Y vio que era bueno…

Publicado el 01 de diciembre de 2007

Por J. Altavista

Es de esos regalos inesperados que te da la vida. Unos pocos días, en pleno otoño, en medio de la sierra, en una hondonada, junto con la familia. Y el buen tiempo nos acompañó.

Mirando hacia arriba todo era aridez, montañas peladas. Alrededor de la casita que nos prestaron, árboles con toda la variedad de los colores del otoño y que cambiaban de tonalidad con la posición del sol. Abajo un río de montaña que había perdido parte de la bravura de la alta montaña y transmitía fortaleza y serenidad a la vez.

Y todo ello acompañado del silencio. Allí no llega ni la televisión ni hay cobertura para el móvil. A un par de kilómetros hay otra casita que tiene un teléfono para emergencias.
A pesar de que el tiempo fuera escaso (la economía no daba para más), lo vivimos con intensidad como familia. El tiempo se alargaba para pasear juntos por los pequeños senderos o a orillas del río, tiempo para que cada uno se “perdiera” un rato, tiempo para charlar juntos cuando el sol se ponía y empezaba a refrescar.

La vieja chimenea, con casi cien años, sigue funcionando. En torno a ella pasábamos las últimas horas del día. Al pequeñajo de la familia había que llevarlo a la cama, mientras los demás seguíamos charlando.

El tema de la charla era lo menos importante y cambiaba con frecuencia. Lo importante era que el ambiente te ayudaba a escuchar sin prisas. En esos ratos comprendí mejor lo distintos que somos dentro de la familia, escuchaba ideas y opiniones de mi mujer y mis hijos que sin duda me las habrán repetido montones de veces, pero nunca les presté demasiada atención.

La variedad de colores de la naturaleza me ayudó a ver la variedad tan rica que hay en mi pequeña familia, pero que las prisas de cada día no te permiten apreciar.

Una mañana me levanté temprano, mientras todos dormían, y con el café caliente entre las manos vi cómo el sol aparecía entre dos montañas, en lo alto y cómo poco a poco iba dando colorido a todo el paisaje. A mi mente vinieron las palabras de la Biblia cuando habla de la creación y repite una y otra vez “y vio Dios que era bueno…”.

Quizás fue el frío del amanecer. De repente sentí que el corazón como si se me arrugara. Y pensaba: “¡qué pena que los hombres hayamos hecho un mundo sin colores, o con un solo color dominante!”.

Ahora de vuelta a casa, a la ciudad, al ritmo de cada día miro el calendario y me doy cuenta de que se acercaba el invierno, ese tiempo en el que parecen apagarse los colores como si la naturaleza se replegase sobre sí misma.

Le pondremos las luces artificiales de colores que nos recuerdan que viene la Navidad. La oscuridad del invierno es necesaria para “regenerar” la naturaleza y que en la primavera pueda salir toda la riqueza de la diversidad. Deberíamos aprender de ella.

Esta Navidad debería ayudarnos a restaurar un mundo bueno, diverso, colorido, plural.

Habrá que pasar el invierno. Es condición para la belleza de la diversidad de colores, de culturas, de pueblos vivida en armonía.
Y Dios volverá a ver que es bueno…

 

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