Economía y Religión

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Pocas veces se habla de forma no apasionada y puntual sobre la relación entre “economía” y “religión”.

 

En nuestro país unos sacan el tema para criticar las ayudas económicas del Estado a la Iglesia. Otros para criticar determinadas políticas económicas desde criterios doctrinales y religiosos (no siempre evangélicos). El tema es complejo.

 

En este número de la revista publicamos un artículo titulado “Humanizar la Economía” del jesuita Jesús Renal que nos puede ayudar a comprender esa difícil relación.

 

Hace unos meses un ingeniero y economista peruano, José Mª Iguíñiz, escribía: “Desarrollarse es ampliar la capacidad de las personas para evitar el hambre, la enfermedad atendible, la ignorancia, la inseguridad vital. La calidad de vida consiste en estar alimentado, pero también en haberlo hecho escogiendo libremente la manera de hacerlo. El hecho de estar o no suficientemente alimentado no diferencia al ser humano del animal. La libertad es el signo distintivo de lo humano”.

 

A nuestros oídos sus palabras pueden chirriar en varios sentidos. Para nosotros “desarrollarse” no es identificable con evitar el hambre. Tenemos muchas más exigencias. Necesitamos mantener y crecer en un “estado de bienestar” sin importar el precio que eso suponga para los habitantes de otros países.

 

Nunca pensaríamos, ni aceptaríamos que ese “estado de bienestar”, que a unos pocos nos lleva a consumir más del 80% de los bienes que produce la tierra, nos igualara con los animales que buscan comer y comer, consumir y consumir, sin tener en cuenta a otros que buscan su subsistencia en inferioridad de condiciones. La ley del más fuerte sigue mandando y condenando a la muerte a otros.

 

Pocos actúan con libertad a la hora de decidir cómo desarrollarse y crecer. Todo vale si es para mi bien. El sistema marca sus leyes. Cuando estoy en una situación de superioridad es más cómodo aceptarlas que ejercer mi capacidad de discernimiento y libertad para decidir cuáles son las formas humanamente éticas de mejorar, sin pisotear los derechos de otros.

 

Hace ya 21 siglos, Jesús de Nazaret decía a la gente: “Felices los que eligen empobrecerse para compartir, porque de ellos es el Reino de Dios”. Y a alguien que quería seguirlo y cumplía todos los mandamientos le dijo: “Te falta algo. Ve, vende lo que tienes, dáselo a los pobres y luego sígueme”.

 

Es una vieja historia que se sigue repitiendo. Se enfrentan dos formas de entender nuestro desarrollo como personas, que supera la economía, pero pasa por ella: acumular empobreciendo a los demás o compartir empobreciéndonos nosotros.

 

Es la disyuntiva en la que Jesús puso a quienes querían seguirlo. Pocos lo han puesto en práctica a lo largo de la historia. La Iglesia, como institución, anda con frecuencia por caminos muy lejanos a los marcados por Jesús.

 

Quizás sea uno de los motivos por los cuales la Iglesia ha perdido credibilidad frente a la sociedad actual. Las disculpas fáciles no sirven de mucho. Tampoco basta que la Iglesia se refugie en la meritoria acción de Cáritas, los misioneros u otras instituciones. La parte no sustituye al todo.

 

La religión sí que tiene mucho que decir sobre la realidad económica. Pero para que su palabra sea creíble debe tener una actitud global y coherente con el Evangelio frente a los pobres y excluidos del mundo.

 

Mientras tanto, nuestro mensaje seguirá siendo palabras ineficaces que no cambiarán nada.
Y lo grave es que estamos llamados a cambiar el mundo.

 

Bernardo Baldeón

10/01/2012