Pigmeos
Los habitantes
de la selva
Andrés García
Algunos días, cuando el sol se pone y el canto
de la lechuza acompaña el silencio de la noche, se les puede oír
por temporadas, entonando cantos polifónicos, sin necesidad de articular
palabras, con ritmo alegre y armonioso, mientras danzan sin cesar. Son los
“bambuti”, los pigmeos.
Según los letrados, son los primeros habitantes de la frondosa selva
que acompaña las aguas del río Congo desde su nacimiento hasta
su desembocadura, en pleno corazón de África.
Recolectores y cazadores, los pigmeos se adentraron en la foresta evitando
el conflicto con los distintos pueblos bantúes que se fueron asentando
poco a poco y ganando terreno a la selva para sus cultivos.
Se les encuentra a menudo caminando por los senderos de la región,
siempre en pequeños grupos; los hombres con el arco y las flechas en
mano, las mujeres llevan a los niños en brazos o a espaldas y transportan
en un cesto lo que han encontrado en sus andaduras: frutas, miel, setas, tubérculos,
alguna pieza de caza ahumada… una mujer más anciana lleva unas
brasas en un trozo de corteza de árbol, para poder encender con facilidad
el fuego allá donde se detuvieren para comer algo o para dormir.
Publicado el 01 de agosto de 2007
Son nómadas o semi-nómadas, pues se desplazan según las
estaciones de recogida de frutos, de miel o de caza, volviendo finalmente
a un campamento algo más estable, donde los ancianos y algunas mujeres
esperan el regreso del resto del grupo. Cuando están “de expedición”
hacen con asombrosa agilidad unas casas en forma de iglú con ramas
y grandes hojas, que les sirven de refugio durante las lluvias torrenciales
y de habitación para dormir. No pocas veces deben entrar en la selva
para hacer batidas de caza para algún jefe bantú, que pueden
durar varias semanas.
A veces, cuando necesitan algún pantalón o una pieza de tela para vestirse, hacen una jornada de trabajo en el campo de algún campesino bantú y se vuelven al campamento o a la selva.
Hay también algunos pigmeos que usan el mismo sistema para obtener una botella de vino de palma o para comprar un poco de cáñamo para fumar.
Impresiona, llegando a los campamentos, ver a casi todos los niños con los ojos afectados por la conjuntivitis o con llagas purulentas, así como algunos enfermos de lepra o tuberculosis que esperan el desenlace de la enfermedad con resignación.
Hasta hace pocos años no había prácticamente ningún pigmeo que hubiera estudiado, ni siquiera la escuela elemental. Vivían aislados, quizás huyendo esa relación casi feudal con los pueblos bantúes, o simplemente porque prefieren vivir en su modelo de sociedad sin mezclarse demasiado con los otros. No lo sé. El caso es que en las últimas décadas, a causa de las comunicaciones: medios de transporte, radio, televisión... y seguramente otros muchos factores como el interés de otros pueblos por ayudarles en el campo de la sanidad, de iniciarlos en la agricultura, para que no tengan que venir a los campos de los vecinos a “recoger” la ración cotidiana de alimentos (evidentemente sin conciencia de robo, sino siguiendo su hábito de recoger los frutos de la selva). De hecho, en estas últimas décadas se está produciendo poco a poco un diálogo entre culturas, a un paso más acelerado.
Proceso de cambio
Hoy buscan la atención médicade los pocos dispensarios que funcionan
en los poblados bantúes de su territorio, aunque esperan hasta el último
momento, buscando soluciones en sus remedios tradicionales; algunos niños
frecuentan unas escuelas que han desarrollado un programa especial para hacer
más asequible a los niños pigmeos el aprendizaje, aunque persiste
el problema del nomadismo por estaciones, en que los niños se ausentan
de la escuela para seguir a sus padres y amigos en las incursiones en la selva
profunda en busca de víveres y de algo para cambiar y poder comprar
ropa o medicamentos, se dejan aconsejar sobre la agricultura y buscan semillas
para sus campos, acogen con agrado consejos sobre higiene y prevención
de algunas enfermedades vinculadas a los hábitos de limpieza o de la
cocina...
La iglesia de la diócesis de Wamba, desde hace años, trabaja en este proceso de diálogo, buscando la integración de las culturas bantú y pigmea, en los campos de la educación y de la sanidad. Actualmente hay más de diez escuelas mixtas (pigmeos y bantúes) en la diócesis, dos escuelas secundarias con sendos internados donde los jóvenes pigmeos pueden compartir con sus vecinos bantúes el aprendizaje. En un principio se les está orientando a la opción pedagógica con el fin de que los mismos pigmeos puedan llegar a enseñar en las escuelas mixtas.
Pequeños logros
En Bayenga, sede de nuestra parroquia, tenemos una de estas escuelas secundarias,
donde este año hemos obtenido la primera promoción de maestros
pigmeos: cinco jóvenes que con entusiasmo comenzarán el trabajo
en diferentes escuelas de la diócesis. ¡La Buena Noticia de Jesucristo
sigue haciéndose carne y sembrando esperanza, construyendo esa nueva
humanidad en todos los pueblos, hermanando personas, pueblos, culturas, que
se vuelven riqueza recíproca, Vida Nueva!
También en Bayenga intentamos acompañar a los pigmeos en el campo sanitario, ofreciendo una asistencia muy primaria en las visitas a los campamentos e invitando a los enfermos más graves a ir al dispensario. Todavía representa un problema el modo de adquirir las medicinas por su escasez, pero también porque los pigmeos no tienen normalmente un modo para obtener dinero y no siempre las cosas que ofrecen como trueque son suficientes para pagar una operación o ciertos medicamentos más especializados.
Itinerancia
El acompañamiento de nuestros hermanos pigmeos nos invita a la itinerancia.
Itinerancia física, en cuanto hemos de hacernos algo nómadas
con ellos, para visitar los campamentos (una veintena), para lo que nos servimos
de una vieja moto, de la bicicleta o a pie, pues los caminos no son practicables
para los coches. Itinerancia cultural, pues es necesario estar dispuestos
a relativizar nuestra mentalidad y costumbres, para poder dialogar con otros
pueblos y culturas.
Itinerancia anímica, pues este tipo de pastoral es una invitación a poner nuestro corazón en cada hermano que encontramos, sabiendo volver cada vez a la fuente de la que emana nuestra vida entera, nuestros sentimientos, nuestra bondad, nuestro amor; sabiendo volver a nuestro Señor.