Testigos del
encuentro con Dios
Publicado el 01 de abril de 2010
El cristianismo no es una doctrina, una ley, un rito. Es una vida. Por eso, Jesús no ha instituido maestros, doctores o liturgistas sino testigos. No hay testigo si no hay comunicador de una experiencia.
Comunicación de una experiencia
Un testimonio sin experiencia alguna en el testigo es pura palabrería. Es la experiencia la que motiva, impulsa y mantiene vivo el testimonio. El testigo no sólo cree «teóricamente» sino siente que cree; no sólo afirma que la salvación está en Jesucristo sino que la experimenta, la comprueba en sí mismo porque se siente amado por Dios.
«Experimentar» es probar, verificar, conocer algo por contacto personal, sentirse afectado por una realidad. La experiencia que impulsa al testigo es algo real que transforma su vida, no es una ilusión. Es algo cierto que puede comprobar aunque no siempre lo pueda expresar. Es algo preciso e inconfundible y no algo vago y etéreo. Es algo vital, no algo muerto. Por eso, el testigo comunica lo que vive, lo que está cambiando su vida, lo que la transforma. Ofrece su experiencia, no su sabiduría.
Irradia y contagia, no informa, no adoctrina, no instruye. Se implica en su comunicación, está atrapado por lo que comunica, no transmite un dato frío, desde fuera.
Irradiación de un encuentro
De la experiencia cristiana se pueden analizar muchos aspectos pero lo importante es captar que el núcleo de esta experiencia es el encuentro personal con el Dios vivo revelado en Jesucristo. Un encuentro que afecta a toda la persona porque «toca» la inteligencia, el corazón y la vida entera del creyente. Al comienzo tal vez, uno no percibe que esto es lo principal y decisivo, pero poco a poco va experimentando que la fe no consiste en creer algo sino en «creerle a alguien».Más que tener fe o poseer unas convicciones, ser creyente es saberse habitado por la Presencia amorosa de Dios.
«Creer» es una palabra que proviene del latín «credere» (cor dare), es decir, «creer» significa «entregar el corazón» a alguien. Por eso, creer en Dios significa abrirse a su Misterio, intuir aunque sea de lejos su intimidad, confiar en él, reconocerlo como el centro de nuestra existencia, dejarnos transformar por él.
El creyente va intuyendo que es Dios lo que en el fondo, y aún sin saberlo, anda buscando su corazón. Es Dios el que comienza a dar sentido a todo, el que llena todo de sentido, de luz, de esperanza y de vida. Y si el testigo anuncia a un Dios que no llena su corazón, está anunciando algo poco interesante. Su testimonio no puede decir mucho.
Saberse amado por Dios
Más que decir muchas cosas sobre la experiencia cristiana, lo importante es ver cómo se siente y se capta a sí mismo el creyente en este encuentro con Dios, pues es esto lo que va a transmitir y contagiar a otros. En pocas palabras podemos decir que la experiencia del testigo consiste en «vivir en y para el Amor».
El testigo no se siente mejor que otros: más bueno, más sacrificado, más entregado. Lo nuevo, lo diferente está en que vive la experiencia de saberse amado incondicionalmente por Dios, y se le nota. La novedad está en «vivir en el amor». Si en el encuentro con Dios no se experimenta que Dios es Amor, y si no me experimento a mi mismo amado de manera incondicional, ese encuentro se da de manera abstracta, fría, vaga. La experiencia-clave es ésta: yo no puedo vivir sin amor y mi suerte está en que en Dios encuentro, como en ninguna otra parte, amor y sólo amor.
No es que Dios tiene amor hacia nosotros sino que es Amor. En Dios el amor no es una actividad entre otras, sino que toda su actividad consiste en amar.
Desde esta fe, el testigo va ahondando en una experiencia nueva de Dios. Dios no es un ser «omnipotente» y peligroso, que puede hacer conmigo lo que quiera; Dios no lo puede todo, sólo puede y quiere amarme. Dios no es «omnisciente» para poder controlarme siempre, en todas partes, hasta lo más secreto de mi ser; Dios me penetra enteramente porque ama todo mi ser; nada queda fuera de su mirada amorosa.
Por otra parte, un lenguaje persistente y mal entendido nos sigue hablando de «la ira», «los castigos» y «el juicio» de Dios, que nos hace ser prudentes. Al parecer, Dios nos ama con condiciones, si sabemos corresponderle. De esta manera, terminamos entendiendo y viviendo la experiencia del amor de Dios como si Dios no fuera amor sino alguien que ama como todos nosotros, incluso exigiendo más que lo que nosotros exigimos.
Poder vivir amando
Nada nos acerca mejor al núcleo de la fe cristiana que la experiencia del enamoramiento. Como todo enamoramiento, el enamoramiento de Dios nos rescata del aislamiento, nos libera de miedos, nos atrae hacia la persona amada, nos eleva y potencia, nos hace vivir amando.
Para el testigo, el amor no es simplemente un valor moral o una ley. El amor es la vida misma vivida de manera auténtica y sana. La vida vivida desde su verdadero origen y orientada positivamente hacia su verdadera plenitud. La vida es vida cuando es vivida desde el amor y hacia el amor.
El amor pone en juego la capacidad afectiva y la inteligencia del testigo, su sensibilidad y vitalidad, sus gestos y su palabra, su personalidad entera. El testigo puede hacer muchas cosas muy diferentes, pero siempre está haciendo lo mismo: amar. El amor estimula lo mejor que hay en él, dinamiza su persona, despliega su creatividad, pone color en la rutina diaria, da contenido a lo que hace.
El testigo de Dios no ve nunca a los demás como adversarios a los que hay que rebatir o convencer. Con frecuencia se pregunta en qué creen las personas cuando dejan de creer en Dios, y descubre que las gentes tienen sus convicciones, compromisos, fidelidades, solidaridades, su decisión de vivir de una determinada manera. Aunque la fe religiosa está en crisis, sigue viva la «confianza fundamental en la vida».
Desde su propia experiencia, el testigo cree que Dios está en el fondo de cada vida y sigue comunicándose a cada persona por caminos que no pasan necesariamente por la fe religiosa ni por la Iglesia. Por eso vive atento a esa acción del Espíritu que se le regala a cada persona juntamente con la vida. No hay nadie que esté abandonado por Dios, olvidado por su Espíritu. El testigo vive con esta convicción: todos «vivimos, nos movemos y existimos» en Dios; todos «lo buscamos y encontramos a tientas aunque no se encuentra lejos de cada uno de nosotros» (Conf. Hch 17, 27-28). El testigo no se siente mal entre quienes no creen en Dios. Se siente cercano, en «simpatía mística con las victimas de la incredulidad». Comprende los sentimientos de Jesús al ver a la gente, «sentía compasión de ellos, pues estaban como ovejas que no tienen pastor» (Mc 6,34).
La vida está en buenas manos
Esta convicción es fundamental en la experiencia del testigo de Dios: la vida está en buenas manos. Dios acompaña a todo ser humano; nadie está abandonado. El Reinado de Dios sigue abriéndose camino como «una pequeña semilla de mostaza» (Mt 13,31), como un poco de «levadura» (Mt 13,32). Nuestro pecado y mediocridad no pueden bloquear la acción de Dios. Todos seguimos buscando y luchando, sufriendo y gozando, viviendo y muriendo sostenidos por el perdón y la misericordia de Dios.
Por eso, el testigo se mueve con libertad. No tiene que defender nada; no tiene que rebatir, disputar ni combatir; no tiene nada que perder. Puede ser testigo sin miedos ni recelos, sin pretensiones ni intereses. Sencillamente vive y comunica la experiencia que lo ha transformado.
Lo que mueve al testigo de Dios
Nadie se propone un día convertirse en testigo. Sería ridículo organizarse la vida para «dar testimonio» o para dar a conocer mi fe. Sencillamente vive su experiencia, trata de ser fiel a Dios, a veces tiene alguna ocasión para comunicar el secreto de su vida.
El testigo no pretende convertir a otros: vive convirtiéndose él; no trata de salvar a los demás: vive su propia experiencia de salvación; no se esfuerza por hacer crecer la Iglesia mediante la adhesión de nuevos miembros: vive abriendo camino al Reino de Dios en la vida de las gentes.