El Dios que anunciamos
Un Dios que sufre
Isabel Gómez-Acebo *
Publicado el 01 de febrero
2010
Los seguidores de Jesús de Nazaret, cuando trataron de explicar las ideas de su Maestro, no tuvieron más remedio que valerse de la filosofía del momento en el que vivían. Desde este planteamiento elaboraron una idea de Dios según la cual no podía sufrir ni física ni moralmente pues el dolor era algo negativo que no podía afectarle. Dios permanecía impasible ante nuestros Huertos de los Olivos por más intensos que éstos fueran. Es verdad que se hablaba de su amor pero sin entrar en detalles mientras que se negaba tajantemente que pudiera sufrir.
Fueron los horrores de la II Guerra Mundial, con su capítulo del holocausto, los que hicieron que algunos teólogos repensaran lo que suponía el sufrimiento del hombre para su Creador. La obra de Moltmann, El Dios crucificado, abandonaba definitivamente la impasibilidad divina y apostaba por un Dios que sufría al ver a su Hijo en la cruz. Fue el primer escalón de un pensamiento que hacía a Dios partícipe de todo el dolor en el mundo. El Padre de Jesús no se sentaba en el Olimpo para ver desde la barrera lo que pasaba en el mundo sino que se identificaba con las víctimas, padecía con ellas e inspiraba a otras personas para que salieran en su socorro. Porque tuve hambre y me diste de comer nos da la pista de una identificación plena de Jesús con el necesitado.
Las mujeres nos han enseñado que la persona que ama no se muestra indiferente con las vicisitudes de su amado sino que sufre y goza con él. Las madres llevan este amor al límite en cuanto que están dispuestas a subrogarse en sus hijos para evitarles el mal. Ellas sufrieron dolor cuando éstos nacieron y comparten su sufrimiento a lo largo de toda la vida.
Si las madres terrenales somos capaces de participar del dolor de nuestros hijos e intentamos anularlo ¡Cuánto más no hará Dios con sus criaturas!
* Madre de familia y Teóloga