Lo que he aprendido en España

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Una mirada a la Iglesia española

Normalmente cuando se habla de la Iglesia en España, se habla de secularismo, indiferencia, incomprensiones internas. Es algo real.


Pero recorriendo gran número de comunidades a lo largo del país, he ido descubriendo una iglesia de base, de a pie, que sigue viva y sensible. Personas y grupos apasionados por la figura de Jesús y su evangelio, que siguen fecundando la vida de la gente, especialmente en las relaciones interpersonales.

 


 

También he conocido a cristianos críticos que aman y quieren a su Iglesia. Pero la quieren más comprensiva y cercana a la vida real de la gente, del mundo, más preocupada por dar respuesta a las inquietudes de las personas.


Ahí va apareciendo un nuevo lenguaje para comprender el mensaje evangélico con palabras de un sabor más humano que el viejo lenguaje religioso: se habla de justicia, de paz, comprensión, interculturalidad, globalización de la solidaridad, dignidad de la persona, derechos humanos, integración de las personas y los pueblos.


Son palabras que expresan hoy la realidad del Reino inaugurado por Jesús. Son criterios y valores que están en el corazón de muchas personas, aunque no se definan como cristianas, pero que sí se comprometen por el bien de la persona humana. He palpado en España el sentido de una solidaridad humana universal.


Se da un fuerte debate, dentro y fuera de la Iglesia, en torno al testimonio de fe y de vida. Me parece positivo, especialmente porque nos puede conducir a comprender el objetivo común de nuestra existencia: la dignidad integral de la persona humana. En este sentido, es deseable que la iglesia y la sociedad encuentren una plataforma común por la cual vale la pena luchar juntos.


Con frecuencia el núcleo de la vida cristiana no lo encuentras en los medios de comunicación, pero lo descubres en la vida cotidiana y en el contacto personal con la gente. Es en este diálogo donde se respira más hondo el evangelio. Y es en el encuentro con las personas donde se contagia la fe.


Siguen teniendo fuerza algunas manifestaciones masivas de la fe -especialmente entre determinados grupos religiosos- que con frecuencia son discutibles, pero que expresan una demanda de espiritualidad en el corazón de la gente.


Aunque tenga sus luces y sombras, yo tendría cuidado frente a las visiones excesivamente negativas de la Iglesia española. La realidad es más rica de lo que pensamos.

 

Una Iglesia llamada a mirar más allá de sí misma
Las iniciativas de cooperación con la actividad misionera de la iglesia en el mundo se han multiplicado, lo cual va acompañado por el trabajo de gran número de ONGs católicas y no confesionales que se mueven en el ámbito de la solidaridad internacional.


Pero la preocupación de fondo de la Iglesia española en este tiempo es el de la evangelización en su propio ambiente, motivada por el proceso de secularización y alejamiento de tanta gente de la Iglesia. Es aquí donde se están buscando caminos, iniciativas, lenguajes, para llegar a los alejados y a tantos no cristianos. España se reconoce como una tierra de misión en donde hacer resonar de nuevo el mensaje del evangelio.


No creo que haya menos sensibilidad por la misión hacia afuera, pero si una fuerte preocupación por la misión en la propia España y en toda Europa.
Va creciendo una cierta sensibilidad por ciertas situaciones de tipo global, que nos interesan a todos en el mundo. Y de cara al futuro me parece que hay tareas importantes.


En primer lugar hay que reconocer positivamente que es aquí en nuestra historia en la que debemos construir el Reino de Dios. Cristo se ha hecho hombre para salvar a los hombres, en y desde su experiencia humana. Por eso, debemos amar esta humanidad con sus defectos e imperfecciones e intentar curar heridas, levantar a las personas para que descubran el verdadero sentido de su vida y dignidad.


Creo que también hoy es necesario intentar unir fuerzas en una globalización del servicio al bien de la persona. Pienso que como Iglesia debemos anunciar un evangelio que quiere valorar el compromiso de todos los hombres de buena voluntad, sea cual sea su religión o filosofía de vida, unir fuerzas y encontrar proyectos comunes Aún si luego hay diversidad de visiones, allí donde se trabaja por la dignidad integral de la persona está Cristo y su evangelio que penetra como levadura en la vida de la humanidad.


Me parece también que es necesario hoy en día lograr una integración de lo local y de lo universal: ayudar desde el evangelio a construir una fraternidad entre los pueblos, culturas, gentes de diferentes condiciones sociales porque la diversidad enriquece y no hay mejor forma de vivir nuestra fe que anunciarla. La capacidad de integrar a todos en una única familia, en donde se superen prejuicios y divisiones que sólo traen marginación, es un gran reto para la sociedad y para la iglesia. Y de manera especial para los misioneros.


Es urgente perder el miedo a aquel que es diferente. Él también es un hermano que tiene una vida para compartir si le abrimos las puertas. La Iglesia tendrá que expresar también mayor autenticidad y entusiasmo. El mensaje del evangelio tiene que ayudar a las personas a agrandar el corazón y nuestra forma de presentar y hablar de Dios tiene que levantar el ánimo de la gente y crear esperanza para que sienta el deseo de encontrarlo en su propia vida.


No quiero terminar sin agradecer a tantas personas y comunidades que durante estos seis años me han enriquecido como persona y como misionero.


 

Pedro Togni

04/01/2011