Mujeres en busca de consolación:
instantáneas de sufrimiento y desesperación
Rostros, historias y experiencias
Publicado el 01 de diciembre 2009
Hna. Eugenia Bonetti
Es una monja menuda, aunque algunos la califican de “menuda monja”.
Pasó por Madrid hace unos meses después de visitar varios países de Latinoamérica.
Cuando empieza a hablar de su trabajo, es difícil hacer que pare. Habla con tal pasión, guarda en su corazón tal cantidad de situaciones, de alegrías y sufrimientos que no terminaría nunca.
Se llama Eugenia, es italiana y misionera de la Consolata. Durante 24 años trabajó en Kenya. Hace 6 años la llamaron de vuelta a Italia.
En Roma comenzó a colaborar con Cáritas. Una tarde la paró en la calle una prostituta nigeriana. De golpe no supo qué hacer. Llegaba “tarde al convento para la misa”. No podía pasar de largo y se quedó a escuchar su historia. Ese día su Misa se celebró en una pequeña calle romana dialogando con María, así se llamaba la nigeriana, madre de tres hijos, y obligada a prostituirse.
Ese encuentro cambió su vida. Comprendió dónde debía realizar su ministerio de consolación como misionera en Europa.
Hoy es responsable del organismo “Religiosas en Red contra el Tráfico de Personas” dependiente de la Unión Internacional de Superioras Generales (UISG) que integra a las congregaciones religiosas femeninas con sede en Roma.
Trabajan en red con otros organismos sociales, religiosos y políticos, a fin de crear iniciativas para prevenir el tráfico de mujeres, además de dar asistencia y protección a las víctimas.
Desde aquel 2 de noviembre de 1993, Eugenia dedica su vida a trabajar con las prostitutas. Primero era un trabajo asistencial en Italia. Luego el trabajo se extendió a los países de origen para que las mujeres no fueran objeto del engaño de las mafias, luego en los países de destino cuando volvían a su patria para que fueran aceptadas por sus familias y comunidades de origen superando las amenazas sobre sus familias.
Sabe que es un trabajo de “alto riesgo” ya que supone enfrentarse a mafias latinoamericanas, africanas o asiáticas y su presencia en Europa.
No se trata sólo de dar ”asilo” por unos días a unas prostitutas. La red trata de evitar que salgan engañadas de sus países y de que a la vuelta no sufran la venganza de grupos que manejan mucho dinero en el tráfico de personas.
Pero dejemos que sea ella quien nos cuente algunas historias concretas y algunos aspectos de su trabajo.
Mercy, nigeriana, ha sido traída a Italia a los 14 años y vendida por un tío suyo a traficantes de seres humanos; “puesta” en la calle, es recuperada por la policía y acogida en una comunidad para menores; pierde el contacto con la familia que sólo recupera después de 6 años gracias al interés y al trabajo de la red de las congregaciones religiosas. Reencuentra a su madre y a la familia que la creía muerta, desaparecida en la nada. Ha sido conmovedor el contacto telefónico entre madre e hija donde las lágrimas han dado lugar a un profundo reconocimiento del hombre que cuida de sus hijos como una madre.
Joy, 19 años, primogénita de 8 hijos, deja la familia para ayudar a que sus hermanos menores frecuenten la escuela. Durante el largo y extenuante viaje a través del desierto del Sahara es violada por varias personas de las cuales no puede escapar, queda embarazada.
Durante 6 meses trabaja en la calle para pagar la abultada deuda de 60.000 euros que debe, sin saberlo previamente, a la organización criminal. Nadie sabe de su embarazo, excepto algunas personas de una “unidad de calle” que la siguen y la convencen para dejar la prostitución. Finalmente, es recibida en una de las casa-familia llevadas adelante por las religiosas y acompañada con amor y acogida, aunque con dificultades, el don de la vida que lleva en su seno es fruto de violencias y humillaciones. Ha sido esta nueva vida lo que ha dado a esta mujer consolación y alegría. Recuerdo su comentario después del nacimiento de su hija: “sin vuestra ayuda, no sólo ahora no viviría mi niña, sino que posiblemente tampoco viviría yo, porque la vida para mí ya no tenía ningún sentido”.
Sonia, 18 años apenas cumplidos, es arrestada en la calle durante un control de la policía y llevada al CPT (Centro de Permanencia Temporal) de Roma, porque carece de documentos, en 15 meses había dado a sus hermanas, que la llevaron a Italia, la suma de 55.000 euros, ganados en su “trabajo”. En la calle, por su joven edad, era muy buscada. En Ponte Galeria se encuentra con las religiosas que cada sábado visitan el centro y que, conociendo su historia, buscan ayuda para que salga de su situación. Es acogida en una casa de familia y sigue un programa de reinserción social. ¿Qué consolación más bella y más esperanzadora que la de dar a una joven muerta y destruida por dentro, la alegría y las ganas de vivir y de mirar hacia el futuro?
Gloria, 22 años recién cumplidos, trabaja en la calle para pagar la inmensa deuda contraída con los traficantes y sellada con los ritos del Vudú realizados frente al brujo, antes de dejar Nigeria. En la calle uno de los “clientes” quiere llevarla a casa, la joven lo rechaza y el hombre se venga tirándola desde un puente: su cuerpo sin vida es encontrado al día siguiente. A pesar de no tener documentos, a través de los contactos con algunas religiosas nigerianas y el interés de ellas llegamos a contactar con la familia y comunicarles la triste noticia. Para en anciano padre junto al gran sufrimiento ha sido un gran alivio y consuelo saber que alguien se había ocupado de la hija asesinada y la había sepultado en un pequeño pueblo de la montaña.
Jennifer, joven mujer de 27 años y madre de dos hijos dejados en Nigeria, ha afectado profundamente mi vida y mi servicio misionero en Italia. Viene a Italia y es obligada a vender su cuerpo como objeto de placer convirtiéndose en una fuente de ganancia para los traficantes. Jennifer trabaja en distintas ciudades italianas y una noche durante la espera de clientes en una de tantas calles un arma de fuego la hiere; permanece en coma durante varias semanas y al despertarse se encuentra paralizada en la parte inferior del cuerpo ya que un proyectil la había perforado la médula espinal. Durante los largos meses de hospitalización y de rehabilitación la visito con frecuencia y sigo su caso. Jennifer pide volver a casa para reencontrarse con sus hijos. Vuelve a Nigeria en una silla de ruedas.
Al año siguiente yo estaba en Nigeria y fui a encontrarme con ella en su cabaña donde su madre anciana la asistía. Nunca olvidaré la alegría, su sorpresa al verme pero sobretodo la sonrisa cargada de reconocimiento por la consolación que mi presencia llevaba a aquella casa: no llegaba a creerse que realmente fuera yo.
Jennifer murió dos meses después de mi visita, el día de Pascua: ha terminado de sufrir.
Romper una larga cadena
Mis experiencia podrían continuar y explicar los eslabones que forman la larga cadena de la esclavitud del siglo XXI que encarcela a tantas personas pero que como misionera de la Consolata, intento romper ofreciendo a cada mujer el don de la verdadera consolación, de la alegría de vivir y de amar, de cantar y danzar al ritmo de la vida.
Termino estas líneas compartiendo la importancia de las visitas semanales al CPT de Ponte Galeria hechas junto a un grupo de a quince religiosas procedentes de 13 países distintos que ofrecen una asistencia pastoral y religiosa a las mujeres extranjeras en espera de expulsión, porque carecen de documentos.
El centro tiene un capacidad de 180 camas y las mujeres que encontramos cada sábado viven esta experiencia con sufrimiento y frecuentemente con desesperación. De hecho, todos sus proyectos para ayudar a sus familias terminan fracasando ya que son reenviadas a sus casas con las manos vacías y con la humillación de haber sido vendidas, compradas y cambiadas como mercancía.
Nuestra presencia semanal en este Centro quiere dar a estas mujeres la posibilidad de compartir un momento de oración y de reflexión a fin de que a través de la riqueza de la Palabra de Dios fuerza y fuente de toda consolación puedan encontrar el coraje de la esperanza y, a pesar de la humillación y del fracaso abrirse a nuevas oportunidades que la vida le pueda ofrecer.
La triste experiencia que han vivido no puede ser el fin sino que al contrario debe mostrarles que un futuro de serenidad y prosperidad es todavía posible.
Nuestro compromiso y servicio nos pide dar la verdadera consolación a todos los que encontramos en nuestro camino cotidiano y tocar así, el corazón en la vida de tantas mujeres y decir: vuestra esclavitud ha terminado, también vosotras sois consoladas por el amor de Dios y por nuestra solidaridad y cercanía.
Afrontar las causas y la reinserción
El trabajo no se puede limitar al encuentro en las calles o las visitas CPT. Las religiosas que trabajamos en la “red” intentamos llegar a los países de origen y acompañar a estas mujeres en su reinserción.
Como decía un informe de la ONU de 2006: "En la práctica ningún país del mundo está libre del crimen del tráfico de personas para la explotación sexual y/o laboral". Es un drama que atraviesa transversalmente todas las naciones, sea como ‘países de origen, de tránsito o de destino’ de personas víctimas del tráfico.
Nuestra solidaridad y cercanía se va extiendo cada vez por más países. Tiene sus riesgos. pero los tenemos asumidos como algo “normal”.