El profeta y el mártir
El profeta Jeremías nos ofrece otro arquetipo del hombre, otro paradigma de la misión: el de profeta y el de mártir. La propia vida de Jeremías pone de manifiesto lo que significa ser profeta. Profeta es aquel que dice lo que se ve obligado a decir desde dentro, o en otras palabras: Profeta es aquel que anuncia la palabra de Dios, que dice lo que él escucha de Dios en el silencio. Esto se contrapone con frecuencia a lo que se suele decir y a lo que generalmente se desea escuchar.
Jeremías es testigo de aquello que anuncia. En medio de un mundo hostil, se convierte en mártir de su envío. El hecho de tener que levantarse en contra de la opinión pública le rompe el corazón, se siente solo y, no pocas veces, abandonado incluso de Dios.
Luis Jimenez
Publicado el 01 de abril de 2007
De ningún otro profeta sabemos tanto sobre sus luchas interiores como de Jeremías. Fue llamado por Dios en su juventud, allá por el año 628 antes de Cristo, en Jerusalén reinaba el piadoso rey Josías, que restableció de nuevo la ley de Moisés. Jeremías descendía de la familia sacerdotal de Anatot. Él mismo describe su vocación en estos términos: «El Señor me habló así: Antes de formarte en el vientre, te conocí; antes que salieras del seno, te consagré, te constituí profeta de las naciones. Yo dije: ¡Ah, Señor, mira que no sé hablar, pues soy un niño! Y el Señor me respondió: No digas "soy un niño", porque irás a donde yo te envíe y dirás todo lo que yo te ordene» (Jer 1. 4-7). Jeremías no se mete por sí mismo a actuar de profeta, es llamado por Dios, muy a pesar suyo por considerarse incapaz de hablar. No son sus cualidades las que le hacen aparecer idóneo para desempeñar el papel de profeta, sino exclusivamente la llamada de Dios. Y esta llamada la experimenta Jeremías como dolorosa.
“Tú me has vuelto arroyo engañoso de aguas caprichosas” (Jer 15,10.17-18).
Abandonado por Dios
Jeremías se siente abandonado de sus propios familiares; sus compatriotas están contra él; se encuentra solo contra todos; sufre por estar en lucha con todo el mundo. Y no es precisamente su carácter intransigente lo que provoca la lucha; es la misión de Dios, que le sitúa fuera de la comunidad. Se siente incluso abandonado de Dios y llega a acusar a Dios: «Tú me sedujiste, Señor, y yo me dejé seducir; me has violentado y me has podido» (Jer 20,7). Pero tan pronto como intenta sofocar las palabras que recibe de Dios, para acomodarse al criterio de los demás, esas palabras se convierten en «un fuego devorador encerrado en mis huesos: “me esforzaba en contenerlo, pero no podía» (Jer 20,9-10).
Sufre por causa de la misión
Él tiene que hablar, aunque no quiera, pues si rehuye a Dios, su corazón le abrasa de tal forma que no puede resistir. A pesar de todo, en medio de su lamento y desesperación, Jeremías se mantiene fiel a Dios, pues sabe que «el Señor está conmigo como un héroe poderoso; “mis perseguidores caerán y no me podrán” (Jer 20,11). Jeremías no encuentra satisfacción alguna en pronunciar palabras proféticas y evita ponerse en el centro de todo.
En nuestros días hay muchos profetas proclamados como tales por sí mismos, que buscan la fama y el éxito, Jeremías, sin embargo, tiene que ser empujado por Dios para predicar lo que Él le sugiere y da testimonio de ello con toda su existencia. La vida de Jeremías no es ninguna historia de éxitos, es el profeta que sufre por causa de su misión. Siente dentro de sí la llamada a anunciar y denunciar contra la opinión dominante. Esto le convierte en un solitario, le acarrea enemistades y aversión, pero Jeremías no puede hacer otra cosa; quedaría frustrado.
Jeremías es para cada uno de nosotros un estímulo para confiar en lo que Dios susurra en nuestro interior. Y es que Dios habla en nuestros sentimientos más profundos. Nosotros no podemos tener seguridad alguna de que esos sentimientos sean ciertos o no, pero hemos de expresar lo que sentimos y nos dicta la conciencia, aun a riesgo de vernos despreciados por los demás y de perder nuestro “buen nombre”. Si queremos ser auténticos no podemos contemporizar siempre con todo y con todos.
Un aprendizaje del Amor
Como todo arquetipo, también el de mártir tiene su cara edificante y su cruz borrascosa. La tarea del mártir es la de aprender a amar, pero el peligro está en que muchos mártires se inmolan para ser amados y en lugar de entregarse, se destruyen. El mártir maduro da la vida y se entrega por los demás, pero sin que por ello tenga que destruirse. El que se entrega no realiza una acción autodestructiva, sino una acción liberadora. Encarna lo que Jesús dijo: «El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, ese la salvará» (Lc 9,24).
Pero hay muchos que entienden mal esta entrega. Se inmolan para recibir amor y reconocimiento; su inmolación conduce entonces al vacío. Se trata entonces de liberarse para poder entregarse por completo a la vida y al amor; entonces experimentaremos, en la entrega, vitalidad y plenitud interior. Las profecías de consolación de Jeremías dejan traslucir a un hombre que ha aprendido con el sufrimiento el arte de amar.
Morir y sufrir por la vida
El verdadero mártir muere siempre por la vida; pone la vida en juego por estar al servicio de la vida.
El sufrimiento se nos presenta como parte de nuestro crecimiento y maduración. Jeremías se expone al sufrimiento, pero no lo busca. No es un masoquista que busca el sufrimiento, pero tampoco rehuye el sufrimiento que le sobreviene por mantenerse firme en su misión. Y es precisamente a través del sufrimiento como se capacita para dirigir palabras de consuelo, que están llenas de amor
Los mártires no son exclusivamente un fenómeno Bíblico o de la Iglesia primitiva. También nuestro tiempo genera mártires. En América Latina, en África y en muchos lugares de nuestra tierra son frecuentemente asesinados hombres y mujeres que toman en serio el mensaje cristiano y se comprometen con los pobres. Cuando oímos hablar de su vida y de su muerte, podemos presentir que nuestro tiempo vive de tales hombres. Sin ellos nuestro mundo sería distinto, sería más pobre.
Para muchos es una gran tentación jugar a mártires. Se presentan así como seres especiales, pueden imponerse sobre los demás, pero los verdaderos mártires dan testimonio silencioso con su vida; han llegado a ser mártires luchando por la verdad, irradian libertad y autenticidad, valor y sinceridad. Tales mártires no pueden dejar de fascinarnos porque de ellos brota una energía creadora, renovadora y convincente que mantiene a nuestro mundo en la esperanza de unos cielos nuevos y una tierra nueva.