El pueblo Gabbra de Kenia
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El Norte de Kenia, con casi 300.000 Km2, tiene una densidad de población entre las más bajas del mundo, y está habitado por pastores nómadas. Los grupos más numerosos son los Trukana, los Samburu, los Borana, los Redelle y los Gabbra.
Por el color cobrizo de su piel, por sus cuerpos largos y delgados, y sus rostros enjutos y finos no dejan dudas: los Gabbra provenientes de la gran familia Omoro (Etiopía) con los que comparten lengua y cultura de pastores. De los somalíes han adquirido elementos árabe-musulmanes y la predilección por los camellos, que tienen una gran importancia económica, social y ritual.

Los Gabbra habitan en la franja de tierra que está entre Kenia y Etiopía. La zona keniana (35.000 Km2) se extiende desde la orilla oriental del lago Turkana hasta el centro habitado de Mársabit y está habitada por más de 25.000 Gabbra, 36.000 camellos, 9.000 bovinos y 360 mil ovejas y cabras.
El territorio de los Gabbra es una inmensa meseta donde estepas y praderas, con gran cantidad arbustos espinosos y yerbas secas se alternan con desiertos de piedras y polvo de lava, rodeado por relieves rocosos y oscuras murallas de origen volcánico, semejantes a enormes balas de cañón herrumbradas.
El turista que se aventura en época seca no puede evitar la sensación de encontrarse en una soledad infinita, sobre todo frente al desierto de Chalbi, un desierto salino.
Quien llega durante la estación húmeda (marzo-abril y noviembre) ve llover a cántaros, el correr tumultuoso de los ríos, la rápida aparición de las flores, llanuras y mentes cubiertos de verde, entonces puede entender por qué los Gabbra aman esta tierra.
Una cultura respetuosa de la
naturaleza
Conservadores, como todos los pueblos dedicados al pastoreo, los Gabbra son la etnia keniana menos afectada por la occidentalización. Cultura y estructuras sociales se han adaptado admirablemente al hábitat, sin modificarlo desde hace milenios. Trabajo y vida son guiados por la naturaleza, por los largos ritmos de las estaciones, gestaciones y crecimientos.
Su actividad principal es el pastoreo, acompañado de una artesanía simple para el uso doméstico: sillas, vasijas, vasos, bastones, bolsas, cuerdas…
La vivienda manifiesta el sentido de adaptación de los Gabbra. Construida con materiales vegetales y pieles, de planta circular de 3 a 4 metros de diámetro, terminada en cúpula, se monta y se desmonta fácilmente para ser transportada cuando –en búsqueda de agua o nuevos pastos- debe desplazarse libres y ligeros como el viento que sopla con fuerza en esta zona.
La tierra pertenece a todo el grupo étnico; los animales son propiedad del cabeza de familia. Todos tienen derecho de acceder a los pozos: la prioridad puede estar reservada a quien ha construido o reparado el pozo; los demás esperan el turno marcado por los ancianos. Además, antes bebe el ganado y luego las personas.
La estructura social
La familia, normalmente monogámica, es el fundamento de la sociedad de los Gabbra. Viven en poblados de unas veinte cabañas, dispuestas en fila o en semicírculo, rodeadas por una cerca de ramas espinosas con dos entradas. Junto a cada cabaña está el lugar para los animales.
En cada poblado la asamblea de los ancianos, reunida bajo un árbol, se ocupa de los asuntos de política, administra la justicia y dirime las cuestiones comunitarias: búsqueda de nuevos pastos, migraciones, disputas, fecha de las celebraciones, turnos para mover los animales, epidemias o peligro de ataques enemigos.
En el consejo destaca la figura del abba olla (padre del poblado) con funciones de guía, según las capacidades personales.
El principio de descendencia es le línea paterna: todo Gabbra sabe desde niño a que gosa (grupo) pertenece su padre y por tanto él mismo. El recuerdo del nombre de los antepasados de extiende hasta la décima generación.
La organización política
Cada clan se organiza como unidad socio-política, en muchos aspectos autónoma, con celebraciones rituales y costumbres propias, con un grupo de ancianos responsable del funcionamiento general y de particulares funciones jurídicas, para resolver problemas de difícil solución. Estos ancianos residen en un poblado sagrado, llamado yaa, donde se cuidan los símbolos sagrados del clan.
Pero la estructura social más típica de los Gabbra es la clase de edad (luba), uno de los modelos socio-políticos más fascinantes de África. En este sistema cada generación asume tareas y funciones en principio personales (formar la propia familia), más tarde sociales, políticas y religiosas (organizar la vida pública y celebrar los ritos), para terminar, finalmente, en un grupo con funciones de consejo y representación.
El sistema de las clases de edad entre los Gabbra puede ser comparado a un tren en marcha, compuesto por diez vagones, en el que viajan todos los miembros de la etnia, excepto los jóvenes aún no iniciados y las jóvenes solteras; en cada vagón está el grupo de una edad.
Cada ocho años, el tren se para y todos los pasajeros pasan del propio vagón al de adelante, dejando libre el último, al cual suben los jóvenes que comienzan así su vida social.
Tal parada, o cambio de vagón, se celebra con gran énfasis, especialmente para los ancianos, a quienes se les otorgan poderes rituales, prestigio social y la custodia de las tradiciones.
La circuncisión de los jóvenes se realiza en la adolescencia, sin que sea especialmente celebrado.
El sentido religioso
Los Gabbra creen en un único Dios, llamado Waqa, que significa cielo, pero también fenómenos atmosféricos. Él es señor de la vida, de la muerte y castiga el mal. Los Gabbra no conocen otra intervención de Dios fuera de la que realiza en la naturaleza y la vida; sus palabras son lluvia, estaciones, nacimiento de los hijos, muerte, enfermedades, ritmo del tiempo, progreso de los hombres y de los animales.
En general los Gabbra rezan para pedir, no para glorificar. El hombre es el centro de sus oraciones, para él se piden: lluvia, paz, hijos, salud. Los ritos se desarrollan en una atmósfera de serenidad y son siempre fiestas sociales.
En las oraciones se usa el pasado: para invocar la lluvia se dice: “Que ha llovido”; para pedir la paz: “Nosotros somos hombres de paz”.
Paz y lluvia son dos valores fundamentales para la sociedad gabbra, expresiones del modo de ponerse en relación con Dios, la naturaleza y los otros.
En los diálogos gabbra, aparece con frecuencia la palabra nagaya (paz) en el sentido más amplio del término: armonía, orden, realización tranquila del propio trabajo, entendimiento y acuerdo entre los miembros del poblado, aumento normal del ganado, celebración regular de fiestas y ritos, liberación de ataques enemigos, enfermedades y carestías.
En un ambiente donde las lluvias no superan los 200 mm al año y no siempre son puntuales, la segunda palabra más usada en las conversaciones y la oración es bokaya (lluvia) esperada con firme paciencia.
Una filosofía de vida
La espera entra en la lógica de los Gabbra. No se trata de inercia o fatalismo, sino de confianza en Dios, todo depende de él: de él viene la lluvia, de la lluvia la hierba, de la hierba la leche, de la leche la vida.
Paz y lluvia, dos valores que nos podrían hacer pensar en la sociedad gabbra como una isla de hombres felices. En realidad la agresividad y el deseo de triunfar sobre el enemigo, las dificultades ambientales, las tensiones que vienen de la vida cotidiana y del contacto con otras culturas crean no pocos problemas.
Los Gabbra desean e invocan la paz para su propia etnia; pero son violentos con los grupos étnicos vecinos, a excepción de los Borana, sus hermanos, con quienes comparten la lengua, y en ocasiones los Rendille. Enemigos tradicionales son los Samburu y los Shangilla.
Los Gabbra dejan la caza de las gacelas y los antílopes a los Wata: un grupo de origen extranjero mirado con cierto desprecio; ellos muestran su coraje y bravura matando los animales más peligrosos: leones, elefantes, rinocerontes…
Es un orgullo que expresan en un canto: “¡León solitario! Tienes la melena como la cabellera de una joven mujer. Pero cuando desde lejos haces oír tu voz, quien no tiene coraje dice: ¡estoy muerto! León solitario, me has irritado. He bajado de la colina y te he herido”.
Antoaneta Becker
30/11/2010
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