Kenia

Bajo el signo de la violencia

P. Antonio Rovelli. imc

Tras las elecciones presidenciales de diciembre de 2007, Kenia comenzó el nuevo año con una oleada de violencia que produjo miles de muertos y decenas de miles desplazados dentro del país y hacia la vecina Uganda.
A la hora de escribir estas líneas la situación es más tranquila, pero la violencia sigue latente.

Publicado el 01 febrero de 2008

Un pedazo de África ha saltado por los aires en los primeros días del año. Esta vez le ha tocado a Kenia adjudicarse ser la noticia por excelencia. Triste sorpresa, inesperada para todos. El coloso de los pies de barro ha caído, uniéndose a la ya larga cadena de países africanos que sufren periódicamente golpes de estado, guerras de “bajo perfil”, vuelta a la acción de viejos movimientos de rebeldes en triste competición por el primado de la crónica, en un continente a la deriva.

La frágil convivencia entre las más importantes tribus (Kikuyu, Luo y Luya) en algunas provincias del Rift Valley se ha roto, ruptura alimentada probablemente por la campaña electoral de algunos políticos cínicos. Tal rivalidad polítca inició a sobrepasar las líneas tribales enseguida después de la independencia, siguió su acción corrosiva de un modo latente, y ha emergido de improviso a través de la rabia de los pobres habitantes de los inmensos barrios de chavolas (slums) de Nairobi, Kisumu y Eldoret (dos ciudades del nordeste) y en algunas zonas de nómadas en el norte del país.

El fraude electoral no ha hecho otra cosa que encender la mecha y lanzarla a la mezcla explosiva formada por las condiciones miserables de los habitantes de los “slums” y por las rivalidades tribales.

La rabia contenida de los habitantes de los slums y la convivencia tensa en las ciudades, siempre incandescente bajo las cenizas en tiempo de la dictadura del presidente Moi, esperaba el momento propicio para la explosión.

Las atrocidades sucedidas han sido documentadas rápidamente, las fotos en los periódicos y en las páginas de Internet han traído a nuestras casas el drama de las víctimas, de la destrucción, las filas de desplazados y prófugos.

Ocasión para comprender un poco más a África
No podemos desaprovechar la ocasión para reflexionar sobre la dramática situación de millones de personas en África, sobre el papel estratégico de algunos Estados en la guerra “delegada” contra el terrorismo, sobre la hipocresía de las relaciones político-económicas que el occidente en general y Europa en particular tiene con esos Estados. Los muertos, los desahuciados, los 250.000 prófugos de Kenia no alterarán demasiado la indiferencia colectiva, al máximo la preocupación de las agencias de viajes y la pérdida de imagen de una nación a merced de la alternancia de líderes corruptos manejados por un consistente grupo de ricos blancos e indios. La reacción violenta, sólo aparentemente incontrolada, y la atrocidad actuada han sorprendido al mundo entero y destrozado la imagen de un Kenia, “nación pacífica”, incontaminada de males. Ahora, en cambio, aparece desilusionada de sí misma y reducida, como confirmación desoladora de una impresión general que tantos tienen de que África va a la deriva, fuera de control y sin esperanza.

Así, la garantía de estabilidad, desmentida en Kenia, asume el papel de línea divisoria histórica, que ni siquiera el cinismo más persistente de sus políticos, le quitará el puesto de la enésima desilusión africana.

De todos modos, en cuestión de pocos días también Kenia acabará en el baúl de los recuerdos si no se producen imprevistos recrudecimientos de la violencia y, apenas los dilatados tiempos de la negociación garanticen la seguridad de las playas y de los intereses económicos occidentales, Kenia volverá a ser olvidado por los medios de comunicación.

Gato por liebre
Nos quieren “vender” el conflicto en Kenia como un episodio más de las luchas tribales. Un problema entre africanos. Los problemas tribales son una realidad, pero con frecuencia utilizada para ocultar la política de las grandes potencias y la lucha entre los países ricos por hacerse con el control económico en África.

La violencia desatada en Kenia sintetizan los intereses comerciales y de poder, locales e internacionales. La cara sucia de los tejemanejes de Occidente en África, donde Europa, a través del dinero, exporta sus intereses y todo lo malo que sólo en el Tercer Mundo se permite aún. Hasta hace poco, en África todos se nos permitía, incluso resolver acuerdos comerciales con la arrogancia de la extorsión. A partir de ahora la fragilidad de África, confirmada en Kenia, podrá ser invocada para ulteriores chantajes económicos por los viejos poderes coloniales nostálgicos del imperio.

Apuntar los reflectores sobre la situación de Kenia, significa dejar la punta del iceberg africano para descender en profundidad hacia dónde sobrevive una masa sumergida, a la deriva, constituida por miseria, corrupción y violencia. Desde que terminó la Guerra Fría, hasta el año 2001, África ha perdido su renta geopolítica en el plano mundial, para convertirse en almacén de materias primas y nuevos mercados a conquistar. Los países occidentales hoy están preocupados por la adquisición, por parte de China, de la energía africana y, cada tanto, por la liberación de desprovistos turistas o inermes trabajadores, como ha sucedido hace pocos años en Níger y, periódicamente, en Nigeria.

La llamada de atención que lanzo es la de ir más allá de las emociones suscitadas por las imágenes y por los artículos que hacen llorar y que al final señalan el odio tribal como el único factor culpable, un estereotipo demasiado cómodo al que recurrir.

Preguntas pendientes
Hay preguntas sobre la realidad de Kenia que nos ayudan a ser más realistas.
Preguntarse, por ejemplo, por qué en los últimos años millares de campesinos en Kenia, se han visto obligados a dejar sus pequeñas parcelas de tierra para hacinarse en los slums de Nairobi, barrios de casas de cartón y hojalata donde pululan millones de pobres y desesperados alrededor de los rascacielos del centro de la ciudad.

Preguntarse a qué mercados van a parar las rosas cultivadas en centenares de invernaderos que han surgido como hongos en los últimos diez años cerca de Nairobi y sobre los altiplanos cerca de Nanyuki.

Y cómo es posible que Kenia, una vez capaz de alimentar a su propia gente, ahora se ve obligada a importar maíz, mientras que diariamente vuelos charter exportan hortalizas al extranjero.

¡Sólo la lucha por la supervivencia empuja a los pobres hacia esos barrios miserables y, cuando la rabia rompe los diques se vierte incontrolada por las calles! Solamente quien ha vivido en uno de esos barrios o lo haya visitado al menos una vez, puede intuir esta rabia reprimida.

Los slums de Someto, Korogocho y, sobretodo, Kibera (solo éste tiene casi un millón de habitantes) tienen en conjunto 3 millones de personas invisibles sobre un total de 4 millones, que es la población global de Nairobi, amasados en el 5,5% del territorio de la ciudad.

La sangre derramada en Kenia nos pide cuentas
Los sucesos de Kenia son un ajuste de cuentas, constituyen un acto de acusación indirecta, pero muy eficaz, de todo un continente. Porque, como hacemos con Kenia, también de todo el continente africano nos reservamos la parte “útil”. Y nuestro intereses los confiamos a las multinacionales, que son los emisarios de la globalización neoliberal que saquean y ponen todo a la subasta para la mayor ganancia.

El acaparamiento de las materias primas y de los minerales estratégicos del Congo, la competición por los yacimientos petrolíferos en Angola, Sudán, Chad y la costa del golfo de Guinea, las zonas francas de Somalia, donde arrojamos nuestros escombros tóxicos, las maderas exóticas del Congo y de Libera, los diamantes de Botswana y las cobayas humanas en los hospitales de Nigeria sobre las que experimentar vacunas, a usar después con nuestros enfermos. Y, finalmente, destrozamos las débiles economías africanas con el “dumping” (competencia desleal), o les obligamos a abrirse a la competición comercial asimétrica con nuestros productos, cosechas y manufacturados.

Con razón dice un proverbio ugandés: “Si nuestra casa se quema es sólo porque alguien le ha prendido fuego y ahora está soplando sobre él”.


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