Un largo adiós

Norberto Alcover

Publicado el 01 de diciembre de 2007

Tras dos años de permanecer mensualmente con todos Uds., les digo adiós. O mejor, hasta luego, sin que uno sepa exactamente lo que significa este siempre repetido “hasta luego”. Pero bueno será depositarlo en manos del Buen Dios para que lo reparta como mejor le parezca. A nosotros, esos mortales tan precarios, nos toca poner tan buena voluntad, acumular fortaleza y proceder con estricta solidaridad, es decir, con misericordia, compasión, fraternidad. Lo demás sobra.


Sobre la transitoriedad propia
La verdad es que los dos años que he escrito para todos/as Uds., me lo he pasado la mar de bien. Supongo, en correspondencia, que en algo les habré ayudado a meditar sobre nuestra condición humana en relación con el mundo desgraciadamente inagotable de la injusticia y del abandono de los más pobres. Pero en cualquier hipótesis, han pasado dos años, y dos años es una etapa larguísima de tiempo en la sociedad actual, tan rápida, tan escandalosamente olvidadiza de todo y de todos. Se hace necesario, en buena lid, parar el carro y dejarle ésta página a otra persona, que sin lugar a dudas me sustituirá con mucha mayor capacidad de intuición y de no menor provocación. A cada momento, su protagonista. Al finalizar el momento, ceder el testigo con el humor intocado porque la vida es así, así de alternativa.

Pero es que además, el tiempo vivido por cada quién nos enseña esa asignatura siempre pendiente que lleva este título: La vida como hecho transitorio. Todo pasa, absolutamente todo, y con este pasar de cuanto nos rodea y envuelve, también pasamos nosotros mismos, elaborados solamente de temporalidad, de segundos frágiles, de esperanzas tan caducas. Somos animales transitorios, que hoy estamos y mañana ya no, lanzados a la eternidad por el viento de la historia y de la pésima memoria de nuestros contemporáneos. Nada más.

Entonces, de nada sirve eternizarse en una tarea que, sometidos a la presión del orgullo vano, parece ya propia, una especie de adquisición para siempre. Todo pasa, y en la medida que pasa, todo queda, dice Antonio Machado, pero deja muy clara la cuestión de fondo al añadir que lo nuestro, lo propiamente humano, es pasar, pasar haciendo caminos, caminos sobre la mar. Estos animalillos transitorios que somos se convierten con el devenir de la vida en sonriente comprensión de la oportunidad de abandonar el arado para que el otro/a lo tome y consiga un surco más hondo que el nuestro, donde la semilla de la fraternidad se pase con mayor fecundidad. Lo demás, es tarea inútil y perecedera que conduce, inexorablemente, al desvelo patológico.

Sobre la presencialidad de los pobres
Y es que, para desgracia de todos, si nosotros somos transitoriedad, los pobres (no sólo la pobreza) son pura y dura presencialidad. Están en el ahí de la historia como signo del egoísmo humano a la hora de arbitrar la organización del planeta, sin que hayamos sido capaces de eliminar su presencia acusadora y temible. Los pobres nos miran y nos recuerdan que todos nosotros/as somos los privilegiados y todavía más los vencedores de una gran guerra que se viene librando desde hace largos siglos: la guerra del Norte contra el Sur. Del frío contra el calor. Del trabajo contra la naturaleza. De la ambición contra la espontaneidad. Parece mentira pero es así. Dos formas de concebir la vida en función del contexto, pero también del frenético deseo humano por ser más fuertes que nosotros mismos y convertirnos en dioses. Así, hemos acabado por definir el cielo y el infierno sociales e históricos sin lugar alguno para el purgatorio: o te salvas o te condenas. O comes o pasas hambre. O bebes, o te devora la sed. O construyes o eres destruido. Qué terrible organización social la que hemos montado los antiguos países colonialistas, que ahora nos quejamos de la pasividad de nuestros esclavos. Trabajan poco, decimos. Pero es que trabajan para nosotros y nunca para ellos.

¿Una Iglesia de los pobres, entonces? Probablemente sí. Pero no una Iglesia que deje de recordarles a los ricos que están en el machito del poder socioeconómico, su responsabilidad, tan urdida de una revisión absolutamente radical, porque de lo contrario cada día habrá más pobres y serán necesarias más oenegés para intentar solucionar esos problemas que los Estados son incapaces de abordar, ocupados como están en que sus ciudadanos vivan cada día mejor.

Permítanme diría una expresión popular de muy acendrada singularidad; hay que ser una mosca que perturba el sueño de los más fuertes, porque pica donde más molesta. Y no deja de hacerlo. Por mucho que intente matar a la mosca maldita que no ceja jamás. Esta tarea también de la Iglesia si no quiere acabar por resultar irrelevante en esta contienda tan añeja entre los poderosos y sus víctimas. Iglesia de los pobres, es decir, a favor de los más pobres sin perder de vista a los más ricos, que tienen la sartén por el mago y el mango también.

Tantas gracias
Ya con el largo adiós, que es un sentido y seguro hasta luego, siempre lleno de menesterosidad transitoria, mi gratitud sincera a todos/as quienes me han seguido durante estos largos meses. Por su segura paciencia y su esperada comprensión. Hemos caminado juntos y analizado Las Memorias del Poder, título de mi sección. Ahora toca jubilarse de estas excelentes páginas, y dejar que otro/a agite la cebada para que las convierta en todavía mejores “antenas misioneras” para la justicia y la libertad. Seguro que lo conseguirá.

 


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