“Yo también querré
a mi mujer como tú quieres a Susi”

Susi Segarra y David Villalobos son un matrimonio de
Elche, Laicos Misioneros de la Consolata. Desde enero de 2007 hasta agosto de 2009 han estado trabajando en la
República Democrática del Congo, concretamente en Isiro, al nordeste el país, una zona conflictiva y de difícil acceso.
De vuelta a España nos cuentan algo de lo que han
vivido. Es David quien pone por escrito algunas experiencias de lo vivido en tierras africanas.

Publicado el 01 de abril 2010
David Villalobos


Empezando por el final
Pocos días antes de nuestro viaje de vuelta, hace unos meses, uno de los jóvenes de la Casa Oscar me dijo: “yo también querré a mi mujer como tú quieres a Susi”. Seguramente descubría en nosotros otra forma, otro modelo de relación de pareja alternativo al que solía verse por allí. Cualquier decisión la tomábamos entre los dos, dialogando de igual a igual. Y tal vez ese tipo de cosas, sin darnos cuenta, había calado en ellos mucho más que nuestras programaciones formativas.

Susi y yo hemos trabajado principalmente en un proyecto de formación para jóvenes en la “Maison Père Oscar” y en una escuela infantil. El objetivo era abrir a quienes vivían en zonas marginales la posibilidad de acceso a la educación.

Para que el país salga adelante es fundamental la educación… pero no sólo la educación académica, sino también el replantearse las relaciones personales, partiendo del ámbito familiar.

Un comienzo difícil y esperanzador
Al principio fue bastante difícil adaptarnos a una realidad tan dura y a una cultura tan diferente a la nuestra: aprender el francés y después intentarlo con el lingala, la lengua local que no hemos llegado a dominar. Despojarnos de nuestros esquemas y de nuestra manera de ver y comprender las cosas. Una tarea que sería imposible sin amor; amor que hemos dado pero sobre todo amor que hemos recibido en tantas personas acogedoras, sencillas y alegres como son la mayoría de congoleses.

Lecciones, hemos recibido muchas: en una ocasión Susi fue a visitar a uno de los muchos ancianos que han quedado solos después de tantos avatares. No tenía absolutamente nada en su humilde choza. Mendigaba todos los días para poder llevarse algo a la boca. Pero su alegría fue tan grande al encontrarse esta visita que no dudó en ofrecerle lo único que tenía: dos huevos.

Evidentemente no todo el mundo es igual, pero es cierto que el congolés por regla general se alegra tanto con el encuentro personal que lo convierte en fiesta y tira la casa por la ventana para celebrar cualquier acontecimiento.
Una vez paseando por el barrio una señora salió de su humilde parcela a saludarnos. Y cogiéndonos de las manos nos daba las gracias simplemente por estar viviendo allí, en Isiro. Los días anteriores había rumores de que miembros del grupo armado LRA se escondían por el barrio y la presencia de blancos paseando pocos días después por su barrio les tranquilizaba. Ya desde nuestra llegada nos transmitieron en muchas ocasiones que nuestra presencia era un signo de paz tras muchos años de guerra en la que los últimos blancos abandonaron el país. Pero no todos se habían ido; los únicos blancos que se quedaron fueron los misioneros.

Un aprendizaje continuo
Para nosotros fue un descubrimiento la amistad y el trabajar juntos con misioneros de otras congregaciones, compartiendo con ellos penas y alegrías. Nos han ayudado junto a los misioneros de la Consolata a integrarnos en la realidad concreta de Isiro y a comprender mejor a la gente; sus problemas y preocupaciones, sus miedos y sus sueños. Y con ellos también, experimentamos el trabajo en red: con los jóvenes, con la comisión diocesana de educación cristiana y también iniciamos una experiencia muy bonita en el campo de justicia y paz.

Y siguiendo con el tema de lo que hemos aprendido: fuimos para compartir la vida con los últimos y el servicio que se nos pidió a Susi y a mí fue la formación. Nuestra misión pensábamos estaría centrada en nuestro trabajo y en la transmisión de conocimientos, ya fuese promoción humana, formación integral, etc. Pero la misión también te hace a ti; y sobre todo cuando dejas de sentirte como el que da o el que ayuda y empiezas a vivir desde la igualdad de compartir lo que eres y lo que necesitas. Si hemos transmitido algo ha sido, sobre todo, con nuestra vida más que con actividades formativas concienzudamente elaboradas.

Necesitamos a los africanos
Hemos descubierto que los europeos necesitamos urgentemente a los africanos. Sin ánimo de idealizar, intuimos una sabiduría ancestral que el ser humano ha perdido en Europa y de la que el carácter africano conserva muchos aspectos. Su fortaleza ante las dificultades, su alegría de vivir, su desconocimiento total del estrés… nos lleva a pensar que hay algo muy importante que podemos aprender de ellos. A pesar de sus desgracias, el congolés es un pueblo alegre que vive al son de la música. Sobretodo cantan las mujeres. Cantan en las fiestas y celebraciones, mientras trabajan, mientras preparan la comida, mientras lavan la ropa. Danzan mientras caminan transportando leña, agua, alimentos. Su marcha rítmica es una danza para los bebes anudados con pañuelos coloridos a sus espaldas. Libres de estrés, como buenos africanos, nunca son esclavos del tiempo. Capaces de sentarse en la puerta de casa y saborear la vida. Capaces de dejar la actividad que les ocupa en el momento para acoger a la persona que llega. Capaces de estar con el otro y compartir su vida. Siendo dueños de lo que hacen, no esclavos de lo que tienen que hacer.

Toda ayuda que podamos ofrecer a África es necesaria. Pero además es muy importante sentarnos juntos, compartir lo que somos y lo que son. Dejar de ser “nosotros” y “ellos” para empezar a ser todos un nuevo NOSOTROS.



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