El Dios que anunciamos
Dios como Madre
Isabel Gómez-Acebo *
*Teóloga y madre de familia
No ha sido hasta hace poco que los cristianos nos hemos atrevido a introducir en nuestras invocaciones a Dios la categoría de madre. En el Génesis ya escuchamos que el ser humano estaba hecho a imagen y semejanza de Dios, tanto a nivel de varón como de mujer, pero la cultura patriarcal prescindió de las imágenes femeninas consideradas de segunda. Hoy, alcanzada la paridad de las mujeres, las podemos recuperar.
Publicado el 01 de febrero de 2008
Lo más exclusivo de la mujer es su capacidad de ser madre, un concepto que el inconsciente colectivo ha adornado con toda clase de virtudes que le podemos aplicar a Dios. En primer lugar, la imagen nos habla del cobijo que se inicia en el seno materno. Ese lugar caliente, resguardado y sin preocupaciones al que muchos psicólogos creen que los seres humanos añoramos volver. Toda la espiritualidad que gira en torno al Sagrado Corazón se nutre de estas ideas, un refugio en el seno de Dios mismo, donde encontrar alivio a las deficiencias de nuestra condición mortal. Incluso podemos pensar que la última estación de nuestro viaje que llamamos muerte supone, a la manera de una línea circular, volver al punto inicial de la vida. No hay mejor esperanza que colocar el final en el regazo de Dios.
En la medida que el ser humano crece en años, las exigencias de la vida adulta le impulsan a separarse de su madre. Cuando se produce el reencuentro, el hijo tiene la sensación de la fidelidad a ultranza: ella siempre está dispuesta a acoger con gusto y sin reconvenciones su vuelta. En el itinerario espiritual también hay vaivenes, idas y vueltas, y también hay la certeza de que la madre Dios nos espera con gozo. Regazo abierto, escucha expectante y sin reproches de todos los avatares que le han sucedido al hijo en su vida. Una escena maravillosamente descrita en la parábola del hijo pródigo que Rembrand pintó, dando al padre del muchacho una mano de madre.