Argentina

Tareas pendientes
tras 25 años de democracia

Alba Piotto
Periodista argentina

Un cuarto de siglo de vida democrática, que se cumple en 2008, trae la novedad de una presidente, la primera mujer que en Argentina alcanza ese cargo por vía de los votos. Pero, al fin y al cabo, hijos de una Colonia, los argentinos no hemos podido con nuestro ingenio y todo se hizo como en las monarquías más que en las democracias: el traspaso de mando trae la novedad que es de marido a esposa, del supremo a su mujer, como si fuera una cuestión, casi, de consaguinidad o derecho al trono. Porque si hubo algo tan alejado de lo democrático en estas últimas elecciones es que los candidatos fueron elegidos a dedo; pocos se sometieron a internas partidarias.

Publicado el 01 diciembre de 2007

A lo mejor, y siguiendo con la ironía, la nueva presidenta –o Cristina, a secas, ya que la moda impone llamar a los mandatarios por su nombre de pila- luego le traspase el mando a su infanta cuando la niña crezca y deje de subir fotos personales en sus variados fotologs.

Nada es casual
Después de todo, las tendencias de comienzos de este siglo XXI, vienen marcadas por el “women power”, y las mujeres serán –de hecho, ya son- quienes tomen las riendas de toda la casa: la propia y la colectiva. Al fin, nadie podrá decir que la Argentina sea un país machista y muchísimo menos, discriminatorio en cuestión de géneros. Por el contrario. En un cuarto de siglo de vida democrática, el fruto que da la historia es una mujer en la presidencia. Aunque, vaya paradoja: había sido otra mujer en ese cargo (Isabel Martínez de Perón, quien asumió tras la muerte del fundador del peronismo) la que estaba en la Casa de Gobierno, cuando los militares se la llevaron en helicóptero una noche de marzo del 76, y comenzaba así la etapa más negra de la historia del país. Ese día Cristina era una jovencita estudiante de Derecho que sintió el temor de correr la misma suerte que muchos de sus amigos: formar parte de la larga lista de desaparecidos. Una fatídica definición acuñada en estas latitudes para decir que alguien sufrió un secuestro ilegal y asesinado en mano de los dictadores.

Me es difícil, y hasta triste, pensar los 25 años de democracia en términos de festejo o conmemoración de algo que debería ser normal. Celebrar la democracia es, precisamente, que un pueblo sea libre de elegir a quién quiere que lo gobierne. Pero entiendo que el tema toma un relieve especial, cuando la historia lo convierte en un logro esforzado y parido. En Argentina, como en toda la América Latina de los años 70, la democracia fue arrebatada por gobiernos de facto, vedada por la mano de los dictadores, prohibida por las políticas que las potencias imprimían y sometían en este continente. Las urnas –solían ufanarse los militares de turno- estaban bien guardadas. Hizo falta que corriera mucha sangre, que muchas vidas fueran ejecutadas, y que muchas otras fueran exiliadas, para llegar a destino. De modo tal, que este hoy, de vida en libertad y derechos, es una construcción auspiciosa de una sociedad.

Elegir, no es un verbo más en la vida de un ciudadano. Elegir es parte de su “ser” ciudadano. Un derecho humano inalienable.

Para cualquiera que haya vivido en un país gobernado por dictaduras y opresiones de cualquier color político, sabrá de las heridas que deja en el entramado profundo de un pueblo, donde quedan fracturas expuestas durante largo tiempo. Son heridas difíciles de suturar y de cerrar. Son llagas que parecen volver a sangrar al mínimo roce. Y lo cierto es que todavía hay mucha tierra caliente por caminar más allá de los auspiciosos 25 años de historia democrática.

Cambios y continuidades
En este cuarto de siglo hubo cambios de todo tipo, vaivenes económicos de todos los colores, con los giros ideológicos que marcaban los tiempos propios del sistema capitalista. El discurso de un capitalismo con rostro humano, al menos en esta parte del mundo, nos visitó con su máscara mortuoria e inhumana: el neoliberalismo. Que si bien ha llevado réditos a las arcas del llamado Primer Mundo, en este lado del planeta, más bien hemos visto cómo las grandes corporaciones internacionales eran capaces de expoliar un país entero. Aunque claro, puede pensarse que el lado de la víctima es el más fácil de interpretar. Es posible. Pero quisiera que alguien explique cuándo, en qué momento y bajo qué circunstancias, la vida de una persona deja de tener importancia y pasar a ser sólo un índice estadístico. Decir que hoy en Argentina hay equis porcentaje de personas que viven bajo la línea de la pobreza, a consecuencia de aquellas recetas económicas no dice, en realidad, absolutamente nada. Porque nadie sabe qué significa eso en la piel de quien está lacerado por ese índice escrito en un papel y debatido sin un rastro de humanidad.

Desde los 70, los argentinos hemos asistido a la destrucción del Estado y el armado de un sistema político que sufrió una metamorfosis con muchos costos. Y todavía no alcanzó una forma definitiva. Todavía hay muchos vicios de política vieja y clientelista; de populismo (tan caro a los gobiernos latinoamericanos) y de falta de participación activa, sobre todo, de los jóvenes. Pero también, ese Estado que desapareció como garante de la legalidad a manos del terror impuesto por la dictadura militar (1976-1983) que asesinaba desde y con las armas del Estado, se encuentran todavía hoy enquistadas en las instituciones que deberían mantener el orden público en un país moderno (policía, fuerzas armadas y poder judicial). Algunos politólogos sostienen que es posible deducir que, con esos poderes desligados y desaprensivos en resguardar la vida, terminaron despreciando el derecho a la vida. Y no es un dato menor en este cuarto de siglo del retorno de la democracia en Argentina.

Populismo para ricos
El historiador Marcelo Cavarozzi considera que no se tuvo en cuenta que junto con el derrumbe del Estado argentino, el mundo cambiaba: aumentaba el poder financiero, se imponía la corriente neoliberal comandada por Margareth Tatcher y Ronald Reagan, y a eso se unió la expansión informática, síntoma y símbolo del mundo actual.


En los 90, con la llegada de Carlos Menem al poder se dio un golpe de timón para enderezar una economía sumida en la hiperinflación que terminó con el gobierno de Raúl Alfonsín (1983-1989) y también tuvo que desarticular las asonadas de los militares carapintadas que añoraban los años de plomo. Eso de alguna manera, importante, ayudó a retomar la autoridad pública. La pirueta económica del “uno a uno” (1 peso = 1 dólar) y el recetario neoliberal salvaje concretado a rajatabla impusieron, para el especialista Cavarozzi, una suerte “de neopopulismo para ricos, financiados en gran medida por los fondos generados por el nuevo endeudamiento externo”. El neoliberalismo con los procesos privatizadores de las empresas estatales, achicaron el Estado, profundizándose la desigualdad económica y social, la distribución de la riqueza y del ingreso. Hubo una verdadera colonización de capitales nacionales y extranjeros (España a la cabeza).

Para algunos estudiosos, en la década de los 90, se repartió hacia arriba y se despojó hacia abajo. La apertura económica al mundo des-industrializó el país y la desocupación llegó a un nivel que nunca antes había tenido Argentina: de 700.000 a 2,5 millones de personas sin trabajo. El pilar de la movilidad social que había tenido el país durante buena parte de su historia, la salud y la educación, se derrumbaron. Precisamente el desempleo y la degradación de la escuela pública eran las caras de ese derrumbe.

Fue una caída en cámara lenta que no la pagaría Menem sino quienes vinieran después de él. Así, arribamos a la crisis de 2001.

Deuda interna
Pero creo, y estoy segura, que la principal deuda de todos estos años de democracia en Argentina, es la deuda interna. De los argentinos con los argentinos. Se calcula que un tercio de la población vive razonablemente como se vive en los países desarrollados; que otro tercio, se sumerge en las carencias y la desesperanza de todos los días; y que el tercio restante, o menos quizás, son los que están al tope de la pirámide de los que más tienen. Por eso, hablo de la deuda interna de una sociedad fragmentada, donde los más desprotegidos difícilmente alcancen en la generación venidera poco más de lo que hoy ya les falta. Deberá pasar mucho tiempo, muchos años y mucha voluntad política, para reformular los lazos del entramado social que, de manera feroz en la década pasada, se fueron degradando en la sociedad. Hablo de los millones de argentinos que no están en situación de acceder a las condiciones básicas para vivir: trabajo, salud y educación. Una herencia pesada que asalta el presente y que condiciona a cualquiera que esté en la casa de gobierno, porque es una carga que ya no puede seguir esperando. En un país donde pastan 55 millones de vacas y es capaz de producir alimentos para alimentar a buena parte de la humanidad, no por méritos de sus habitantes, sino porque su tierra así lo permite casi como un acto de bendición natural, no pueden morirse chicos de hambre. Pero mueren.

En un país que se dio el lujo de permitir una interesante y degradante fuga de cerebros (por exilios obligados o elegidos), no pueden haber niños excluidos de la enseñanza. Pero los hay. En un país que dio y da cobijo a inmigrantes venidos de cualquier lugar del mundo, no puede tener deudas humanas. Pero las tiene. Y los expulsados por las últimas crisis financieras que quebraron el país, también forman parte de la deuda interna, del argentino con el argentino.

La democracia, aunque tardíamente, también está trayendo la justicia que claman los miles de desaparecidos durante la dictadura militar y los 500 hijos de esos detenidos-desaparecidos que aún no se encontraron. Son cientos de niños nacidos durante el cautiverio clandestino de sus padres o que fueron secuestrados ilegalmente, constituyendo el botín de guerra más vergonzoso que dejaron los años de plomo. Son los nietos que las Abuelas de Plaza Mayo buscaron y buscan sin bajar los brazos un solo día. Muchas han muerto sin haber podido abrazar a los hijos de sus hijos.
Es cierto que durante el gobierno de Raúl Alfonsín, hubo un punto de partida inédito a nivel continental con el juicio a las Juntas Militares que algunos historiadores lo consideraron como un “leading case” para América Latina. Sin embargo, no fue seguido en otros países donde las dictaduras dejaban paso a gobiernos democráticos. Y también es cierto que el mismo Alfonsín y más tarde Menem, debieron ceder ante las presiones castrenses y dictar las leyes para exculpar a los represores bajo las leyes de Obediencia Debida y de Punto Final; para terminar con un indulto para quienes ensangrentaron el país. Hizo falta el paso del tiempo y la actuación de tribunales de otros países que sí buscaban Justicia para sus víctimas, para que se reabrieran las causas en contra de los represores. Como el juez Baltasar Garzón, en España; el juicio en ausencia que se hizo en Francia contra el marino Alfredo Astiz por la desaparición y muerte de dos monjas francesas; y los reclamos de Suecia, por una chica de esa nacionalidad que está desaparecida.

El papel de la Iglesia
Finalmente, quiero referirme a la Iglesia a lo largo de este cuarto de siglo de vida democrática. Sé que en la página web de Antena Misionera han hecho mención a la figura de Christian von Wernich, sacerdote de Dios, cuyas manos consagraban (y aun podrán seguir haciéndolo), pero su vida, en realidad, sirvió a la muerte. Von Wernich fue parte del genocidio perpetrado por la dictadura militar. Desde 2003 está detenido y condenado por su participación en delitos de lesa humanidad en tres centros clandestinos de detención, donde los militares torturaron y asesinaron a miles de personas que todavía hoy se encuentran desaparecidas. Quedó demostrado que el sacerdote Von Wernich participó activamente de esos crímenes y el 9 de octubre pasado, fue condenado a reclusión perpetua. La Iglesia argentina si bien no intervino en su defensa, tampoco lo hizo en su condena. Apenas un llamado a dejar de lado viejas heridas. Y no faltó quien pusiera en duda la imparcialidad del juicio llevado a cabo contra el primer sacerdote católico condenado por delitos aberrantes.

Recuerdo que apenas había vuelto la democracia al país, asistí a una charla que un obispo considerado como de los más aguerridos dentro del Episcopado nacional, dio a jóvenes que como yo, formábamos los grupos misioneros. Recuerdo vívidamente sus palabras: “Chicos, no se asusten, pero van a saber de sacerdotes, incluso obispos, que han sido partícipes, de una u otra manera de este genocidio”. Siempre agradecí su sinceridad. Pero la puja interna y la tardanza por decidir qué hacer con un cura condenado por estos crímenes, no hacen más que poner en evidencia que no son pocos los que hubieran visto que la absolución de von Wernich hubiera sido un acto de Justicia “porque hizo lo correcto”.

Tras un cuarto de siglo de vida democrática nos encuentra frente a este panorama, lleno de interrogantes y de tensiones que están en lo más profundo de nuestro ser argentinos. Pero hay que decir que el país se apresta, en 2010 a festejar su Bicentenario. Un país demasiado joven frente a los milenios que se acumulan en el Viejo Mundo. Diría que tenemos, casi, toda una historia por escribir.


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