La fiesta de los frutos
P. Bernardo Baldeón
Publicado el 01 abril de 2008
Cincuenta días después de la Pascua, el pueblo de Israel celebraba la “fiesta de las Semanas”, la fiesta de Pentecostés.
En principio esta fiesta era una acción de gracias a Dios por los frutos de la tierra. Así lo dice la legislación del libro del Éxodo: “Celebrarás la fiesta de las Semanas: la de las primicias de la siega del trigo, y también la fiesta de la recolección al final del año” (Ex 34, 22). Posteriormente se convertiría en una fiesta que recordaba la alianza de Dios con el pueblo en el Sinaí durante su camino hacia la libertad a través del desierto.
Cincuenta día después de la Resurrección de Jesús (la nueva Pascua) los cristianos seguimos celebrando la fiesta de Pentecostés.
Retomando el sentido del Antiguo Testamento, Pentecostés es la fiesta de los frutos, no ya de los frutos materiales de la tierra, sino los frutos de la nueva Alianza que Dios ha sellado con la humanidad en la persona de Jesús.
El fruto que celebramos es el cariño, la ternura, el amor de Dios a los hombres que permanece en medio de nosotros a través de su Espíritu.
Ese don de Dios, si realmente se hace carne en nosotros, no puede manifestarse más que a través de actitudes concretas con las cuales los cristianos enfrentamos la vida de cada día.
El apóstol Pablo quiso dejar a los cristianos, de su tiempo y de hoy, bien claro cuáles son esas actitudes para que no nos llamemos a engaño.
En su carta a los cristianos de Galacia hace un breve elenco de los frutos del Espíritu: “El fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, tolerancia, amabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio de sí mismo, contra tales cosas no hay ley” (Gal 5, 22-23).
A veces para decirnos cómo ser cristianos se insiste en lo que hemos de creer, cómo debemos pensar o lo que no debemos hacer. Con frecuencia nos olvidamos de lo positivo, de lo que hemos de hacer y vivir. Y eso es lo fundamental.
Pentecostés ha sido considerada desde siempre como una fiesta con profundo sentido misionero. Pentecostés es memoria de la misión. Aquel día los discípulos fueron capaces de superar el miedo y, movidos por el Espíritu, comenzaron a anunciar el mensaje del Señor Jesús.
Pentecostés es también futuro de la misión de la Iglesia. El cristianismo no es unificar la cultura o la forma de pensar de la humanidad, sino que es un “nuevo estilo de vida” que esté marcado por los frutos del Espíritu.
Por eso el cristianismo mantendrá la unidad en los valores básicos en todo lugar, pero esos valores de expresarán de manera distinta en cada pueblo, cultura o país. Nadie puede pretender encerrar la riqueza insondable del misterio de un Dios que vive y camina en medio de nosotros.
La acción misionera de la Iglesia se mueve continuamente entre esa unidad en lo fundamental y esa diversidad en la forma de vivir y expresar el mensaje cristiano.
Es un desafío permanente de discernimiento para los misioneros y fuente frecuente de incomprensión para quienes renunciando a la unidad buscan la uniformidad.
Nuestra intención es clara: que en nuestro mundo se vivan los frutos del Espíritu porque será la única forma de que se haga presente el Reino de Dios predicado por Jesús; un Reino donde se sientan acogidas y reconocidas las diversidades culturales de nuestra humanidad.