Tanzania
Caminando por tierras africanas “polepole”
P. Marcelo De Losa
Marcelo nació en Buenos Aires (Argentina) hace
38 años. La vida le ha ido llevando por diversos continentes y culturas.
Cuando decidió hacerse misionero de la Consolata comenzó su
formación en Argentina. De ahí fue destinado a Roma donde terminó
sus estudios de teología.
En octubre de 2005 volvió a Argentina para ser ordenado sacerdote.
Ya sabía que su destino era el continente que siempre había
soñado: África.
Hace dieciocho meses que se encuentra en el continente africano. Aprender
nuevas lenguas, entender e integrarse en una nueva cultura… meses callando
y escuchando. Es el camino de todo misionero que llega a tierra “extraña”.
Ahora ha comenzado a trabajar y desde Tanzania nos escribe contándonos
lo que va descubriendo.
Publicado el 01 de diciembre de 2007
Hace apenas un año y medio que estoy caminando por tierras africanas.
La tierra soñada desde mis años de formación. He pasado
unos meses en Kenya estudiando un poco de inglés para llegar después
a Tanzania, país de mi destinación. Los primeros meses los pasé
estudiando suahili (el idioma más hablado en África Oriental:
Tanzania, Kenya, Uganda, Ruanda, Burundi, R. D. Congo, Malawi, Zambia, Mozambique).
Hoy me encuentro en Makambako, una ciudad situada al sur de Tanzania, donde
realizo mi vocación misionera como misionero de la Consolata.
Apenas llegado, la primera sensación que experimenté fue de una gran alegría. Me encontré con el África de los largos safari (viajes) sobre calles polvorientas de tierra o arena, las aldeas con las chozas donde la gente vive sin pretensiones, siempre dispuesta a acoger a quien se presenta sin exigencias.
El África, con sus colores chillones, la alegría de su gente y su hospitalidad. El África con sus trajes, cantos y costumbres típicos, que tanto llaman la atención a un recién llegado… Pero también empecé a descubrir el África de los grandes flagelos como la pobreza, el sida, la malaria y otras enfermedades que hacen estragos por todas partes; la falta de agua, gas o electricidad es un común denominador.
“Polepole”, como se dice en suahili, poco a poco voy insertándome en el trabajo pastoral y en la vida de la gente; poco a poco voy enriqueciéndome como persona al entrar en relación dialéctica con una nueva cultura; poco a poco voy compartiendo las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias de mis hermanos africanos; poco a poco voy descubriendo el rostro de Cristo sufriente y resucitado en aquellas personas que Dios pone en mi camino: cristianos, musulmanes o animistas; poco a poco voy aprendiendo a comprender y a amar a este pueblo tanzano; poco a poco voy haciéndome uno de ellos, trasformándome en un Cristo cercano que visita, vive, llora, trabaja, consuela, enseña, aprende, juega, ríe, reza, ama…
Sé que, las dificultades y los desafíos
no son pocos.
Sé que, soy misionero porque he recibido un bien que no puedo retener
en la intimidad, lo que he visto y oído, reclama que lo trasmita a
quienes quieran escuchar; porque una vida compartida con los demás,
vale la pena ser vivida.
Sé que, en estos días no desaparece en el mundo cercano ni lejano el dolor, la injusticia, las catástrofes, las guerras, las enfermedades, la angustia, la soledad… Pero pequeños gestos de solidaridad, de perdón, de esperanza, de serena alegría, de consuelo, hacen que otro mundo sea posible, que nuestro mundo sea diferente. Sólo hace falta la voluntad firme y el deseo de hacer el bien, de amar y dejarse amar. Es decir, dar prioridad a los valores del espíritu y reconocer y aceptar la presencia de Dios en nuestras vidas. “Sólo quien vive la experiencia personal del amor del Señor es capaz de hacer un gesto amigo, fraterno, solidario, para que los que están caídos se levanten”.
Sé que, si fui llamado para prestar este servicio a la Iglesia, recibiré también de Aquél que me llamó la fuerza, la luz y la gracia “para vivir y llevar a cavo la misión que me encomendó”. Pongo mi vida cotidiana en las manos de nuestra madre María Consolata, quien me sostiene, anima, consuela y me lleva de la mano a la presencia misteriosa de su Hijo en cada Eucaristía.