profeta. En momentos de frecuentes sospechas y desencuentros culturales, de violencia y de terror, que parecen no tener límites, quienes se dejan iluminar por la Sabiduría divina, sea cual sea el Nombre que se le otorgue, deberán buscar vínculos como el que María representa, para no sucumbir a la tentación de una ruptura total y absolutamente irracional. Merece la pena meditar en ello y lanzarse a la tarea de construir, entre todos/as, la verdadera comunión. Esta es la misión creyente.
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*Mercedaria de la Caridad y
profesora de teología