Dialogar con la verdad de uno mismo
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Cuenta una antigua leyenda que un
hombre sencillo, un pastor de ovejas, por su fidelidad y su devoción a su rey fue
elegido como primer ministro del reino.
Los otros ministros, ofendidos y llenos de envidia, le declararon la guerra. Que un hombre sin apellidos famosos y sin títulos nobiliarios hubiera sido honrado con semejante cargo les parecía una infamia.
Espiaron su vida para poder acusarlo y eliminarlo, pero no encontraron nada.
Alguien descubrió que una vez a la semana se cerraba con llave en una pequeña habitación durante una hora. Los ministros se lo comunicaron al rey y le dijeron que sospechaban que allí almacenaba las riquezas que robaba. El rey no les creyó, pero les permitió entrar en esa habitación secreta.
Sólo encontraron unas viejas zapatillas y unas viejas ropas. Lo llevaron ante el rey y éste le preguntó qué significaban esas pobres ropas.
“Yo llevaba estas ropas cuando era pastor. Me las pongo una vez a la semana para no olvidarme de lo que fui y cuán indigno soy de la confianza que su majestad ha depositado en mí”, contestó el primer ministro y pastor.

La verdad es que si hay alguna forma de diálogo que más nos cuesta a casi todos, es el diálogo con la verdad de lo que realmente somos.
Pero también es verdad que la capacidad de establecer ese diálogo es lo único que nos permite crecer como personas.
Falsificarnos a nosotros mismos
Pensemos en los que nos llamamos cristianos. Disfrazarse de cristiano cuesta poco. Cumplir unas normas y unos ritos es cómodo y da seguridad. Nos libera del juicio severo de los guardianes de la ortodoxia, pero no nos da la alegría de Jesús y, muchas veces, no nos conecta con el Dios de Jesús.
Todos cuidamos el afuera, la fachada, lo que todos ven. Cuidar el interior, embellecerlo y fortalecer el carácter y la coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos nos preocupa mucho menos. Nadie lo ve.
En esta sociedad en la que todo se falsifica, el fariseísmo es una falsificación eterna. Todos, los de arriba y los de abajo, todos estamos convocados a ser lo que decimos ser. El fariseísmo, la hipocresía, es un problema que se da en todas las religiones, en todas las iglesias y en la vida de todo cristiano. No es fácil vivir con radicalidad la fe que decimos profesar. Los otros siempre encontrarán inconsistencias y fallos entre nuestra fe y nuestra vida.
La posición no cambiar el ser
Es bueno mejorar nuestra forma de vivir. Siempre que no sea a costa de empeorar la forma de vivir de otros. Dios quiere lo mejor para todos sus hijos.
El problema es que a veces entramos en una rueda que para mejorar nos devora y, lo que es peor, nos hace devorar a los demás.
No es humano mejorar a costa de otros. Pero con frecuencia nos han enseñado desde niños que ésa es la única forma de crecer y ascender económica, socialmente… en todos los ámbitos de la vida.
De esa forma nos hacemos incapaces de dialogar con nuestro pasado, con lo que fuimos, con aquello que encierra la verdad de lo que somos.
La posición que ocupamos no cambia lo que somos. Y somos personas débiles, que vivimos en un mundo donde todos necesitados de todos.
Con frecuencia el mejorar nuestra posición nos hace creernos autosuficientes. Incapaces de reconocer nuestras limitaciones y con derecho a decir a todos lo que tienen que hacer.
La gran mentira de la existencia
humana
Es la gran mentira que está a la base de muchos de nuestros problemas. En cualquier grupo humano no hay personas más insoportables que aquellos que creen no tener defectos, no necesitar de nadie y con derecho a dar consejos a todos.
Si escucharan a quienes conviven con ellos oirían una larga lista de defectos que no hubieran pensado.
Se engañan a sí mismos, pero rara vez consiguen engañar a los demás. Y al ser incapaces de dialogar con su propia verdad les resulta muy difícil crecer y mejorar como personas.
Como el pastor necesitarían ponerse las viejas ropas y hacer memoria de su debilidad.
Necesitamos un pequeño cuarto
Si queremos vivir en la verdad, si queremos dialogar con lo que en verdad somos, al igual que el ministro-pastor, nos va a resultar imprescindible un pequeño cuarto con llave, donde nos encerremos cada tanto y nos vistamos con las ropas y el calzado de lo que fuimos. Será la única forma de reconocernos a nosotros mismos frente al espejo de la realidad.
Todo lo demás son añadidos que sirven para cumplir una función. ¡Y quiera Dios que la cumplamos bien! Pero que no cambian para nada la verdad de nuestro ser.
Solo con las viejas ropas de pastor podremos sentirnos miembros de una comunidad, hermanos de una familia universal. Los cargos, los títulos, el dinero, la ropa cara, el prestigio… nos separa de los demás.
Cuando Dios se hizo hombre en Belén ¿te acuerdas qué ropa tenía? Y, sobre todo, ¿te acuerdas quiénes lo reconocieron como el Mesías de Dios? Es curioso: justamente fueron unos pastores.
Ernesto Duque
02/12/2011
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