Chile
Centenario de la masacre
de Iquique (II)
Redacción y M. Zolezzi
Fueron cerca de 2500 muertos. La mayoría anónimos.
Patricio Rojas Ramírez fue uno de ellos. Eran trabajadores del salitre
(nitrato de sodio) en la norteña provincia de Antofagasta (Chile).
La masacre fue el 21 de diciembre de 1907, en la Escuela de Santa María
de Iquique.
Chile se había liberado de la colonización española para
caer en la colonización económica de los británicos.
El pueblo chileno siguió luchando por su libertad.
En el número anterior relatábamos el desarrollo de la huelga
hasta que los obreros (conocidos como los “pampinos”) fueron llevados
bajo engaño a la Escuela de Iquique.
Terminábamos el relato el 20 de diciembre. Ese día, a la tarde
comenzaban los disparos.
Éste es el desenlace de un drama del que ahora se cumplen cien años.
En pocos minutos, el sábado 21 de diciembre los alrededores de la Escuela
quedaron bañados en sangre. Las oficinas (minas) salitreras volverían
a la normalidad. En la memoria de los pampinos quedaron muchas imágenes
grabadas para siempre.
Publicado el 01 agosto
de 2007
El
Estado de Sitio
La tensa situación recibió un vuelco total, precipitándose
los hechos a una definición: la declaración de Estado de Sitio,
proclamada en la noche del 20. Al día siguiente el decreto fue leído
públicamente y la prensa lo publicó. Después los diarios
dejaron de circular. Se estableció la censura cablegráfica y
telegráfica. La Ley Marcial perseguía impedir la llegada de
más trabajadores a Iquique, reunir a todos éstos en la Escuela
Santa María y la plaza contigua para facilitar las medidas que se tomarían
posteriormente con los pampinos.
La noticia del Estado de Sitio causó gran impresión en los huelguistas.
Los dueños de los salitreros mostraron satisfacción porque,
si la llegada de buques y tropas de refuerzo los fortaleció en las
negociaciones con los huelguistas, ahora la Ley Marcial significaba el principio
del fin del movimiento de los pampinos.
Se presagiaban acontecimientos dramáticos.
Llegó el 21. Por la mañana hubo una reunión entre el
Intendente y los salitreros. Éstos fueron informados de la propuesta
de los huelguistas, y a su vez del ofrecimiento del Gobierno de compensarles
hasta la mitad del aumento que acordaban en los salarios por un mes. La proposición
del Presidente Montt fue recibida con frialdad por la parte patronal, que
resueltamente volvió a insistir en su exigencia que los obreros debían
abandonar la ciudad y regresar a las salitreras, porque no podían aceptar
su presión, ya que ésta entorpecía las negociaciones
y constituía una imposición perjudicial para el empleador. El
Intendente les propuso el arbitraje, que aceptaron, pero se mantuvieron inflexibles
en su exigencia.
La primera autoridad provincial extendió una invitación para
que el Comité de los huelguistas asistiera a una reunión con
la Intendencia para discutir la proposición patronal. El Comité
declinó reunirse, comunicando que todas las conversaciones se harían
mediante notas o comisiones. Los dirigentes temieron ser víctimas de
una trampa para detenerlos bajo el imperio de la ley marcial, con el evidente
propósito de descabezar el movimiento.
Desde el jueves al sábado 21 numerosas familias se refugiaron en los buques mercantes fondeados en la bahía, mientras otras tomaban el vapor rumbo a Arica. En la ciudad corrían gravísimos rumores que se referían a saqueos e incendios. La policía sostuvo que tenía evidencias de un plan de los huelguistas para realizar esos terribles actos vandálicos en la noche del 21. El diario "El Tarapacá", el 24 de diciembre, informa que los huelguistas tenían pensado realizar los desmanes en la noche del sábado.
La Matanza
La autoridad máxima de Tarapacá resolvió actuar para
reprimir la huelga, utilizando si fuera preciso las armas. Pedro Montt, presidente
del país, había telegrafiado su autorización plena para
adoptar todas las medidas que fueran necesarias a fin de que cesara inmediatamente
la huelga.
A la una y media de la tarde se dictó el decisivo decreto: “En bien del orden y salubridad pública, concéntrese a la gente venida de la pampa en el Club Sport (Hipódromo), en el camino de Cavancha”. Esta disposición buscaba desalojar a los pampinos del interior de la ciudad, reunirlos en las afueras, y forzar su regreso a las salitreras.
El general de brigada Roberto Silva Renard, después de recibir el referido decreto, tomo rápidamente medidas para darle inmediato cumplimiento. Movilizó tropas bajo su mando desde la Plaza Prat hasta la Plaza Manuel Montt y calles adyacentes. El jefe militar señalaba que la escuela Santa María, se hallaba repleta de huelguistas, que los cabecillas estaban instalado en la azotea, frente a la plaza, y en medio de banderas de los diversos gremios y naciones. Calculó que en el interior de la escuela habrían 5.000 personas y afuera 2.000, añadiendo que los congregados oían los discursos y las arengas de los oradores, en medio de los toques de cornetas, vivas y gritos de la multitud.
Como los pampinos se negaron a acatar la orden de evacuar el local escolar y la plaza para dirigirse al hipódromo, el general hizo avanzar 2 ametralladoras para disparar sobre la azotea donde se encontraba el Comité.
La tragedia se desató cuando el general de brigada Roberto Silva Renard, agotando las instancias para obtener el acatamiento de la orden oficialista, y tomando en cuenta que no era posible esperar más abrió el fuego a las 3,45 horas de la tarde. El jefe militar ordenó al piquete del regimiento O'Higgins que hiciera una descarga hacia la azotea de la escuela, y al piquete de la marinería situada en calle Latorre donde estaban los huelguistas más rebeldes y exaltados. A esta descarga se respondió con disparos de revolver y aún de rifles, hiriendo a 6 hombres de sus tropas. Entonces, ordenaron 2 descargas más y fuego de ametralladoras con puntería fija hacia la azotea donde vociferaba el Comité. Hechas las descargas, que no duraría más 30 segundos, la muchedumbre se rindió. Hicieron evacuar la escuela y todos los huelguistas, entre 6.000 y 7.000, rodeados por las tropas, fueron conducidos por la calle Barros Arana al hipódromo. Ésta es la versión oficial.
El cónsul Británico señala que el fuego sobre los pampinos duró un minuto y medio. La gran masa obrera, desalojada violentamente de la plaza y escuela, fue conducida bajo una fuerte escolta militar hacia el sitio fijado por la autoridad. El cónsul de los Estados Unidos de América informó a su gobierno que la escena después fue indescriptible. En la puerta de la escuela los cadáveres estaban amontonados, y la plaza cubierta de cuerpos. El cuerpo médico de la ciudad acudió presuroso a atender a los heridos.
Sobre los muertos y heridos se barajaban diversas
cifras. Desde las que dio el general Silva Renard (140 muertos), pasando por
las ofrecidas por el periódico El Comercio (300 muertos), hasta historiadores
contemporáneos que la sitúan entre 2.000 y 2.500.
El Vicario Apostólico, Rucker, comenzó a recibir donaciones
de empresas salitreras para ayudar a las familias de los trabajadores muertos
y heridos. Los dirigentes máximos del movimiento de los pampinos, José
Briggs y Luis Olea, murieron. Según el cónsul americano, el
vicepresidente y un director de los huelguistas intentaron asilarse en el
consulado de los Estados Unidos. Esos dirigentes se presentaron a las 12 de
la mañana del 21, pidiendo protección de esa nación,
asilo que fue denegado. R. Hana manifiesta que a las 4 de la tarde ambos estaban
muertos.
Después de la Tragedia
Los pampinos, abatidos y defraudados, en su casi totalidad regresaron en trenes
a las oficinas. Un gran número de sus compañeros quedaron para
siempre bajo tierra iquiqueña. Había terminado su terrible odisea
en la Capital del Salitre. El 24 de diciembre abrió sus puertas todo
el comercio mayorista. Volvió la actividad en casi todas las fábricas
locales, y se regularizó el servicio de trenes al interior. Para consolidar
la normalidad en Iquique y la pampa, el crucero Esmeralda se dirigió
a Coquimbo para traer al regimiento Arica. En el transporte Maipo llegó
una fuerza del regimiento de Carabineros destinada a cubrir la guarnición
en las salitreras.
En enero de 1908 los salitreros se comprometieron al sostenimiento de los carabineros encargados del mantenimiento del orden en la pampa. El 25 de diciembre salió de Montevideo el crucero Sappho rumbo a Iquique, en donde atracó el 7 de enero de 1908. La llegada de ese buque de Su Majestad produjo gran satisfacción en la colonia británica.
Después del cruento acontecimiento muchos obreros bajaron a Iquique con sus familias para dirigirse al sur. Comenzó también la emigración de trabajadores peruanos, bolivianos y argentinos. La tragedia del 21 causó mucha impresión en Lima. El diario El Tarapacá, en su edición del 26 de diciembre, condena la forma y desarrollo revolucionario y sedicioso impreso por sus cabecillas a la huelga de los trabajadores de la pampa. También expresó que no puede censurarse a la autoridad por las medidas violentas que tomó para hacer cesar ese estado de cosas, tan profundamente irregular y pernicioso para el orden social establecido.
Conclusión
Los huelguistas no cometieron ningún desorden importante, ni amenazaron
a la población, los patrones o la autoridad; ni pretendieron sustituir
a ésta. Se hallaban además, desarmados. En fin, lo pedido por
los huelguistas no era irrazonable, ni se mostraron inflexibles discutiéndolo.
El pampino era solidario pero le faltaba la unidad y ésta la logró
en el crítico año de 1907. Tras largos años de ser refrenados
sus impulsos de reivindicación social, al fin estalló la gran
huelga en la provincia de Tarapacá.
La acción militar del 21 de diciembre de 1907 significó un golpe
doloroso y paralizante para el movimiento obrero del salitre de Tarapacá
y una advertencia para el de la provincia de Antofagasta, donde estalló
el movimiento huelguístico. De esta forma, el desarrollo de la industria
salitrera, vital para la economía nacional continuó sin perturbaciones
de este tipo por muchos años.