Los Profetas y la Misión

El campo comprado

Dolores Aleixandre *

1 de abril 2010

Asistimos a una escena de la vida del profeta Jeremías: estamos en 587 a.C., en una Jerusalén sitiada por Nabucodonosor y sus tropas y con sus habitantes conscientes de que les queda poco para ser deportados a Babilonia.
En medio del frenesí general por vender casas y tierras para llevarse dinero líquido al destierro, Jeremías toma la decisión de comprarle un campo a su primo Hanamel, inversión absurda porque nadie contaba con la posibilidad de retornar.

Quizá más de uno se burló de aquel gesto ridículo que sonaba a otra extravagancia más de aquel hombre contradictorio que siempre iba a contracorriente, atento solamente a dejarse conducir por una Palabra que le empujaba a vivir expuesto al riesgo extremo y le invadía como un fuego que le quemaba hasta los huesos.

Su decisión es firme: “Así que compré el campo de Anatot a mi primo Hanamel en presencia de testigos y ordené a Baruc mi secretario: “Toma estos contratos, el sellado y el abierto, y mételos en una jarra de barro para que se conserven muchos años. Porque así dice el Señor Dios de Israel: Todavía se comprarán casas y campos y huertos en esta tierra” (Jer 32, 10-16).

La compra del campo era una manera de confirmar su absoluta confianza en ese “todavía…” futuro, dejando atrás la convicción de que la angustia presente había echado la última firma sobre la realidad.

En aquella jarra de barro escondida en tierra que guardaba los contratos de su compra, estaba latiendo también, como una semilla viva, la desmesura de una esperanza más fuerte que cualquier desánimo.


* Religiosa y Teóloga