Nuestra presencia en la
República Democrática del Congo:

Generando esperanza

P. Fernando Patiño

Publicado el 01 de febrero 2010

Terminó sus estudios en España y aquí trabajó durante algunos años. Luego el P. Fernando Patiño fue destinado a la R. D. del Congo. Poco antes de las navidades del año pasado pasó por Madrid hacia su Colombia natal para estar un tiempo con su familia. Aprovechamos su paso para pedirle que nos contara algo de su actual trabajo misionero.

Me han pedido que presente mi trabajo misionero. En mi caso es un poco difícil, pues no me encuentro en ninguna parroquia ni institución de las que tradicionalmente tenemos los misioneros de la Consolata.

Yo fui destinado al Congo hace 7 años. Los primeros tres trabajé en el grupo del norte y desde agosto de 2005 estoy prestando el servicio de administrador provincial, viviendo en Kinshasa, la capital del Congo.

Así entendidas las cosas, se comprende que mi misión es el servicio a toda la comunidad regional. Por eso, quiero hacer una pequeña presentación de nuestra Región del Congo.

Nuestra presencia
Los misioneros de la Consolata estamos presentes en Congo desde diciembre de 1972. Actualmente estamos organizados en dos grupos grandes, debido a las inmensas distancias y las grandes dificultades de transporte y comunicación dentro del país.

Un grupo está en la capital Kinshasa, donde unos 15 misioneros de la Consolata trabajan en tres parroquias: Mater Dei, San Hilario y las Bienaventuranzas; dos seminarios y la casa provincial.

En uno de los seminarios, el de teología, tenemos 20 estudiantes profesos. Eso nos da un total de unos 35 misioneros en este grupo.

El otro grupo se encuentra en la Provincia Oriental, donde otros 19 misioneros trabajan en cinco comunidades: dos en Mbengu, una parroquia rural cerca de la frontera con Uganda; cuatro en Bayenga, una parroquia pequeña donde se ha empezado un proyecto de trabajo con los pigmeos; otra parroquia, ésta enorme, en Neisu donde cinco misioneros (4 religiosos y una laica) trabajan en la pastoral parroquial y llevan adelante un hospital.

Finalmente en Isiro, la ciudad que próximamente será capital de la provincia, tenemos ocho misioneros (5 religiosos y 3 laicos) encargados de varios proyectos: una capilla, un centro nutricional, una casa residencia para estudiantes universitarios y la procura de apoyo a las comunidades rurales.

Todo está por hacer
Éste es un tiempo de esperanza para el Congo y también para nuestras comunidades.

Es un tiempo de sueños y de proyectos. Todo está por hacer.
El Estado no llega a todo y los misioneros de todas las iglesias presentes en el Congo, están asumiendo un papel protagónico en la lucha por el desarrollo del país.

También nosotros estamos presentes en ese proyecto y son muchas las cosas (tal vez demasiadas) que estamos haciendo.

La importancia de la educación
Uno de los campos en el cual estamos trabajando ahora es la formación de los niños y jóvenes. En todas nuestras parroquias encontramos escuelas, diocesanas o privadas, a las cuales apoyamos de forma diversa: económicamente, enseñando, con colaboraciones puntuales para pagar a los profesores (el Estado aún no ha asumido la responsabilidad de pagar a los docentes), etc.

A nivel universitario los misioneros de la Consolata hemos abierto hace cinco años una casa residencia en la cual cada “año escolar” (que puede durar hasta dos años civiles, según la institución educativa), hay una media de 15 internos. Son jóvenes (hombres y mujeres), que llegan a Isiro y que no tienen familia allí para vivir.

En esta casa, por una cuota módica, pueden dormir, comer. Tienen la electricidad (en Isiro el Estado da el servicio eléctrico de vez en cuando) para poder estudiar y para preparar los trabajos escritos cuentan con una biblioteca y un servicio de ordenadores).

Todos estos jóvenes internos proceden de nuestras misiones. Además de ellos, según el último censo hecho, son más de cien los jóvenes universitarios apoyados por las comunidades o por algunos misioneros individualmente.

Es todo un esfuerzo que se está haciendo para ayudar a cambiar la sociedad y el medio donde viven. Unos pocos ya han terminado los estudios y han regresado, haciendo sacrificios (en otro lugar podrían ganar un sueldo más alto), para trabajar en los propios pueblos (especialmente como profesores en colegios y alguno en la universidad, además de algunos que han entrado en las estructuras del Estado).

Éste es un camino que aunque lleva varios años, está todavía al inicio y los frutos tendrán que verse a mediano plazo.

Si a esto le unimos todos los esfuerzos hechos en nuestros seminarios, me parece que una buena parte de nuestras energías, personal y recursos financieros, los estamos empleando en la formación de personas. Congoleños y congoleñas, que puedan servir al propio país y al mundo.

Aunque en estos momentos yo no vivo todo esto como protagonista, sí me siento partícipe y colaborador en este proceso, que es generador de esperanza para el pueblo.


 

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