Entre la supervivencia
y el Reino
P. Bernardo Baldeón
Publicado el 01 de febrero 2009
Desde hace años se habla en la Iglesia de “crisis de vocaciones”. Normalmente hablamos de crisis de vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa. Algo que es real y que también nos afecta a los Institutos Misioneros.
Es un problemal. Pero no podemos reducirlo a una cuestión estadística, de números.
Ante todo debemos preguntarnos por las causas. Muchos echarán la culpa al secularismo, al relativismo… y a otros “ismos”. Yo me pregunto si en la actual crisis vocacional no jugará un papel importante la pérdida de “credibilidad” por parte de la Iglesia. Una pérdida de credibilidad que en buena parte nace de haber dejado de ser “buena noticia”, para convertirnos en una carga legalista que sólo puede atraer a personas inseguras que buscan cobijo en una institución que les evite pensar y decidir por sí mismos.
A nivel de Institutos Misioneros, los hemos clericalizado de tal manera que han sido cosa de curas y monjas. Y la falta de personal nos ha obligado a abrir, tímidamente y con reservas, las puertas a los laicos. Algo parecido pasa en la pastoral.
Creo que como misioneros podemos abrir una ventana de esperanza, válida para toda la Iglesia.
No es un hecho fuera de lo común el que un misionero se encuentre al frente de una misión o de una parroquia con más de 100 mil habitantes. Sin embargo no se le cae el mundo encima. Sabe que una de sus primeras tareas es crear una amplia red de agentes pastorales que lleguen allí donde es imposible que él pueda llegar.
Su primer aprendizaje, si no quiere morir agobiado por la realidad, es saber delegar. Deberá formar personas en las cuales pueda delegar gran parte de las tareas pastorales. Si es incapaz de trabajar en equipo con los laicos, terminará asfixiado en poco tiempo por los problemas que no puede afrontar o de los que ni siquiera se entera.
Si el misionero no se encierra en el pequeño mundo de un despacho, una sacristía y una iglesia, si vive en contacto con el pueblo, si escucha las palabras y la vida de la gente, sentirá como suyo el dolor y el sufrimiento de las personas. No se le ocurrirá poner más cargas legales sobre los hombros de los demás. Dentro de sus limitaciones, intentará hacer realidad aquello que decía Jesús: “Venid los que estáis cansados y agobiados, y encontraréis alivio”. De forma que su vida y su mensaje sean buena noticia para quienes se ven obligados a transitar en un “valle de lágrimas”.
Comprenderá que Dios no quiere que seamos felices en el “cielo”, que la voluntad del Padre es que todos sus hijos seamos felices antes de la muerte y también después de ella.
La forma de ver y encarar el futuro de la Iglesia varía mucho según el lugar donde nos colocamos.
En nuestras Iglesias de “antigua cristiandad” estamos con frecuencia preocupados por nuestra propia supervivencia. El instinto de sobrevivir se hace incluso más fuerte que la fe. Y puede hacer que nos lleguen a ser invisible los miles de hombres y mujeres que vienen de otras culturas o que siempre estuvieron a la puerta de nuestros templos pero nunca se atrevieron a entrar.
Las “iglesias jóvenes”, cuando son sensibles a la realidad que les rodea, viven preocupadas por hacer presente el Reino, por lograr que las personas vivan con un poco más de dignidad, sean más felices, tengan un futuro abierto.
Nunca deberíamos olvidar que Jesús aceptó la muerte (renunció a su supervivencia) para hacer presente el Reino de Dios.