R.D del Congo

Ayudar a los pigmeos a recuperar su dignidad

Andrés Garcia

Publicado el 01 de enero 2010

Andrés García, nacido en Jaén, el 17 de noviembre del 1968, está trabajando en la República Democrática del Congo y lleva allí ya 6 años.
Aprovechamos su presencia en España, para unas merecidas vacaciones y charlar con él sobre su trabajo con el pueblo pigmeo

¿En qué zona del Congo estás trabajando actualmente?
En la región oriental, en la provincia de Wamba que se encuentra en la zona del alto Uele. Allí estoy trabajando específicamente con los pigmeos en la zona del Ituri. La mayoría de la población en nuestra parroquia son budús (de la étnia de los bantús), luego tenemos a los pigmeos, que son de una étnia totalmente distinta, y finalmente está los Nilóticos (sudaneses del noroeste) de éstos últimos realmente hay muy pocos.

Respecto a los pigmeos, son unos 2.100 en nuestra parroquia frente a los 20.000 bantús que hay allí.

¿Es verdad lo que dicen, de que los pigmeos son tan pequeñitos?
Los pigmeos son de una media de 1’50m, aunque también encuentras excepciones con pigmeos que pueden llegar 1’70m; es raro pero también los hay. Además la fisonomía es totalmente diferente a la del resto de la población de allí.

¿El ser más pequeños, también repercute en que sean “menos” socialmente, culturalmente, políticamente?

Como minoría étnica están bastante marginados, ten en cuenta que hasta hace unos 20 años a los pigmeos se los comían los bantús. Eran considerados como “los cerdos de la selva”, los cazaban, y se los comían. Incluso durante la guerra que hubo en 1998, los soldados de uno de los grupos rebeldes, cuando se veían apurados, comían pigmeos. La opresión sigue a nivel de trabajo, de relaciones. Cada campamento pigmeo es propiedad de un jefe de la zona, la situación es bastante discriminatoria.

¿Un campamento de pigmeos en qué consiste?
Un campamento está compuesto por unas 2 ó 3 familias, que pueden ser unos 30 ó 40 habitantes. Hay alguno más numeroso, el más grande de nuestra parroquia llega a unos 150 habitantes. En cada pequeña aldea, habría una cosa parecida a los alcaldes de aquí, son jefes de localidad. La familia de cada jefe, es propietaria de un campamento pigmeo. Luego tendríamos los jefes de grupo, que serían encargados de un grupo de localidades o campamentos. Aquí entraríamos ya en conflicto, porque cuando el pigmeo se da cuenta que es libre y tiene los mismos derechos que el otro vienen los problemas.

Además los bantús también entran en la gestión de los campamentos de los pigmeos. Se da el caso de que últimamente hay un maestro pigmeo que ha conseguido terminar la escuela secundaria y quiere casarse, y paradójicamente es un jefe bantú el que está cobrando la dote por la mujer del pigmeo.

¿Cuál ha sido tu trabajo hasta ahora entre los pigmeos?
Los pigmeos son actualmente un pueblo bastante marginado, y poco a poco vamos descubriendo sus necesidades. Hemos trabajado para que comiencen a apropiarse de su historia, su lengua, su cultura y que retomen su dignidad, su sentido como personas con las mismas características que cualquier otro, con libertad; congoleños de pleno derecho como los demás. En ese camino lo primero es que nosotros conozcamos su cultura, su fe, para a partir de aquí, darles vía libre para ser autónomos y con la misma dignidad que los otros.
Hasta ahora hemos visitado los campamentos pigmeos intentando aprender la lengua. Damos asistencia sanitaria primaria a los pigmeos en nuestra casa, y en los campamentos e intentamos darles educación, que vayan a la escuela, hasta donde sea posible, y así que puedan aprender a dialogar con los otros.
La diócesis desde hace 25 años está trabajando con ellos, para poder facilitar la escolarización de los pigmeos. Se han creado escuelas mixtas de pigmeos y bantúes. En la escuela hay una pedagogía especial durante los tres primeros años, que ayuda al pigmeo a entrar en el sistema pedagógico escolar, y al mismo tiempo como estudian juntos con los bantúes, aprenden a crecer, a convivir... es un intento de construir una nueva sociedad igualitaria.

¿Hablar de pigmeos y bantúes es como si habláramos de vascos y catalanes?
Yo creo que la diferencia es mucho más grande. Es diferencia étnica y una actitud de superioridad demasiado asumida que crea violencia, muertes, y yo creo que por eso también es terreno propicio para sembrar el Evangelio y que pueda transformar esas relaciones.

¿Todo este problema podría tener su origen en la descolonización de África y su posterior división con una regla y un lápiz?
Sí y no, este problema viene de antes, de antes de la llegada del hombre blanco a África. Los pigmeos poblaban todo lo que es la foresta ecuatorial, si seguimos el río Congo hacia el norte, desde Ruanda hasta el Atlántico. Cuando los bantús fueron llegando y empezaron a quemar la selva para cultivar, los pigmeos huyeron hacia el interior y quedaron aislados en “islas de selva”. Aquí empezaron a entrar en contacto con los bantús y empezaron a surgir los primeros conflictos. Luego sí, la división hecha con una regla también influyó y por ello algunos ahora son Congoleños, otros Ruandeses, otros Burundeses, Cameruneses… etc.

¿Cuales son tus perspectivas de trabajo durante los próximos 3 años?
Consistiría en una pastoral de presencia. Hemos construido ya una pequeña choza en un campamento y queremos estar presentes allí para concretar ese camino de conocimiento mutuo y en ese camino es en el que también podemos descubrir cómo ayudarles a apropiarse de su dignidad y de su libertad. También queremos hacer ese trabajo con los bantús: sensibilizarlos y hablarles de los derechos y libertades y obligaciones de cada ciudadano congoleño. Poco a poco en la medida en que seamos capaces de descubrir también su manera de creer, de cómo el Espíritu ha ido sembrando en ellos la semilla del Evangelio; continuar ése camino sin tirar abajo nada, sino intentando ayudarles a descubrir la verdad que lleva la vida.

¿El pueblo pigmeo, que crees que podría aportar al pueblo español en ése momento de la historia?
La alegría de vivir en lo esencial de la vida. La capacidad de perdón y la capacidad de reconstruir relaciones a pesar de ser aplastados hasta el máximo.


 

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