Jesús, el Reino y la práctica misionera

Jesús vino a predicar el Reino de Dios: lo declaró presente y al mismo tiempo todavía en fase de realización. No parece que haya tenido intención de fundar una nueva religión. Sus seguidores no recibieron ningún nombre que los distinguiera de los demás, ningún credo propio, ningún rito que revelara su carácter de grupo, ningún centro geográfico desde el cual operar. Los doce serían la vanguardia de todo Israel y, más allá de Israel, de todo el mundo (cf. Hch 1, 6-8). La comunidad cercana a Jesús funcionaría como una especie de comunidad para el bien de todos, un modelo desafiante para emular. Nunca, sin embargo, tal comunidad debería cortar su relación con los otros.

Elaborado por P. Vicente Pellegrino

Publicado el 01 de diciembre de 2007



Desde muy temprano los cristianos tendieron a ser más conscientes de lo que los distinguía de los demás que de su llamado y responsabilidad para con ellos.

Su supervivencia como grupo religioso separado empezó a ser una preocupación mayor que su compromiso con el Reino de Dios. Con el paso del tiempo la comunidad de Jesús simplemente se convirtió en una nueva religión, y el cristianismo, en un nuevo principio de división entre la humanidad.

La Iglesia dejó de ser un movimiento para convertirse en una institución El profeta se convirtió en prelado, el carisma en oficio y el amor en rutina. El horizonte ya no era el mundo, sino las fronteras de la misma parroquia. El impetuoso torrente de la actividad misionera de los años anteriores se domesticó, reduciéndose primero a un riachuelo manso y, más tarde, a una laguna de aguas quietas.

Cristianismo y culturas
Los cristianos de cada cultura han asimilado la fe cristiana frecuentemente con una notable generosidad. Pero han aceptado la fe inevitablemente filtrada por la cultura en que nacieron y se educaron. Sabemos que esto ha creado incesantes problemas en la historia del cristianismo.

El cristianismo que ha llegado hasta nosotros no viene sólo de Jesús. La fe que se nos ha transmitido es una mezcla de mensaje evangélico, de tradición judía del Antiguo Testamento y de fuertes dosis de cultura helenista. De ahí la enorme dificultad que encontramos a lo largo de la tradición cristiana para recuperar las enseñanzas de Jesús en su desconcertante originalidad.

Y, por eso, en la Iglesia es difícil evitar la tensión entre grupos de culturas o de clases diferentes Muy a menudo, el diálogo se hace difícil. Entonces el servicio del amor será el idioma que permita que se pongan de acuerdo los corazones cuando las mentes no se pueden comprender.

“Reino de Dios” es la expresión que, en respuesta a la expectación de los judíos de su tiempo, utilizó Jesús para expresar lo central y más determinante de su mensaje.

Ahora bien, de acuerdo con este planteamiento, el Reino de Dios nos viene a decir con claridad que lo primero y lo más fundamental para Jesús no es Dios en sí, sino dónde y cómo podemos los seres humanos encontrar a Dios.

A Dios sólo lo podemos encontrar en el respeto incondicional a la vida de los seres humanos, en la defensa de los derechos de los hombres y en la tarea incansable por conseguir la felicidad y, por tanto, en la lucha contra el sufrimiento que oprime a la mayor parte de la humanidad.

Nueva imagen de Dios
En último término, Jesús modificó el concepto de Dios. Porque el Dios que se nos revela en la persona, en la vida y en la enseñanza de Jesús es el Trascendente que se funde y se confunde con el ser humano, con cada ser humano, especialmente con el ser humano que se ve oprimido por el sufrimiento y la injusticia del orden presente.

Jesús modificó también la “mediación fundamental” para encontrar a Dios. Porque tal mediación no es ya la religión sin más. Para Jesús, antes que lo “sagrado” está lo “humano”. De manera que la religión (con sus verdades, sus leyes y sus ritos) sólo es válida en la medida en que humaniza a las personas y las hace, por eso mismo, más sensibles a todo lo que es verdaderamente humano.

El Reino de Dios pone en cuestión nuestras ideas convencionales sobre la moral establecida. El comportamiento humano no se puede enjuiciar a partir de la sumisión a las leyes, sino desde la fidelidad o la infidelidad al bien y a la felicidad de las personas.
Por tanto, aquellos que en esta vida son de hecho los más desgraciados (los pobres, los excluidos sociales, los últimos de este mundo), esos conforman el criterio y la medida a partir de la cual se tiene que enjuiciar la moralidad de las acciones humanas

Fidelidad a la misión
La Iglesia, que recibió la “misión de anunciar el Reino de Cristo y de Dios y de establecerlo en medio de todas las gentes” (LG 5, 2), es fiel a esa misión en la medida en que pone el centro de su actividad no en la defensas de sus intereses institucionales, sino en la defensa de todos los oprimidos y explotados de esta tierra.

A partir de este criterio, se comprende la urgente necesidad de una profunda reforma del actual sistema organizativo de la Iglesia, a fin de que cumpla su misión de ser instrumento de reconciliación y de paz entre todos los pueblos, en la justicia y la verdad.


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