Madrid A3 - Km 14
Matilde Zanón (CiJ)
Publicado el 01 de diciembre 2009
Colindante con la autopista, junto al vertedero de Valdemingómez, entre basura, barro, socavones y escombros, se extiende una zona de chabolas e infraviviendas a la que se ha desplazado el mercado de la droga a raíz del desmantelamiento de las Barranquillas, Pitis y el Salobral. En este lugar, y en un ambiente desolador de cuarto mundo especialmente degradado, viven personas.
La sordidez de la miseria adquiere un tono espectral con la presencia de la droga. Drogadictos como cadáveres vivientes buscan mercancía, se pinchan o deambulan dando tumbos. Los más deteriorados y enfermos, que ya no tienen fuerzas para desplazarse a Madrid y han ido a vivir allí para morir, son utilizados como “machacas” (esclavos) por los traficantes para vigilar sus casas, avisar de la llegada de la policía y otros trabajos. Cada punto de venta es identificable por una hoguera, que servirá para destruir pruebas quemando en ella la droga en el momento en que se presente la policía. Se han contabilizado hasta veinticinco, cantidad que previsiblemente irá en aumento con la misma rapidez, con que ha crecido su número en los últimos meses.
La parroquia, que atiende entre otros colectivos a la población inmigrante asentada en la zona, se encuentra en una explanada donde la presencia de restos de fuego y basura no permite olvidar la dura realidad que la rodea. Humo y vapores, que en verano se hacen bien visibles, emanan de un vertedero ilegal a escasos veinte pasos, uno de tantos que van apareciendo junto al autorizado. Con enormes dosis de paciencia y perseverancia, y entre recurrentes alusiones a Sísifo, se intentará una y otra vez controlar el avance de la basura que, como si tuviera vida propia, tiende a invadir todo el espacio.
Junto a la pequeña iglesia, una cruz de metal destaca a la intemperie. La de madera, fabricada con traviesas de vigas del tren, fue convertida en leña, y para evitar que ésta sea arrancada y vendida como chatarra, ha sido clavada en el suelo con una firmeza que sobrecoge.
Y ocurre que al llegar allí, y de pronto, todo se sitúa y recoloca bajo el manto de esa cruz. Repentinamente, la cruz: una cruz que habla por sí misma, que condensa y expresa sin palabras todo lo visto desde que se deja atrás la autopista. Bajo esa cruz, junto a esa cruz, al abrigo, al amparo, a la sombra de esa cruz, se está allí, se trabaja allí.
Los niños nos ven y nos llaman. Corren hacia nosotros, nos abrazan, nos achuchan, y los mismos que momentos antes recorríamos aquel paraje con mirada nunca acostumbrada, resurgimos no se sabe cómo en una inexplicable explosión se abrazos, risas y besos. Los brazos se nos llenan de niños, y la mirada de sonrisas de mujeres y saludos de hombres. Cada uno se pone a lo suyo, y un niño tuerto, entusiasmado y sonriente, nos dice alzando los brazos en busca de un abrazo: “¡He sacado un 20 en religión!”. Y alguien le responde: “¡Ah!, tú es que vas para Papa”.
Acercarse a estos niños y acariciarlos es percibir el olor de la miseria. Parte el alma oírles cantar: “Señor, ten piedad de nosotros” y “Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha”
Para quien tiene que vivir el día a día en tan durísimas condiciones, la vida se convierte en una inmensa dificultad, pues a las carencias higiénicas, sanitarias y educativas, a los efectos del barro, el agua, la basura y las ratas sobre la normalidad de la vida y la salud, se añaden otras penalidades como las circunstancias en que se ven obligados a desplazarse, extremadamente duras y peligrosas por lugares sin protección frente al tráfico; o el riesgo permanente de electrocución e incendio en el interior de las chabolas, debido al muy deficiente cableado eléctrico doméstico (como recientemente ha ocurrido en otro poblado chabolista, con la muerte de dos niños). Cualquier circunstancia adversa, que para nosotros se presenta aliviada por todo tipo de recursos y soluciones a nuestro alcance (un niño con fiebre alta o con un hueso roto), se vive allí en condiciones de máxima precariedad. Y actividades habituales pueden convertir la vida en un drama aún mayor, si tenemos en cuenta peculiaridades de su vida cotidiana tales como el terreno donde juegan los niños sembrado de jeringuillas y excrementos humanos. Y es que estos niños conviven todos los días y a todas horas con toxicómanos a los que ven buscándose las venas encallecidas o con la aguja puesta llena de sangre.
“¡Son sucios, son sucios los ‘drogaos’!”, nos dice un niño. Y una franciscana: “También los drogaos son seres humanos. A ver tus manos”. El niño muestra inocente sus palmas y… se echa a reír, seguido por todos los que estamos allí, incluida su madre.
En Madrid ya habíamos olvidado las últimas tormentas, pero ellos continuaban sufriendo las consecuencias de una lluvia que allí provocó autenticas inundaciones. Aquel niño, que sentadito no llegaba con los pies al suelo, todo él embarrado, coloreaba de una forma muy especial un dibujo sin levantar la mirada del papel: sólo un trocito e insistiendo siempre en el mismo trocito. Con sus cinco años y el tamaño de un niño de dos, está ya siendo señalado por las marcas que la pobreza (miseria ya) graba sobre el desarrollo físico e intelectual.
Vuelvo con los zapatos llenos de barro, pero a mi casa limpia y seca, mientras que este niñito dormirá en su chabola de tablones y uralita, peligrosa y húmeda, que su madre se afanará por mantener limpia. Protegerá y adornará sus paredes con colchas, paños o cualquier otro trapo que haya podido encontrar, la decorará con flores de plástico y, como en un milagro, conseguirá que resulte acogedora.
Este niño, como otros muchos, vive entre drogadictos terminales y entre basura. Su barrio es el vertedero de Madrid.



