Los Profetas y la Misión

Amós: el hombre de la mirada alternativa

Dolores Aleixandre *

1 de enero 2010

Amós fue un hombre de mirada. Vivió en el Israel del siglo VIII a.J. y venía de un oficio tranquilo y simple: cuidaba ganado y cultivaba higueras. Su vida podía haber transcurrido pacífica y sin problemas. Es verdad que le había tocado vivir un momento difícil de su pueblo: el reino se había dividido hacía ya mucho tiempo. En el norte, cuya capital era Samaria, se vivía bien. O, mejor dicho, algunos vivían muy bien porque otros vivían muy mal. La prosperidad había desatado la ambición de los poderosos que aumentaban sin cesar sus posesiones y riquezas a costa de los pequeños propietarios que se iban empobreciendo y llegaban a tener que venderse como esclavos.

Amós iba con frecuencia a la corte real de Samaria para tratar negocios, pero no fue capaz de mirarla con su mirada de comerciante o de turista. No sintió admiración por su riqueza o su lujo, sus espléndidos palacios construidos con magníficos sillares. Amós no ve una ciudad próspera y en paz, no se deja deslumbrar por la magnificencia de sus construcciones ni por el confort de sus costumbres. Por detrás de todo eso, contempla la realidad: todo está podrido. Los comerciantes engañan a la gente y cobran precios exorbitantes; los ricos abusan de los pobres y llegan a tener varias casas decoradas de madera preciosa, mientras que los pobres carecen de cobijo. Las damas de Samaria pasan las horas tumbadas en divanes y cojines de seda. Sólo piensan en comer y beber.

La voz de Amós se dejó oír entonces, en medio de aquella situación, como el restallar de un látigo: se hizo presente abiertamente en las plazas públicas, en las romerías que congregaban al pueblo en los santuarios. Era un mensaje acuciante, violento, provocador, de una fuerza desconocida hasta entonces. Sacudía las conciencias, desestabilizaba lo que parecía inmutable, pronunciaba en alto lo que muchos no se atrevían a decir, llamaba por su nombre a situaciones que los intereses de grupo procuraban disimular.
El verdadero secreto de la predicación de Amós no es la contemplación de la realidad injusta que le conmovió y le hizo clamar. Era la comunicación de la pasión de Dios por su mundo, eran los sentimientos del mismo Dios, su justicia arrolladora, su interés por los más débiles y oprimidos de sus hijos. De ahí sacaba Amós la fuerza liberadora de su denuncia, la indignación de su voz y la libertad de sus enfrentamientos. Por eso supo ver la realidad de una manera alternativa.

* Religiosa y Teóloga