El mundo de las excepciones
Publicado el 01 de enero 2010
J. Altavista
El año pasado fue “complicado” para la familia a nivel económico. Éste que acaba de empezar no se presenta con mejores perspectivas.
Me sorprendió que, haciendo cuentas más o menos aproximadas del año pasado con mi esposa, resultó que había aumentado nuestra ayuda a los más necesitados. Supongo que habrá sido consecuencia de muchos pequeños recortes, pero ni nos dimos cuenta, ni lo esperábamos.
Claro que tuve que afrontar preguntas como la de hijo: “Papá, si este año fui mejor que el año pasado ¿por qué recibo menos regalos?”.
En vez de darle complicadas respuestas, un día que ponían un reportaje por televisión sobre un país de África, ya no recuerdo cuál, me puse a ver con ellos la tele. Les pedí permiso para cambiar de canal, vimos justos buena parte del programa. Y como por arte de magia se terminaron las preguntas.
Pienso que una de nuestras grandes deficiencias como padres es el no ayudar a nuestros hijos a tener una visión más amplia del mundo. Creen que la realidad se reduce al pequeño mundo en que vivimos. Cuando desde la familia o la escuela les hacemos ver más allá de su entorno inmediato, les estamos trasmitiendo valores importantes, sin necesidad de grandes “sermones” o explicaciones.
Con razón decía el Papa en su mensaje de la Navidad pasada que la crisis de nuestro mundo es, ante todo, un crisis moral. Una crisis de valores.
Vivimos en una sociedad y en un sistema económico donde mi interés personal está por encima del interés y del bien común.
Un sistema que niega la raíz de nuestra fe: que Dios es Padre de todos sin excepciones, que todos sin excepciones somos hermanos, que los bienes de la tierra son para todos sin excepciones, que todas las personas sin excepciones que habitamos este mundo tenemos derecho a vivir con un mínimo de condiciones humanas.
Pero nuestro inconfesable y bien disimulado egoísmo nos ha llevado a convertir el mundo en un “mundo de excepciones”.
Y crear excepciones tiene un sinónimo claro: marginar, dejar al borde del camino. O lo que es lo mismo: negar a la mayoría de nuestros hermanos sin de derecho a vivir humanamente, sin el derecho a la salud, sin el derecho a la alimentación, sin de el derecho a la educación, sin el derecho a la paz, sin el derecho a elegir por sí mismos, sin el derecho a moverse con libertad, sin el derecho a trabajar, sin el derecho a un techo… sin el derecho a “ser”.
Por supuesto que me preocupa el problema del aborto. Pero mucho más me preocupan dos problemas concretos.
La “supuesta ayuda” de muchas empresas y gobiernos que en los alimentos que envían a los pobres introducen “anticonceptivos”. Con lo que corta el derecho a la vida incluso antes de que se pueda plantear el tema del aborto.
Por otra parte nos consideramos la generación que reconoció los derechos humanos. Pero a la vez ponemos tantas “excepciones” que condenamos a una muerte prematura a millones de personas cada año, negándoles sus derechos.
Y para colmo, no se nos cae la cara de vergüenza al afirmar que creemos en un Dios que es Padre de todos. Claro que quizá cuando decimos “todos”, queremos decir “nosotros pocos que vivimos bien”. Pero lo tenemos tan guardado en nuestro subconsciente que ni nos damos cuenta de ello.
¡Si al menos fuéramos capaces de ser más solidarios este año! Capaz que seríamos más humanos.