Colombia
Iglesia y evangelización entre afrocolombianos
Vicente Pellegrino
Publicado el 01 de enero 2009
Después de varios años trabajando en España, el P. Vicente retornó a Colombia. Desde allí nos escribe contándonos algo de su labor actual entre los afroamericanos.
El documento de "Aparecida" -texto de la Conferencia de los Obispos latinoamericanos y del Caribe reunidos en Aparecida en mayo del año pasado- pide con insistencia una "mayor y más seria atención pastoral" hacia las comunidades de "afrodescendientes", muy numerosas y fuertemente pujantes en todo el continente americano.
Esta pastoral es un desafío para la Iglesia colombiana, especialmente en aquellos sectores donde la población afrodescendiente tiene una presencia significativa. La Arquidiócesis de Cali, donde me encuentro hace más de un año, tiene un porcentaje de gente afro que supera el 53%.
Cuando se habla de "pastoral afrocolombiana" no se pretende discriminar las personas, ni tampoco santificar dicha pastoral, como si, sin ella, no fuera posible hacer una pastoral tradicional entre negros. La cuestión es otra: se trata de acompañarlos partiendo de ellos, de su mentalidad, respetando su identidad y viviendo su sentido de libertad a la luz de la palabra de Dios, sin buscar proponer una pastoral afro fuera de su contexto existencial. La acción evangelizadora actual y la pastoral católica con los grupos afrocolombianos no encuentran por lo general vacíos de tipo cultural o religioso. Más aun: no encuentra una cultura o una religiosidad totalmente ajena al mensaje evangélico
Durante siglos los afrocolombianos han recibido el anuncio evangélico y fundamentalmente se adhirieron al mensaje. Ciertamente lo acogieron a su manera, en parte adaptándose con sinceridad a la nueva religión, en parte adaptando la nueva religión a su cultura. Realizar una acción pastoral entre afrocolombianos exige conocer a fondo su cultura y su religiosidad.
Para el afrodescendiente, la tradición ancestral es una ley mucho más fuerte, importante y respetable que todos los documentos eclesiales de reforma escritos desde el Concilio Vaticano II hasta nuestros días. Documentos que ellos no critican ni desprecian… sencillamente los ignoran. No contradicen lo que los sacerdotes y religiosas tratan de explicarles: sencillamente no les hacen caso, cuando se trata de algo que no coincide con sus tradiciones.
Recientemente, para celebrar los 157 años de la abolición de la esclavitud en Colombia, se organizaron actos conmemorativos en los que participaron las comunidades negras desparramadas en todo el territorio nacional. En casi todos los centros más importantes la Misa al estilo afro-colombiano abría el programa de las actividades.
En Cali el acto litúrgico, presidido por el obispo auxiliar Mons. Julio García tuvo lugar en la plaza de San Francisco, frente a la gobernación. Fue un acto emocionante en el que la gente participó con seriedad y devoción, conciente que la libertad es como el aire: se da cuenta uno que es esencial sólo cuando falta. Por eso el aniversario de la abolición de la esclavitud fue solemnemente celebrado para "nunca olvidar la libertad que habíamos perdido y para renovar nuestro gracias a Dios y a los que lucharon para devolvérnosla".
En Cali, con ritmos y cantos del Pacifico, la población de origen africano ha celebrado con gozo y con orgullo la liberación de la esclavitud obtenida hace 157 años. Una jornada llena de sentido y de emoción, un testimonio importante de las raíces culturales de esta gente. Pero el momento de fiesta no puede borrar de plano una realidad que sigue siendo difícil: una encuesta reciente dice que este grupo humano continúa siendo socialmente vulnerable y aplastado por una pobreza extrema. Y este aspecto ha sido remarcado con fuerza en el acto litúrgico.
En la misa “afro” ninguno puede estar haciendo presencia como espectador pasivo. La música que nace entre marimba, conunos y guasá, se va metiendo por la piel con una oración cantada a flor de garganta. Cali vibra al son de un "Padrenuestro".
Hasta Sor Gloria, con su traje blanco, se une al ritmo de la danza en una ceremonia llena de acordes de esos instrumentos sacados de árboles como la chonta y el balso.
El sacerdote Wiston Cabrera vestido con un esplendido "kitinge" (atuendo de ceremonia africano), azul y con figuras amarillas, levanta los brazos y baila por los 157 años de la abolición de la esclavitud. Es una típica misa afrocolombiana. El obispo auxiliar, Mons. Julio García, quien preside la ceremonia, en la homilía se dirige a los sacerdotes presentes, a los músicos y cantores y a la gente convocada en la plaza exhortándolos para que ayuden a pedirles perdón a sus comunidades si a la Iglesia en algún momento de su historia le faltó solidaridad.
Esta misa para despedir la esclavitud no es de sonrisas sino de mucho sentimiento, pero no deja de ser fiesta. "La población negra ha sufrido y sigue entre muchos desequilibrios sociales pero estamos avanzando en unos nuevos caminos" dice el diacono Venancio Mwanes Munyri de Kenia. A su lado los religiosos Roberto Carvajal y Lymo Efraín Gervaes de Tanzania quien lleva ya 14 años en barrios populares y le ha tocado vivir momentos de violencia
A mi lado el pastor protestante Humberto Peñuela Varela, quien por solidaridad ecuménica, ha pedido participar en la celebración y que proclama la primera lectura en la que el Apóstol Pablo anuncia para todos la libertad y la igualdad en Cristo Jesús.
"Éste es un modo de edificar la Iglesia con rostro propio", exclama alguien desde la asamblea.
Antes de repartir la comunión el obispo, Mons. García recibe en sus manos la ofrenda de agua, tierra y frutos del campo. Bailando sin sonreír, como se acostumbra a hacer en estas circunstancias, un grupo de danzas de la pastoral afro se acerca ofreciendo bananos, "chontaduros", ananás y agua. Todo esto lo ofrecen sobre "bateas", las mismas con las que los buscadores de oro con esfuerzo y gran sacrificio lavaban las arenas auríferas a lo largo de las orillas de los ríos o tamizaban la tierra arrancada a la montaña.
Así celebran sus fiestas estos afrocolombianos conscientes que no puede tener futuro un pueblo que olvida su pasado.