Los profetas y la misión

Misión y conflicto profético

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La misión profética consiste, fundamentalmente, en hablar en nombre de Otro y comunicar una Palabra con un contenido frecuentemente amenazador a un pueblo de corazón endurecido y resistente.

 

Es enviado a hablar a reyes y a sacerdotes, a otros profetas que se le oponen, al pueblo mismo. Recorre las plazas y el mercado, va al Palacio y al Templo, acude a las romerías de los santuarios. No habla desde el poder de la institución, sino desde la debilidad del carisma; representa la preponderancia del individuo dominado por Dios, frente a todo sistema de posesión de lo divino.

 

Solo cuentan con un instrumento: la palabra; y el secreto de su eficacia, más allá de los fracasos, está en la debilidad de ese instrumento que, al venir de más allá de ellos mismos, los convierte en “plaza fuerte, en columna de hierro, en muralla de bronce” (Jer 2,18).

 

De su enfrentamiento con el poder, de su defensa de los débiles, de su negativa a aceptar otro absoluto que el de Dios, de su denuncia de un culto engañoso, no puede salir más que persecución y conflicto: Amós es expulsado del reino del Norte por el sacerdote del santuario de Betel, que no puede soportar sus criticas (Am 7,10-17); de Oseas dijeron que era un loco que desvariaba (Os 9,7); ni el rey ni el pueblo escucharán los consejos de Isaías (Is 7,12; 5,1-7); y Jeremías sufrirá contradicción, persecución y cárcel, y hasta será arrojado a una cisterna llena de cieno (Jer 38,1-6)

 

A pesar de todo ello, ellos aguantan y no escapan del conflicto:
Aguardaré al Señor, que oculta su rostro a la casa de Jacob, y esperaré en él. Y yo con mis hijos, los que me dio el Señor, seremos signos y presagios para Israel, como testimonio e instrucción de parte del Señor de los ejércitos que habita en el monte Sión" (Is 8,16-18).


Dolores Aleixandre RSCJ
Religiosa y Teólogas

10/01/2012