LAICOS MISIONEROS
Vivir la misión aquí
En la mayoría de los niños el sentimiento de solidaridad y el deseo de hacer algo por otros niños más pobres es algo casi natural.
Con frecuencia una sociedad basada en la competencia va “adormeciendo” ese sentimiento. En algunos casos ese sentimiento de solidaridad se convierte en agresividad. Pero muchas veces se mantiene aunque a veces resulte difícil encontrar cauces para hacerlo efectivo.
Mónica es Laica Misionera de la Consolata y le hemos pedido que nos cuente algo de cómo vive su vocación misionera.
Publicado el 01 de julio 2010
Mónica Rodríguez Andrés
Laica Misionera de la Consolata
Os confieso que me pusieron ante un reto difícil al pedirme que escribiera estas líneas sobre cómo intento vivir la dimensión misionera de mi vida. Por eso escribo con temor y dudas, pero sobre ellas con la esperanza de que mi limitada experiencia le pueda servir a alguien.
El nacimiento de una inquietud
Recuerdo, cuando era pequeña, que en mi cole de monjas nos ponían cada tanto diapositivas de los niñitos negros de África. Y eso hizo nacer una chispa que aún hoy no se ha apagado.
Veía aquellos rostros tan expresivos, aquellas tripillas que parecían tan divertidas (ahora sé que se trata de infecciones por parásitos nada divertidas, qué ironía), escuchaba atentamente las experiencias que nos contaban en estas situaciones de extrema pobreza. Todo quedaba grabados en mi mente, y yo creo que sobre todo en el corazón, y fue naciendo un deseo: “yo quiero estar allí, quiero ayudarlos”. Es verdad que con ese deseo de ayuda se mezclaba el llevar una atractiva vida llena de aventuras.
¿Qué podía hacer? Pronto nació la idea de estudiar medicina. Era una idea muy simplista de entender la misión: ir a curar “negritos”. En el fondo, yo soñaba un encuentro de igual a igual, de niña a niño, ambos distintos pero capaces de ir más allá de las diferencias.
Con el paso del tiempo veo que el núcleo de lo que he ido viviendo y sintiendo el resto de mi vida hasta llegar a aquí nació de aquellos planteamientos “infantiles”.
Una búsqueda que sigue viva
Hoy, con 35 años, soy médico. La verdad es que sólo he salido de Europa un par de veces, y de vacaciones. No es un currículum espectacular para una misionera.
Pero intento serlo a mi alrededor, en mi mundo.
Tengo la certeza de que la misión me ha marcado a fuego y he sido capaz de ir madurando aquellas ideas de la infancia, con la ayuda de muchas personas que he encontrado y con las que he compartido camino en la vida.
La misión para mí, en estos momentos, es salir de mi espacio personal y estar dispuesta al encuentro con el otro que es distinto, que vive otra realidad social, cultural… y buscar ese encuentro. Buscarlo de igual a igual con el que tengo al lado, con el que me cruzo, y especialmente con el que es más diferente a mí. Es aprender cada día cómo superar las diferencias y disfrutar de este encuentro, aprender a reconocer la chispilla que Dios nos pone a cada uno y dejar que se encuentre con la mía propia, el encuentro de lo esencial de una misma con lo esencial del otro, el encuentro en el amor.
Misionera aquí
Para ser misionera he aprendido que no me hace falta atravesar un océano. Me hace falta mirar bien, abrir los ojos y saltar de mi cómodo sillón, como la canción. Mi alrededor es campo de Misión. Sin romanticismos, porque muchas veces el encuentro con el “diferente” no es gozoso, sino que duele, y da miedo. Y con frecuencia me cuestiona muchas cosas, si es sincero y profundo, y me empuja a la acción. Algo puedo y tengo que hacer. No me bastan los buenos deseos y sentimientos. Siento el malestar, la incomodidad, el enfado por la situación de nuestro único mundo con su multitud de desigualdades, con la injusticia que yo también provoco y en la que colaboro desde mi lugar en la vida. Ser misionera me supone intentar utilizar esas emociones para construir Reino, sin recrearme en lo negativo porque eso lleva a un derrotismo vacío, sin ignorarlo, porque eso me lleva al egoísmo insensible de disfrutar de mi suerte, y sin que me paralice la cantidad de cosas pendientes por hacer.
No pierdo de vista lo de “Piensa global y actúa local”. Me gusta mucho tener esta frase presente, me ayuda a no tirar la toalla ni perder la esperanza de que el mundo puede mejorar mejorando las condiciones concretas de personas concretas, que es lo que yo tengo a mano. Me ayuda a no perderme en mis circunstancias personales del día a día, porque trato de mantener la perspectiva global, alimentar el interés por lo que pasa en el mundo, por las causas, por su análisis, etc.
Mi día a día es mi trabajo en un Centro de Salud en Barcelona, y es mi pareja, ajena a todo este mundo aunque intenta comprenderlo. Creo que algún día tocará su corazón y entonces sí que lo comprenderá de verdad. Colaboro con Amnistía Internacional, para seguir pensando en global sin dejar de actuar, y algunos fines de semana vuelvo a Zaragoza, a mis orígenes, mi Galilea particular, al encuentro con mi comunidad, y al encuentro con mi madre, cristiana de toda la vida, pero preocupada por mis “extravagancias misioneras” desde que conocí a los Misioneros de la Consolata, hace más de 15 años. Y aún así, me apoya fielmente. Implicar a la gente de mi entorno, la que tengo más próxima, y compartir con ellos mi sentir misionero y mis vivencias me resulta una tarea realmente complicada.
La comunidad
Creo que una cosa importante en la misión son los compañeros de camino. Estaría coja sin ellos. La comunidad. Un misionero sin comunidad está en una soledad terrible. La comunidad te permite poder contrastar tu vida, tus opiniones, tu actividad, tener un apoyo emocional para lo bueno y para lo malo, disfrutar del camino junto a personas con una pasión como la propia, afrontar tareas que no harías sola. Yo tengo este privilegio desde hace mucho. Y aunque ahora no es el mejor momento que hayamos pasado juntas, creo que mantenemos la llama de la misión, y que nos podemos poner de acuerdo otra vez para soplar en la misma dirección para avivarla y seguir el camino que elegimos.